2. Las letras ocultas del Reglamento
El nada inocente descubrimiento del “Reglamento de Fútbol – 1909” mereció por parte de Don Julián Reyes y Reyes, presidente municipal de San Tavo de Reyes y Fanfurrias, la toma de medidas que a la postre obtendrían poca justicia de la historia. Tras una semana de tal hallazgo, apenas el periódico local dedicaría una modesta nota a la anticipada inauguración del Primer Torneo de Fútbol Copa Fanfurrias 2006. Sin embargo, el semblante de Don Julián apenas reflejaba involuntariamente cualquier dejo de preocupación cuando, pocos minutos después de encontrar el folleto perdido en la somera biblioteca de la secundaria municipal, convocó a una junta con los representantes de todas las comunidades pertenecientes al municipio.
Don Julián no se distinguía por tener una capacidad política decididamente hábil. Los adjetivos que normalmente acompañaban su nombre eran más parecidos a los que recibían las fiestas mal logradas de las comunidades que a los que deberían corresponder a sus ancestros. Su físico tampoco hacía justicia al apellido, noble en aquella región: el único vástago masculino de los caciques del municipio de San Tavo de Reyes y Fanfurrias era obeso desde los pómulos hasta la cadera. Más al sur, el presidente municipal, que no tendría más de 40 años, ostentaba un par de extremidades raquíticas que desentonaban con el resto, y que parecían incapaces de sostener los ánimos, normalmente febriles y totalmente desenfrenados, que Don Julián parecía disfrutar hasta en el peor de los fracasos. Alguna vez escribió en un comunicado a las comunidades que “el progreso es como una cabra en el desierto: si come, engorda; si no, también”. Así de impreciso era Don Julián en su palabra, y sólo dios sabría si sus actos, amedrentados por el contrapeso de su herencia, serían tan caprichosos como para hacer justicia a la menor de las coherencias.
La mayor parte de sus feligreses lo creía así, dado que, finalmente, Don Julián sí contaba con la nada despreciable ventaja del carisma. A pesar de que muchos fanfurrinos educados habían abandonado los ímpetus de Don Julián, todavía las mujeres le creían y apoyaban. Por ello no fue extraño que cuando el folleto del Reglamento de Fútbol le inspiró a organizar una junta, buena parte de los dirigentes asistieron con sobrado entusiasmo. Ya comprobaría el tiempo que las esperanzas habían estado invertidas con pocas posibilidades de éxito. Sin embargo, por el momento todo parecía tener la verosimilitud suficiente para provocar una auténtica y entusiasta avalancha hacia la plancha de la presidencia municipal. La tarde resbalaba por los cerros y el viento, celoso, apenas comenzaba a asomar su furia.
Don Julián habló mejor que en su mejor discurso previo. La gente lo escuchó con pasión y gesticulaciones exageradas. Al tiempo que el sol iba cediendo a la noche, el furor iba creciendo, como si fuera representante luminoso de otras oscuridades. Narraba con inigualable exactitud emocional cada uno de los momentos irrepetibles que había observado por la TV: describió con precisión médica cada uno de los motivos tribales que adornaban los ánimos desbordados de la audiencia; trazó el camino exacto de la pelota bicolor que era motivo de la disputa, desde su primer vistazo, hasta el éxtasis del gol; tejió con la habilidad de un costurero persa el complicado flujo de sus intenciones, y resumió finalmente, cual orador perdido en el momento último de la pasión verbal, su intención de organizar el Primer Torneo de Fútbol Copa Fanfurrias 2006. Don Julián intuyó correctamente el momento preciso para anunciar su posterior hallazgo, justo antes de que la audiencia estallara en júbilo y cayera de bruces en el embrujo. Levantó con ambas manos el folleto que diría, al pie de la letra, los pasos que los habitantes del municipio de San Tavo de Reyes y Fanfurrias tendrían que dictar para celebrar su Primer Torneo de Fútbol.
A continuación, sin mediar mayores despedidas y aún en medio del éxtasis colectivo que había provocado, Don Julián Reyes y Reyes, orgulloso y sereno, llamo a junta con los dirigentes de las comunidades para revisar el reglamento. Si los cálculos atinaban, aquél sería el primer y definitivo paso a la organización del Torneo. La edición a la que pertenecía el folleto era heredera, igual que Don Julián, de una tradición lacónica que la gente en general había olvidado: tras una portada ricamente ilustrada, pero descolorida, tipologías discretas iban delineando ilustraciones protagonizadas por hombres de tupido mostacho. “Será una revolución en el municipio, como lo fue la labor de mi familia”, pensaba Don Julián, quien al sentirse identificado con el texto intuyó el estruendoso éxito que seguramente no alcanzaría jamás. Por lo demás, el texto no era nada relevante. Formaba parte de una pequeña enciclopedia deportiva que había traído el único intelectual entre los mineros ingleses llegados a principios del siglo XX a explotar las vetas de azufre encontradas cerca de San Tavo. Dicha enciclopedia había sido editada y revisada por Sir Walter Humphrey(1) , escritor que en sus años productivos había sido tachado de loco encantador. Sir Humphrey admiraba en el deporte recién inventado en su país un arte que algún día generaría guerras entre los países; nada más preciso para alguien que había peleado en múltiples batallas en suelo africano, y que, por otra parte, había sido ciego. Ese era el tono que Sir Humphrey había dado a su obra: el de un soldado ciego que conocía el fútbol de oídas. Las reglas, escritas en el lenguaje de la estrategia militar, se mezclaban caprichosamente con relatos de guerra y gestas heroicas; los tímidos casos utilizados como ejemplo, se desdibujaban ante las intentonas por deificar al balompié. En algún capítulo desafortunado, Sir Humphrey declaraba abiertamente que “el juego del hombre era una batalla donde se sacrificaban sin reserva lo mejor de los espíritus, una gesta que servía de espejo a la valentía del hombre”. Ninguna frase más clarificadora para el resto del texto; y ninguna tan peligrosa para Don Julián, quien debía hacer lidiar ese texto con representantes comunitarios, en su mayoría femeninos, que no encontraban sentido en realizar un torneo del “juego del hombre”, como lo llamaba Sir Humphrey, en un municipio donde casi no quedaban machos. Por otra parte, la relación que Humphrey había establecido entre el fútbol y los espejos espantaba a las más viejas, pero emocionaba a las más aguerridas, quienes atrapaban la metáfora de Humphrey como una vía (desenfadada, cínica y mordaz) para evacuar sus crecidas pasiones. Don Julián se dejaba fantasear: quizá el Torneo sería motivo para el regreso de los hombres que habían huido a Estados Unidos, para reestablecer el orden familiar y para llenar de gloria de nuevo las calles terrosas y el orgullo perdido. Sir Walter Humphrey parecía secundar desde la tumba el pensamiento de Don Julián: “el fútbol es la mejor vía para la gloria de la sociedad occidental”. Sociedad que, sin duda, Don Julián llevaría al último cielo.
La lectura del reglamento provocó otros conflictos. Además de la conjetura moral que había impuesto entre las mujeres, las reglas que Sir Humphrey trazaba eran confusas para el hispanoparlante del siglo XXI. A continuación, un fragmento del reglamento estricto del inglés, resumido en el epílogo del folleto:
1. Las batallas han de librarse entre ejércitos no mayores de 12 y no menores de 10. Todo el cuerpo mayor ha de disponerse en líneas coyunturales fuera del campo de pelea, y no han de esgrimir más órdenes de las que el coronel mayor disponga.
2. El objetivo es llevar la discordia hasta la base enemiga, con estricta observación de este reglamento. Cualquier penalización será dispuesta por el arbitrio del juez.
5. La duración de la batalla es de una hora y media. No más. A menos que el juez disponga lo contrario.
7. La victoria será respetada y celebrada.
La vaguedad de las reglas de Sir Humphrey fue ceremoniosamente traducida por Don Julián, quien había observado este ejercicio previamente a través de la pantalla. A pesar de que los representantes entendieron cabalmente, quedaban lagunas aún para el propio Don Julián: ¿Cuál era la regla para el diseño de los uniformes? ¿Cuánto tiempo podían tomarse para comer? ¿Era legal negociar un gol nebuloso? ¿Qué era el fuera de lugar? Las respuestas no se encontraban en el folleto. A pesar de que el índice de la página 50 estipulaba dos cuartillas a la resolución de preguntas frecuentes, Don Julián, sorprendido, se dio de bruces con la inexistencia de las mismas. Quizá el tiempo o el juego irresponsable de algún adolescente había desprendido aquellas páginas fundamentales. El presidente municipal, con el apoyo de los dirigentes comunitarios, agotó la biblioteca en busca de las letras perdidas, sin éxito. Lo más llamativo de las páginas perdidas, era que su inicio, anunciado quizá por el último punto y seguido de la página 14, sugería uná buena cantidad de respuestas. La 14, en el párrafo que abría al final de la página, decía, textual: "El fútbol es una actividad que debe dejar lugar a pocas incertidumbres. En el fondo, todo se trata solamente de". Por otro lado, la página 27, con la cual se reinauguraba el texto, ya anunciaba otro capítulo en su pie de página (algo que el autor había llamado "pan y circo", y que, en el índice recibía poca atención junto con la especificación somerade dos subcapítulos que, en un arranque de coincidencias disparejas, se habían borrado del listado). Las primeras letras decían: "un laberinto. En realidad, la variedad de jugadas psicológicas que puede comenzar un equipo para desperdigar al contrario son vastas, y no deben dejar de considerarse armas de grueso calibre para el dominio". La continuidad sintáctica permitió que la euforia de Don Julián tomara el texto por textual, máxime cuando la primera parte apenas delineaba la mirada introductoria al balompié. Fue Palito Pérez quien se percató de la falta, y quien, por otro lado, corroboró la gravedad de la frase así construida, sin trece (y la superstición del presidente municipal se asomaba sin querer) páginas de intermedio, y sin el menor escrúpulo de por medio.
Fue inevitable el debate ante la falta del precioso reglamento. Había quien esgrimía el sentido común a la resolución de la falta de reglas claras. El entusiasmo de Don Julián impidió esta medida, y lo que sucedió a continuación fue una discusión que retrasó someramente el inicio de las medidas para el torneo. Hubo que argumentar artículos de la Constitución para rebatir el castigo físico ante el fuera de lugar, para después acudir a letras casi desconocidas de corridos para reavivar la discusión. Palito Pérez, el asistente del presidente municipal, acudió a canciones de José Alfredo Jiménez: ¿qué pasaba si alguien contraponía el hecho de girar y girar a la resolución del juez? Todos sabían que la palabra de José Alfredo era ley. El paso lógico, luego de tediosas horas de discusión, fue aplicar las mismas reglas de la cacería de hormigas al juego del pie. Resultó complicado a la hora de la llamada crucijada: un procedimiento del deporte local, que consistía en arreglar las disputas por hormigas mayores de cuatro centímetros, a través de un sistema de patadas en la espinilla que iba mermando la carga de demandantes y terminaba por arrojar un adolorido ganador de la hormiga enorme. Palito Pérez, el más dedicado a la lectura del folleto, había soltado la disposición final: eso, en fútbol, era falta, y, si la disputa por la pelota era demasiado fuerte, podía ser causa de algo, pero no sabía de qué, porque faltaban páginas. Después del asunto de los espejos, las especificaciones técnicas (que nadie había entendido, porque el inglés hablaba de pies como medida de las canchas; pero nadie sabía de cuál calzaba el escritor, así que fue tema de uno de los debates alternos), y la sorprendente resolución que impedía jugar a las mujeres, la cual no se explicaba sino en las páginas faltantes, hizo que los ánimos estallaran. Palito Pérez comenzó a buscar desesperadamente respuestas, hallándolas todas en las lagunas del texto. Finalmente, halló una sentencia de Sir Humphrey en algún apéndice perdido: "En las letras perdidas hallarán toda respuesta", refiriéndose a la bancada de los equipos en disputa, donde el autor ponía el énfasis del éxito. Palito no lo entendió así. Sería tal vez un azar histórico el que designaba a Palito como el lector supremo de esas letras, al tiempo que buscaba las otras, las perdidas; nadie lo escuchó, pero Palito Pérez supo en ese momento que Sir Humphrey, de algún modo desconocido, sabía que el fútbol implicaría otros laberintos: por lo pronto, el laberinto infranqueable de las pasiones de los fanfurreños, que ya comenzaban a plantear la posibilidad de arreglar esto del reglamento a rajadas de madre.
En cuanto Palito Pérez anunció en secreto a Don Julián el hallazgo, la capacidad de Sir Humphrey a anteponerse al futuro en estos temas del fútbol, el presidente municipal comprendió, y frenando la discusión, estableció un Consejo de Reglamento, que se encargaría de generar nuevas reglas aleatorias, atendiendo en el reglamento sólo las básicas (como patear el balón y meter gol, por ejemplo). Las reglas quedaron así:
1. El objetivo es meter gol sin lastimar u ofender al contrario y a su madre.
2. Los uniformes los decidirá y confeccionará Doña Licha, de la comunidad de Cuesta Colorada.
3. Los tiempos de los partidos sólo podrán negociarse si hay mercado o si un jugador debe ir a la letrina.
4. Todos celebran el gol, sea o no de su equipo.
5. Por respeto, no se cantará el Himno Nacional (a menos que el juez en turno lo requiera, en cualquier momento), ni se rezará o transporatará santos.
6. Si el balón sale de la cancha, el encargado de traerlo de regreso será el último que lo haya pateado.
7. Se permite el uso de armas punzocortantes, bajo permiso del presidente municipal.
El complemento de estas reglas con las del folleto de Sir Humphrey permitiría un juego claro, a ojos de Don Julián. Lo cierto es que quedaban aún imprecisiones que ni el presidente municipal ni el consejo de reglamento pudieron anticipar. Queda, por ejemplo, el asunto de los terrenos, las canchas, la instrucción de jueces, y la capacitación de jugadores, ninguno de los cuales es baladí. Sabría dios si el más modesto de sus caprichos podría hacer de esta contienda podría derivar en consecuencias irrepetibles. De cualquier forma, el reglamento, aquí transcrito apenas en partes, incompleto por lo incomprensible, tendría que tener alguna validez: fue por ello que Don Julián Reyes decidió adjudicarse sin derecho a réplica la posesión del reglamento, del folleto diabólico pero precioso, junto con el cual se apropió de la capacidad de tomar decisiones finales en los conflictos. Ello implicaba un enorme poder. Por lo demás, prohibió mencionar en lo venidero la existencia del reglamento. Sólo él era el dueño del sagrado nombre y del sagrado derecho (¡no! obligación) de entender a cabalidad el texto. Lo que sólo él había previsto, es que quizá este juego podría significar la nueva ascención al poder de su familia, la nueva gloria de los Reyes. De ello hablarían las próximas generaciones, seguramente sin justicia ni juicio: de la misma forma que Don Julián comenzó esta épica sin conocer la afrenta que realizaba a dioses del pasado.
(1) A Sir Walter Humphrey se la atribuye también la redacción y revisión de un texto soporífero sobre la generación de sentimientos sexuales entre las tribus africanas del Congo. El texto nunca trascendió por ser incompleto, característica que fácilmente podría trasladarse a otros de sus textos. Algunos analistas posteriores incluso encuentran en estas omisiones, supuestamente involuntarias, un juego y un acertijo trazado por el mismo Humphrey. Sobre todo, una frase ha desbaratado el análisis literario de sus obras (que, como todo análisis, supone la existencia de una obra completa): “el juego le pertenece a la inexactitud del ocio”.
(borges)
Don Julián no se distinguía por tener una capacidad política decididamente hábil. Los adjetivos que normalmente acompañaban su nombre eran más parecidos a los que recibían las fiestas mal logradas de las comunidades que a los que deberían corresponder a sus ancestros. Su físico tampoco hacía justicia al apellido, noble en aquella región: el único vástago masculino de los caciques del municipio de San Tavo de Reyes y Fanfurrias era obeso desde los pómulos hasta la cadera. Más al sur, el presidente municipal, que no tendría más de 40 años, ostentaba un par de extremidades raquíticas que desentonaban con el resto, y que parecían incapaces de sostener los ánimos, normalmente febriles y totalmente desenfrenados, que Don Julián parecía disfrutar hasta en el peor de los fracasos. Alguna vez escribió en un comunicado a las comunidades que “el progreso es como una cabra en el desierto: si come, engorda; si no, también”. Así de impreciso era Don Julián en su palabra, y sólo dios sabría si sus actos, amedrentados por el contrapeso de su herencia, serían tan caprichosos como para hacer justicia a la menor de las coherencias.
La mayor parte de sus feligreses lo creía así, dado que, finalmente, Don Julián sí contaba con la nada despreciable ventaja del carisma. A pesar de que muchos fanfurrinos educados habían abandonado los ímpetus de Don Julián, todavía las mujeres le creían y apoyaban. Por ello no fue extraño que cuando el folleto del Reglamento de Fútbol le inspiró a organizar una junta, buena parte de los dirigentes asistieron con sobrado entusiasmo. Ya comprobaría el tiempo que las esperanzas habían estado invertidas con pocas posibilidades de éxito. Sin embargo, por el momento todo parecía tener la verosimilitud suficiente para provocar una auténtica y entusiasta avalancha hacia la plancha de la presidencia municipal. La tarde resbalaba por los cerros y el viento, celoso, apenas comenzaba a asomar su furia.
Don Julián habló mejor que en su mejor discurso previo. La gente lo escuchó con pasión y gesticulaciones exageradas. Al tiempo que el sol iba cediendo a la noche, el furor iba creciendo, como si fuera representante luminoso de otras oscuridades. Narraba con inigualable exactitud emocional cada uno de los momentos irrepetibles que había observado por la TV: describió con precisión médica cada uno de los motivos tribales que adornaban los ánimos desbordados de la audiencia; trazó el camino exacto de la pelota bicolor que era motivo de la disputa, desde su primer vistazo, hasta el éxtasis del gol; tejió con la habilidad de un costurero persa el complicado flujo de sus intenciones, y resumió finalmente, cual orador perdido en el momento último de la pasión verbal, su intención de organizar el Primer Torneo de Fútbol Copa Fanfurrias 2006. Don Julián intuyó correctamente el momento preciso para anunciar su posterior hallazgo, justo antes de que la audiencia estallara en júbilo y cayera de bruces en el embrujo. Levantó con ambas manos el folleto que diría, al pie de la letra, los pasos que los habitantes del municipio de San Tavo de Reyes y Fanfurrias tendrían que dictar para celebrar su Primer Torneo de Fútbol.
A continuación, sin mediar mayores despedidas y aún en medio del éxtasis colectivo que había provocado, Don Julián Reyes y Reyes, orgulloso y sereno, llamo a junta con los dirigentes de las comunidades para revisar el reglamento. Si los cálculos atinaban, aquél sería el primer y definitivo paso a la organización del Torneo. La edición a la que pertenecía el folleto era heredera, igual que Don Julián, de una tradición lacónica que la gente en general había olvidado: tras una portada ricamente ilustrada, pero descolorida, tipologías discretas iban delineando ilustraciones protagonizadas por hombres de tupido mostacho. “Será una revolución en el municipio, como lo fue la labor de mi familia”, pensaba Don Julián, quien al sentirse identificado con el texto intuyó el estruendoso éxito que seguramente no alcanzaría jamás. Por lo demás, el texto no era nada relevante. Formaba parte de una pequeña enciclopedia deportiva que había traído el único intelectual entre los mineros ingleses llegados a principios del siglo XX a explotar las vetas de azufre encontradas cerca de San Tavo. Dicha enciclopedia había sido editada y revisada por Sir Walter Humphrey(1) , escritor que en sus años productivos había sido tachado de loco encantador. Sir Humphrey admiraba en el deporte recién inventado en su país un arte que algún día generaría guerras entre los países; nada más preciso para alguien que había peleado en múltiples batallas en suelo africano, y que, por otra parte, había sido ciego. Ese era el tono que Sir Humphrey había dado a su obra: el de un soldado ciego que conocía el fútbol de oídas. Las reglas, escritas en el lenguaje de la estrategia militar, se mezclaban caprichosamente con relatos de guerra y gestas heroicas; los tímidos casos utilizados como ejemplo, se desdibujaban ante las intentonas por deificar al balompié. En algún capítulo desafortunado, Sir Humphrey declaraba abiertamente que “el juego del hombre era una batalla donde se sacrificaban sin reserva lo mejor de los espíritus, una gesta que servía de espejo a la valentía del hombre”. Ninguna frase más clarificadora para el resto del texto; y ninguna tan peligrosa para Don Julián, quien debía hacer lidiar ese texto con representantes comunitarios, en su mayoría femeninos, que no encontraban sentido en realizar un torneo del “juego del hombre”, como lo llamaba Sir Humphrey, en un municipio donde casi no quedaban machos. Por otra parte, la relación que Humphrey había establecido entre el fútbol y los espejos espantaba a las más viejas, pero emocionaba a las más aguerridas, quienes atrapaban la metáfora de Humphrey como una vía (desenfadada, cínica y mordaz) para evacuar sus crecidas pasiones. Don Julián se dejaba fantasear: quizá el Torneo sería motivo para el regreso de los hombres que habían huido a Estados Unidos, para reestablecer el orden familiar y para llenar de gloria de nuevo las calles terrosas y el orgullo perdido. Sir Walter Humphrey parecía secundar desde la tumba el pensamiento de Don Julián: “el fútbol es la mejor vía para la gloria de la sociedad occidental”. Sociedad que, sin duda, Don Julián llevaría al último cielo.
La lectura del reglamento provocó otros conflictos. Además de la conjetura moral que había impuesto entre las mujeres, las reglas que Sir Humphrey trazaba eran confusas para el hispanoparlante del siglo XXI. A continuación, un fragmento del reglamento estricto del inglés, resumido en el epílogo del folleto:
1. Las batallas han de librarse entre ejércitos no mayores de 12 y no menores de 10. Todo el cuerpo mayor ha de disponerse en líneas coyunturales fuera del campo de pelea, y no han de esgrimir más órdenes de las que el coronel mayor disponga.
2. El objetivo es llevar la discordia hasta la base enemiga, con estricta observación de este reglamento. Cualquier penalización será dispuesta por el arbitrio del juez.
5. La duración de la batalla es de una hora y media. No más. A menos que el juez disponga lo contrario.
7. La victoria será respetada y celebrada.
La vaguedad de las reglas de Sir Humphrey fue ceremoniosamente traducida por Don Julián, quien había observado este ejercicio previamente a través de la pantalla. A pesar de que los representantes entendieron cabalmente, quedaban lagunas aún para el propio Don Julián: ¿Cuál era la regla para el diseño de los uniformes? ¿Cuánto tiempo podían tomarse para comer? ¿Era legal negociar un gol nebuloso? ¿Qué era el fuera de lugar? Las respuestas no se encontraban en el folleto. A pesar de que el índice de la página 50 estipulaba dos cuartillas a la resolución de preguntas frecuentes, Don Julián, sorprendido, se dio de bruces con la inexistencia de las mismas. Quizá el tiempo o el juego irresponsable de algún adolescente había desprendido aquellas páginas fundamentales. El presidente municipal, con el apoyo de los dirigentes comunitarios, agotó la biblioteca en busca de las letras perdidas, sin éxito. Lo más llamativo de las páginas perdidas, era que su inicio, anunciado quizá por el último punto y seguido de la página 14, sugería uná buena cantidad de respuestas. La 14, en el párrafo que abría al final de la página, decía, textual: "El fútbol es una actividad que debe dejar lugar a pocas incertidumbres. En el fondo, todo se trata solamente de". Por otro lado, la página 27, con la cual se reinauguraba el texto, ya anunciaba otro capítulo en su pie de página (algo que el autor había llamado "pan y circo", y que, en el índice recibía poca atención junto con la especificación somerade dos subcapítulos que, en un arranque de coincidencias disparejas, se habían borrado del listado). Las primeras letras decían: "un laberinto. En realidad, la variedad de jugadas psicológicas que puede comenzar un equipo para desperdigar al contrario son vastas, y no deben dejar de considerarse armas de grueso calibre para el dominio". La continuidad sintáctica permitió que la euforia de Don Julián tomara el texto por textual, máxime cuando la primera parte apenas delineaba la mirada introductoria al balompié. Fue Palito Pérez quien se percató de la falta, y quien, por otro lado, corroboró la gravedad de la frase así construida, sin trece (y la superstición del presidente municipal se asomaba sin querer) páginas de intermedio, y sin el menor escrúpulo de por medio.
Fue inevitable el debate ante la falta del precioso reglamento. Había quien esgrimía el sentido común a la resolución de la falta de reglas claras. El entusiasmo de Don Julián impidió esta medida, y lo que sucedió a continuación fue una discusión que retrasó someramente el inicio de las medidas para el torneo. Hubo que argumentar artículos de la Constitución para rebatir el castigo físico ante el fuera de lugar, para después acudir a letras casi desconocidas de corridos para reavivar la discusión. Palito Pérez, el asistente del presidente municipal, acudió a canciones de José Alfredo Jiménez: ¿qué pasaba si alguien contraponía el hecho de girar y girar a la resolución del juez? Todos sabían que la palabra de José Alfredo era ley. El paso lógico, luego de tediosas horas de discusión, fue aplicar las mismas reglas de la cacería de hormigas al juego del pie. Resultó complicado a la hora de la llamada crucijada: un procedimiento del deporte local, que consistía en arreglar las disputas por hormigas mayores de cuatro centímetros, a través de un sistema de patadas en la espinilla que iba mermando la carga de demandantes y terminaba por arrojar un adolorido ganador de la hormiga enorme. Palito Pérez, el más dedicado a la lectura del folleto, había soltado la disposición final: eso, en fútbol, era falta, y, si la disputa por la pelota era demasiado fuerte, podía ser causa de algo, pero no sabía de qué, porque faltaban páginas. Después del asunto de los espejos, las especificaciones técnicas (que nadie había entendido, porque el inglés hablaba de pies como medida de las canchas; pero nadie sabía de cuál calzaba el escritor, así que fue tema de uno de los debates alternos), y la sorprendente resolución que impedía jugar a las mujeres, la cual no se explicaba sino en las páginas faltantes, hizo que los ánimos estallaran. Palito Pérez comenzó a buscar desesperadamente respuestas, hallándolas todas en las lagunas del texto. Finalmente, halló una sentencia de Sir Humphrey en algún apéndice perdido: "En las letras perdidas hallarán toda respuesta", refiriéndose a la bancada de los equipos en disputa, donde el autor ponía el énfasis del éxito. Palito no lo entendió así. Sería tal vez un azar histórico el que designaba a Palito como el lector supremo de esas letras, al tiempo que buscaba las otras, las perdidas; nadie lo escuchó, pero Palito Pérez supo en ese momento que Sir Humphrey, de algún modo desconocido, sabía que el fútbol implicaría otros laberintos: por lo pronto, el laberinto infranqueable de las pasiones de los fanfurreños, que ya comenzaban a plantear la posibilidad de arreglar esto del reglamento a rajadas de madre.
En cuanto Palito Pérez anunció en secreto a Don Julián el hallazgo, la capacidad de Sir Humphrey a anteponerse al futuro en estos temas del fútbol, el presidente municipal comprendió, y frenando la discusión, estableció un Consejo de Reglamento, que se encargaría de generar nuevas reglas aleatorias, atendiendo en el reglamento sólo las básicas (como patear el balón y meter gol, por ejemplo). Las reglas quedaron así:
1. El objetivo es meter gol sin lastimar u ofender al contrario y a su madre.
2. Los uniformes los decidirá y confeccionará Doña Licha, de la comunidad de Cuesta Colorada.
3. Los tiempos de los partidos sólo podrán negociarse si hay mercado o si un jugador debe ir a la letrina.
4. Todos celebran el gol, sea o no de su equipo.
5. Por respeto, no se cantará el Himno Nacional (a menos que el juez en turno lo requiera, en cualquier momento), ni se rezará o transporatará santos.
6. Si el balón sale de la cancha, el encargado de traerlo de regreso será el último que lo haya pateado.
7. Se permite el uso de armas punzocortantes, bajo permiso del presidente municipal.
El complemento de estas reglas con las del folleto de Sir Humphrey permitiría un juego claro, a ojos de Don Julián. Lo cierto es que quedaban aún imprecisiones que ni el presidente municipal ni el consejo de reglamento pudieron anticipar. Queda, por ejemplo, el asunto de los terrenos, las canchas, la instrucción de jueces, y la capacitación de jugadores, ninguno de los cuales es baladí. Sabría dios si el más modesto de sus caprichos podría hacer de esta contienda podría derivar en consecuencias irrepetibles. De cualquier forma, el reglamento, aquí transcrito apenas en partes, incompleto por lo incomprensible, tendría que tener alguna validez: fue por ello que Don Julián Reyes decidió adjudicarse sin derecho a réplica la posesión del reglamento, del folleto diabólico pero precioso, junto con el cual se apropió de la capacidad de tomar decisiones finales en los conflictos. Ello implicaba un enorme poder. Por lo demás, prohibió mencionar en lo venidero la existencia del reglamento. Sólo él era el dueño del sagrado nombre y del sagrado derecho (¡no! obligación) de entender a cabalidad el texto. Lo que sólo él había previsto, es que quizá este juego podría significar la nueva ascención al poder de su familia, la nueva gloria de los Reyes. De ello hablarían las próximas generaciones, seguramente sin justicia ni juicio: de la misma forma que Don Julián comenzó esta épica sin conocer la afrenta que realizaba a dioses del pasado.
(1) A Sir Walter Humphrey se la atribuye también la redacción y revisión de un texto soporífero sobre la generación de sentimientos sexuales entre las tribus africanas del Congo. El texto nunca trascendió por ser incompleto, característica que fácilmente podría trasladarse a otros de sus textos. Algunos analistas posteriores incluso encuentran en estas omisiones, supuestamente involuntarias, un juego y un acertijo trazado por el mismo Humphrey. Sobre todo, una frase ha desbaratado el análisis literario de sus obras (que, como todo análisis, supone la existencia de una obra completa): “el juego le pertenece a la inexactitud del ocio”.
(borges)


1 Comments:
de nuevo me asombras jejejeje buen cambio de narrativa, el vocabulario extenso te ayuda, conclusión, me late.
te seguiré leyendo
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