28.6.06

10. Diez pajas

En la soledad de su cuarto, el Manotas recordaba la jornada que acababa de terminar con una tremenda golpiza en el Estadio Olímpico Municipal del Sagrado Corazón de la Tota Carbajal, con más de diez hombres colgados del mezquital que servía como inauguración de la tribuna, soltando alaridos de desesperación que desentonaban por completo con la canción de paso duranguense que había sonado repetidamente toda la tarde. Ya estaba bien entrada la noche, y el Manotas, medio desnudo y con la pierna rota colgada del techo de modo que vista de lado parecía una tremenda y envidiable imagen mental de la modelo más guapa de cualquiera de las firmas que patrocinaban el evento, no lograba conciliar el sueño, en parte por el calor que se había cansado de rondar por Metrópolis Fanfurrias para ir a refugiarse incómodamente en su entrepierna, y en parte porque no terminaba de creer todavía cómo era que la felicidad que había imperado durante la premiación del Mundial de Cacería de Hormigas había mutado sin mayores avisos en los desmanes de aquella funesta jornada.

“Cuando por fin habían repartido los colores pertinentes a cada uno de los doce equipos que participarían en el torneo, todos los jugadores comenzaron un entrenamiento masivo digno de baladas españolas de los setentas: esas-pequeñas-cosas-que-nos-dejó-un-tiempo-de-rosas, y así. Las huestes de fanfurrinos en pos de guerra se alzaron majestuosas en beligerante canto, al tiempo que estremecían al unísono morro de malabares y suertes futbolísticas, al tiempo que celebraban la lid por venir, el evento más…”

No. Luego de narrar a sí mismo su crónica mental, Patricio debe admitir que eso no corresponde del todo con lo que ha pasado esa tarde. Lo cierto es que no hay palabras tan grandes ni baladas de los setentas, ni eso de Atocha, Madrid, y la mamá de He-Man. Hay que corregir continuamente la crónica, que se dibuja de forma desproporcionada con sus ganas nocturnas. Reconfigura.

“Cuando ya tenían los equipos armados y había terminado la pugna por el color Azul Fanfurrias, que a la postre correspondería al equipo de la capital municipal, dejando a todos los demás a la merced de la costurera de Petatiztla que tenía hilos de una mayor variedad de colores, más o menos comenzaron a hablar de cómo iban a funcionar los equipos. Lo malo fue que muchos entendieron que eso de los equipos era para el siguiente Mundial de Cacería de Hormigas, que qué bueno sería que se volviera a celebrar al día siguiente o a la siguiente semana, aunque sería muy complicado porque así siempre no con el torneo de fútbol y nada de gloria ni fama ni fortuna ni dulces repartidos por aquello de los malos arbitrajes que el Mundial de Cacería de Hormigas había dejado tan en claro se volvería moda en el torneo por venir, y así ni que hacerle porque qué chiste…”

Manotas se decolora. ¿Podrá recrear en una noche de pubertad la jornada anterior, la premiación del Primer Mundial de Cacería de Hormigas Rojas, mejor de lo que lo hizo en la transmisión? Paciencia, Patricio, paciencia: respira profundo, uno, dos, ya está. ¿Ya está? No, vamos a ver: lo cierto es que sigues intentando recrear un día de gloria que no existió del todo, dado que la cancha aquélla se volvió un desmadre, mientras tú pensabas en pasear del brazo con la hija de Don Cirilo, que dicho sea de paso está buenísima pero tiene doce y sepa la madre si te va a hacer un poquito de caso, con eso que anda tras los huesitos del Aníbal, el chamaco ése de catorce que dizque sabe encontrar escamoles de hormigas rojas, cosa que le tiene que ir a creer su madre, porque todos saben que los escamoles nomás son de las negras, pero no Sara, la chica-de-doce-hija-del-Cirilo-que-está-buenísima-y-ya-hasta-le-salieron-lolas-y-qué-buena-va-a-estar-cuando-tenga-dieciseís-y-yo-catorce-y-ya-tenga-mi-pierna-buena-y-ya-sepamos-usar-condones, quien por otra parte se reía muchísimo de tus comentarios durante el dichoso Mundial del cual ya te tiene hasta la madre ver que hasta recuerditos hicieron y que hasta patrocinios consiguieron, siendo que para el torneo, TU torneo, ni madres, que, bueno, hay que admitir que para ti todo bien, porque finalmente sí llegaron unas edecanes buenísimas de la cervecera, edecanes que bien podrían sustituir a la Sarita ésa que, ts, hay que ver si no le andas hasta poniendo un changarrito de garnachas con tal de que te dé de sus besos…

¡No! Manotas, hay que concentrarse. Volvamos al principio, con puntos y comas.

“Se disputó el Primer Mundial de Cacería de Hormigas Rojas. Eso fue apresurado y por causas estúpidas (Oquei, vamos bien). El partido final fue entre Don Avelino Guajardo, de la comunidad de Petetiztla, y Doña Teresa Escamilla de López, de la comunidad de Rintintiapan el Mediano. El primero venció por un margen cerrado que se resolvió con un arbitraje sumamente arreglado por el ganador, quien seguramente le dio a los árbitros un montón de dulces que pudieron haber sido tuyos si eso hubiera sido fútbol y tú no te hubieras jodido la jodida pierna, joder, que a buena hora le dio por calentarse por la euforia, ¿qué digo euforia?, por tus PENDEJADAS EXHIBICIONISTAS el día de la inauguración esa que, chingada madre, pudieron haberse ahorrado, porque para esa pinche cancha de dos varos, mejor te regresas de incógnito a jugar a chilangolandia, al fin y al cabo que allá hay hartos dulces gringos y se consiguen en cualquier esquina, aunque tú prefieres ir a comprarlos a la tienda de Doña Rosita porque su hija la Nallely hay que ver si no es la más buena del barrio, tan es así que tu primo segurito se la tira con singular alegría, y si no, pues qué imbécil, seguro se las gasta con otras artes manuales que…”

¡Manotas! Sí, sí, perdón.

“La idea era que, una vez calmados los ánimos del Mundial, se armaran equipos, se repartieran colores, los números de camiseta y comenzaran los entrenamientos. En fin, que fuera una tarde donde dominaran las muestras de compañerismo y fraternidad, de ganas de triunfo y de tramas de ardides que fueran en tu beneficio. Huestes de fanfurrinos en pos de guerra que se alzaran majestuosas en beligerante canto, al tiempo que estremecieran al unísono morro de malabares y suertes futbolísticas, celebrando la lid por venir. (No, quedamos que así no iba porque acá nadie entiende de qué se trata eso de las huestes beligerantes; no seas mamón, y continúa). Que empezaran a entrenar sabiendo a qué iban, pues. Pero cuando se entregaron los colores aquello se volvió un desmadre, porque hay que ver como son los fanfurrinos de calienta huevos, que luego luego andaban queriéndose arrebatar colores o peleándose por el rosa mexicano y el “fusca” ese, y el verde agua y puro color extraño que nadie sabe hacer por acá. (Perdón, ya, me regreso). La repartición de colores fue motivo de alboroto, pero Don Juli lo supo manejar bien, repartió como le dio la gana, y prosiguió. Pero, claro, como nadie sabía lo de las posiciones y eso, los entrenamientos parecían movidas de manadas de conejos en celo, y los más morbosos entendían “posiciones” como lo decían en los infomerciales de la tele que algunas señoras habían empezado a ver, señoras que se la armaban de tos a Don Palito diciéndole que qué cosas le iban a enseñar a sus maridos, hipócritas, como si no tuvieran ganas de que sus señores conocieran más a fondo las artes del perrito y el chivito, lo cual por otro lado no hubiera estado nada mal porque la Sara. Ejem. Después de un breve rato de discusión inverosímil, se llegó a la conclusión de que lo más fácil era primero designar las posiciones y luego comenzar el entrenamiento. Los equipos se dividieron primero en defensivos, centrales, ofensivos y portero. Eso fue un primer detalle, porque resultó que les acababan de dar clases de psicología a unas señoras, entonces empezaron con sus cosas de que si los ofensivos iban a ofender a la gente; los defensivos a adquirir paranoias, obsesiones y esquizofrenias; los centrales a dudar de su sexualidad, y el portero a ganar más dinero porque trabajaba en un edificio de gente nais. Luego de sacarlos de su error con pelos, señales y dibujitos, y ya que vieron que nadie entendía, llevaron unas calcas de algunos grandes futbolistas de la historia. Don Palito y tú les contaron de los grandes momentos de Pelé, Platiní, Eusebio, Beckenbaüer, Van Basten, Ronaldo, Luis García, Valderrama, Jorge Campos, Raúl, Batistuta, Zidane, Beckham y Maradona. Luego de escuchar cientos de hazañas futbolísticas, todos quisieron jugar la misma posición de Maradona, por aquello de la mano de dios, ya que todos consideraron que sería mucho más fácil jugar si se les permitía meter mano y si contaban con el favor del Patrón. Vinieron más explicaciones inútiles, porque nadie quería entender que lo de dios y la Iglesia de Maradona eran cosas que más bien no, y que lo de la mano seguía siendo ilegal, pero estos fanfurrinos tienen la cabeza llena de cosas que no los dejan ver por dónde va la otra cosa, la Cosa, pues, porque nomás nos sacaron un montón de enojos y a Don palito hasta le dieron un par de golpes. Finalmente, la solución más fácil fue explicarles que nomás podía haber uno en cada equipo en la misma posición de Maradona, que no era la posición de brincar y pegarle al balón con la mano, sino la posición del número 10. Se hicieron unas pelotas que hay que ver, aunque para ver, pues las pelotas de la…”

Luego de que su voz interna contuviera la respiración y el Manotas lograra recordar de qué estaba hablando antes de pensar en los atributos de una niña de doce años, continuó.

“Para frenar este nuevo desmán, hubo que hacer una cosa muy lógica y muy gringa. Don Palito se acercó a cada equipo con diez pajas en el puño. Quien sacara la paja más larga, se quedaría con el número 10. Nomás eran diez pajas porque todos los porteros estaban bien contentos con la idea de ganar mucho dinero trabajando en edificios nais. Así se escogieron los 10es de cada equipo. Pero hay que recordar que la gente de Fanfurrias es más bien aguerrida: de inmediato, quienes no habían conseguido el ansiado número se abalanzaron sobre los recién denominados 10es, y les dieron una golpiza tremenda que dejó al torneo sin centros delanteros. Todos ellos (y algunos porteros) terminaron colgados del mezquital que inaugura la cancha de Altaviva de los Molcajetes. En medio de la gresca, muchos intentaron frenar a los enojadísimos defensores, volantes y medios de contención, sin éxito. Entre tal turba, no quedó más remedio para algunos más que abalanzarse sobre los víveres para tratar de conseguir algún botín. Debes haberte visto bien heroico con tu pata enyesada corriendo hacia la tiendita, porque nomás saliste de la multitud, y la Sarita se acercó y como que te quiso dar un beso, y…”

En la soledad de su cuarto, el Manotas y su voz interna se dieron cuenta de que tanta paja mental en una sola historia tendrían que desesperar a cualquier interlocutor, así fuera el mismo Manotas. De tal suerte que optaron por dejar de lado dichas pajas mentales y pasar a otras, más precoces y más íntimas y más feroces, a celebrarse en su rincón favorito de Fanfurrias.

(pereza)

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