3. Fútboljunkie™
Para quienes que no tengan el placer de conocer el H. Municipio de San Tavo de Reyes y Fanfurrias™, tengo que decir que se han perdido de una auténtica muestra de art nouveau al más puro Los Tigres del Norte style. Hagan de cuenta que mezclan en una enorme cacerola llena de polvo un litro de emoción desbordada, tres kilos y medio de desconocimiento total de cualquier situación actual, una pizca de narco-corrido y unos mil doscientos habitantes desperdigados por el valle. A continuación, se agrega el mood en el que habrá estado Picasso cuando pintó Guernica, se cocina a fuego lento, y chas: el H. Municipio de San Tavo de Reyes y Fanfurrias emergerá de manera casi instantánea. Esta receta tan volátil es la razón por la cual buena parte de la familia Guerrero emigró de tan hondas tierras rumbo al Valle del Anáhuac hace un par de generaciones, y por la cual yo puedo hacer ocasionales viajes a la capital.
Disclaimer para lectores distraídos:
El presidente municipal de Metrópolis Fanfurrias (este nombre siempre me ha parecido inflado pero divertido, algo así como un globo de helio destinado a perderse en el cielo y a ser confundido con un OVNI) decidió organizar un Torneo de Fútbol después de ver un partido de México en la TV. Lo divertido de esto, es que NADIE en todo el municipio tiene la menor idea de cómo jugar al balompié. La cosa se pone peor cuando Don Julián se encuentra en la biblioteca casi abandonada de la secundaria municipal un reglamento de fútbol más viejo que las intenciones de la familia Reyes por volver a ser caciques de la región.
Hasta aquí, todo muy bien. PERO resulta que al reglamento le faltan hojas fundamentales, lo cual genera todavía más confusión entre la Bandera™. Todos ahora creen saber cómo se juega al fútbol, pero nadie lo sabe. O sea: saben que el balón se patea y saben que se necesita una cancha y dos porterías, pero no saben jugar. Los ánimos de Don Julián están tan arriba, que ha restringido el uso y lectura del manual. Afortunadamente, su asistente, Palito Pérez, me vino a visitar esta mañana para pedirme consejo.
- ¿Crees que puedas instruir a Don Juli, Manotas?
- Está bien fácil: orita le llamo a unos compas de allá de la colonia, que se traigan unos tubos, y agarramos al Don Juli en la noche, y luego…
- LO QUE NECESITO es que ayudes a Don Juli a enseñarles a todos cómo se juega fútbol. Nomás.
- *ejem*… ¿Nomás?
- Nomás. Y por diosito que si traes a tus compas para reventarle las ideas a Don Juli, te acuso con tus papás y vas a ver si no te llevan a la correccional.
¿Pero por qué ha venido Don Palito a buscarme a mí, un pobre niñito de diez años, para ayudarle a Don Julián? Pues porque en mis ocasionales viajes a la capital a ver a mis primos, he jugado mucho fútbol. Al principio, cuando me escogían en los equipos de la Cáscara™ (término local para designar el juego esporádico donde SÍ se permiten los madrazos, y de qué forma), era el último. Ello era muy divertido, porque no sólo me brindaban por completo la capacidad de cometer errores, y la impunidad para hacerlo, sino que era mi o-bli-ga-ción cometerlos. Cuando alguien fallaba un gol en mi equipo, era bastante normal escuchar al crack callejero que lo había fallado murmurar o gritar: ‘fue culpa del matado de tu primo el Patricio’. Porque además de ser yo el stranger fuereño, era, y soy, un ñoño. Debo ser el único niño de diez años del país (o del mundo) en haber consumido viciosamente libros de pintura que pido a mi padre de Estados Unidos. Es más fácil encontrarme leyendo alguna edición ilustrada del Quijote, que jugando a los carritos en el patio o en la calle. Lo que sí es bastante fácil es encontrarme viendo TV. En muchas, muchísimas ocasiones, después de que el equipo contrario al mío decidía que yo ya no debía jugar (porque tenerme en el equipo significaba una ventaja: tener un culpable legal), me metía a casa de mis primos a ver la tele. Y sí, las caricaturas me encantan; pero lo que más llamó siempre mi atención fueron los partidos de fútbol. Mi primo José, que va a la universidad, un día le dijo al resto de la familia que ‘este Patricio es un adicto al fútbol. Es un fútboljunkie™’.
Así que era posible viéndome fallar cuantas patadas fueran necesarias para provocar la carcajada de jugadores y afición, pero jamás (JAMÁS) se me vería errando un fallo sobre un fuera de lugar o sobre una jugada dudosa. De ahí proviene mi apodo del Manotas. La gente normalmente piensa que los que somos malos (y feos y ciegos) metemos las manos a la hora de jugar, y les parece muy fácil suponer que mi apodo se debe al constante parafraseo que hacía de Diego Maradona. Eso es cierto: yo siempre metía las manos a la hora de la cabecita™, pero nunca me atraparon. La razón de que me llamaran Manotas es que, con el tiempo, mi presencia en los juegos no sólo se consideraba afortunada, sino hasta necesaria. En un principio, me designaban automáticamente como el árbitro. Con el tiempo, alguien se percató de que para mí era sencillo recibir refrescos, papitas y cómics a cambio de fallos a su favor. Así que generé una pequeña mafia a mi alrededor: la gente me llamaba a ser árbitro, y alguno de los dos equipos, el de capitán más vivales, me compraba con pequeños obsequios. De cualquier modo, nadie sabía a ciencia cierta lo que significaba la tarjeta roja ni el fuera de lugar.
Así que conseguí una pequeña fortuna en especie: cientos de paletas tix-tix, docenas de bolsas de papas, y un cargamento completo de Coca Cola Citra Light en lata. Mi fama se hizo tan popular, que la Bandera™ me apodó ‘El Manotas™’, por ladrón. ¿Quién puede decidir sobre este peliagudo asunto sobre un gol que apenas tocó la línea? Dale un Lucas, y El Manotas lo ‘resolverá’ a tu favor. ¿Quién es capaz de sacar contrincantes incómodos? El Manotas, si antepones dos o tres paquetitos de chicles. En mis mejores tiempos, uno de mis equipos consentidos, ‘Los Cachorros’ de la calle Trovadores, me regaló una chamarra bordada que en la espalda decía: ‘Patricio ‘el Manotas’ Guerrero’. Así todos sabían con quién trataban: con el Rey del Barrio™, en versión miniatura y futbolera.
Pero como buena película de Disney, todo lo bueno tiene que acabar mal para que comience la acción. En mi caso, el final llegó con las últimas vacaciones de semana santa. El plan era pasar todas las vacaciones con mis primos. Aprovecharía para hacer enormes dotaciones de dulces que pudieran hacerme sobrevivir hasta el verano, y para conocer a ciertos mandamases de la escena panbolera de la colonia de mis primos, como Lencho (el supuesto crack más importante de tres colonias a la redonda) y Nallely (la mejor porrista del barrio). Los primeros dos días transcurrieron de forma normal, con dos o tres partidos y unas dos bolsas de súper repletas de chocolates. Pero luego pasó lo peor.
Mi mamá descubrió mi pequeño affaire durante un partido de ‘Sayayín’ contra ‘La tormenta Wilma’, que se disputaba en la cancha de la calle Dos. En mi partido de estreno como cronista, mi madre irrumpió en la cabina de transmisión (una caja de cartón ubicada en las gradas, desde donde yo gritaba), y, restregándome en la cara mis chocolates, me llevó de las orejas a casa de mis primos. Al día siguiente me llevó de regreso a Metrópolis Fanfurrias, y mi castigo fue no ir a ver a mis primos este verano. Lo peor es que olvidé mi playera del Kikín en la capital. *sigh!*
Llevo algunos meses metido en mi casa, sin nadie cerca que juegue al fútbol. El otro día que habló José, le conté que también me habían castigado los dulces, y me dijo que estoy en dieta de low-carb. Debe ser. Tan aburrido he estado, que mi única diversión consiste en ver las locuras que todo el día trama Don Julián. Había visto que el preciso trajera un desfile de gays, que intentara comenzar un parque con salto bungee, y que propusiera, emocionado, la construcción de una estatua de Albert Einstein. Pero, sin duda, este allure en el que nos ha enfrascado es lo más arriesgado que le he visto. Por lo pronto, ayudaré a Don Palito, y trataré de conseguir alguna ganancia de los equipos en disputa, que todavía están por definirse.
Y como dice mi mamá: ¡a darle, que es mole de olla!
(salvador leal)
Disclaimer para lectores distraídos:
El presidente municipal de Metrópolis Fanfurrias (este nombre siempre me ha parecido inflado pero divertido, algo así como un globo de helio destinado a perderse en el cielo y a ser confundido con un OVNI) decidió organizar un Torneo de Fútbol después de ver un partido de México en la TV. Lo divertido de esto, es que NADIE en todo el municipio tiene la menor idea de cómo jugar al balompié. La cosa se pone peor cuando Don Julián se encuentra en la biblioteca casi abandonada de la secundaria municipal un reglamento de fútbol más viejo que las intenciones de la familia Reyes por volver a ser caciques de la región.
Hasta aquí, todo muy bien. PERO resulta que al reglamento le faltan hojas fundamentales, lo cual genera todavía más confusión entre la Bandera™. Todos ahora creen saber cómo se juega al fútbol, pero nadie lo sabe. O sea: saben que el balón se patea y saben que se necesita una cancha y dos porterías, pero no saben jugar. Los ánimos de Don Julián están tan arriba, que ha restringido el uso y lectura del manual. Afortunadamente, su asistente, Palito Pérez, me vino a visitar esta mañana para pedirme consejo.
- ¿Crees que puedas instruir a Don Juli, Manotas?
- Está bien fácil: orita le llamo a unos compas de allá de la colonia, que se traigan unos tubos, y agarramos al Don Juli en la noche, y luego…
- LO QUE NECESITO es que ayudes a Don Juli a enseñarles a todos cómo se juega fútbol. Nomás.
- *ejem*… ¿Nomás?
- Nomás. Y por diosito que si traes a tus compas para reventarle las ideas a Don Juli, te acuso con tus papás y vas a ver si no te llevan a la correccional.
¿Pero por qué ha venido Don Palito a buscarme a mí, un pobre niñito de diez años, para ayudarle a Don Julián? Pues porque en mis ocasionales viajes a la capital a ver a mis primos, he jugado mucho fútbol. Al principio, cuando me escogían en los equipos de la Cáscara™ (término local para designar el juego esporádico donde SÍ se permiten los madrazos, y de qué forma), era el último. Ello era muy divertido, porque no sólo me brindaban por completo la capacidad de cometer errores, y la impunidad para hacerlo, sino que era mi o-bli-ga-ción cometerlos. Cuando alguien fallaba un gol en mi equipo, era bastante normal escuchar al crack callejero que lo había fallado murmurar o gritar: ‘fue culpa del matado de tu primo el Patricio’. Porque además de ser yo el stranger fuereño, era, y soy, un ñoño. Debo ser el único niño de diez años del país (o del mundo) en haber consumido viciosamente libros de pintura que pido a mi padre de Estados Unidos. Es más fácil encontrarme leyendo alguna edición ilustrada del Quijote, que jugando a los carritos en el patio o en la calle. Lo que sí es bastante fácil es encontrarme viendo TV. En muchas, muchísimas ocasiones, después de que el equipo contrario al mío decidía que yo ya no debía jugar (porque tenerme en el equipo significaba una ventaja: tener un culpable legal), me metía a casa de mis primos a ver la tele. Y sí, las caricaturas me encantan; pero lo que más llamó siempre mi atención fueron los partidos de fútbol. Mi primo José, que va a la universidad, un día le dijo al resto de la familia que ‘este Patricio es un adicto al fútbol. Es un fútboljunkie™’.
Así que era posible viéndome fallar cuantas patadas fueran necesarias para provocar la carcajada de jugadores y afición, pero jamás (JAMÁS) se me vería errando un fallo sobre un fuera de lugar o sobre una jugada dudosa. De ahí proviene mi apodo del Manotas. La gente normalmente piensa que los que somos malos (y feos y ciegos) metemos las manos a la hora de jugar, y les parece muy fácil suponer que mi apodo se debe al constante parafraseo que hacía de Diego Maradona. Eso es cierto: yo siempre metía las manos a la hora de la cabecita™, pero nunca me atraparon. La razón de que me llamaran Manotas es que, con el tiempo, mi presencia en los juegos no sólo se consideraba afortunada, sino hasta necesaria. En un principio, me designaban automáticamente como el árbitro. Con el tiempo, alguien se percató de que para mí era sencillo recibir refrescos, papitas y cómics a cambio de fallos a su favor. Así que generé una pequeña mafia a mi alrededor: la gente me llamaba a ser árbitro, y alguno de los dos equipos, el de capitán más vivales, me compraba con pequeños obsequios. De cualquier modo, nadie sabía a ciencia cierta lo que significaba la tarjeta roja ni el fuera de lugar.
Así que conseguí una pequeña fortuna en especie: cientos de paletas tix-tix, docenas de bolsas de papas, y un cargamento completo de Coca Cola Citra Light en lata. Mi fama se hizo tan popular, que la Bandera™ me apodó ‘El Manotas™’, por ladrón. ¿Quién puede decidir sobre este peliagudo asunto sobre un gol que apenas tocó la línea? Dale un Lucas, y El Manotas lo ‘resolverá’ a tu favor. ¿Quién es capaz de sacar contrincantes incómodos? El Manotas, si antepones dos o tres paquetitos de chicles. En mis mejores tiempos, uno de mis equipos consentidos, ‘Los Cachorros’ de la calle Trovadores, me regaló una chamarra bordada que en la espalda decía: ‘Patricio ‘el Manotas’ Guerrero’. Así todos sabían con quién trataban: con el Rey del Barrio™, en versión miniatura y futbolera.
Pero como buena película de Disney, todo lo bueno tiene que acabar mal para que comience la acción. En mi caso, el final llegó con las últimas vacaciones de semana santa. El plan era pasar todas las vacaciones con mis primos. Aprovecharía para hacer enormes dotaciones de dulces que pudieran hacerme sobrevivir hasta el verano, y para conocer a ciertos mandamases de la escena panbolera de la colonia de mis primos, como Lencho (el supuesto crack más importante de tres colonias a la redonda) y Nallely (la mejor porrista del barrio). Los primeros dos días transcurrieron de forma normal, con dos o tres partidos y unas dos bolsas de súper repletas de chocolates. Pero luego pasó lo peor.
Mi mamá descubrió mi pequeño affaire durante un partido de ‘Sayayín’ contra ‘La tormenta Wilma’, que se disputaba en la cancha de la calle Dos. En mi partido de estreno como cronista, mi madre irrumpió en la cabina de transmisión (una caja de cartón ubicada en las gradas, desde donde yo gritaba), y, restregándome en la cara mis chocolates, me llevó de las orejas a casa de mis primos. Al día siguiente me llevó de regreso a Metrópolis Fanfurrias, y mi castigo fue no ir a ver a mis primos este verano. Lo peor es que olvidé mi playera del Kikín en la capital. *sigh!*
Llevo algunos meses metido en mi casa, sin nadie cerca que juegue al fútbol. El otro día que habló José, le conté que también me habían castigado los dulces, y me dijo que estoy en dieta de low-carb. Debe ser. Tan aburrido he estado, que mi única diversión consiste en ver las locuras que todo el día trama Don Julián. Había visto que el preciso trajera un desfile de gays, que intentara comenzar un parque con salto bungee, y que propusiera, emocionado, la construcción de una estatua de Albert Einstein. Pero, sin duda, este allure en el que nos ha enfrascado es lo más arriesgado que le he visto. Por lo pronto, ayudaré a Don Palito, y trataré de conseguir alguna ganancia de los equipos en disputa, que todavía están por definirse.
Y como dice mi mamá: ¡a darle, que es mole de olla!
(salvador leal)


4 Comments:
Literal. Termino de leer, me levanto con los brazos extendidos hacia abajo para alcanzar el teclado de la laptop y... permíteme un momento........
...... aplaudo. Te la volaste. ¡Buenísimo! No paré de reir.
Excelente escrito. Genios como tú es lo que necesita este país que debe latir un poco más a la izquierda.
Me rei mucho cuandollego a la parte de la dieta lowcarb....casi me muero de la risa....pero bueno.. va bien colega, super bien.
(ud podria avisar con anterioridad cuando me vaya a volver mierd a mi, con eso me preparo psicologicamente (nervocalm y valium en tabletas) para tan magno evento??
Gracias.
jejejejejejejeje...
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