6. Cacería de hormigas
Apenas se percataron de que los habitantes de Altaviva de los Molcajetes no habían comprendido del todo el juego del fútbol, Don Palito y el recién tullido Manotas decidieron adiestrar a sus compatriotas sobre las artes del balompié, comprendiendo con pericia que la situación sin lugar a dudas tendría que ser general a toda la comarca del Fanfurrias. Inmediatamente, para conocer los métodos óptimos para tal adiestramiento, mandaron a un batallón de niños a recolectar información sobre la gente de la región, pesquisa que resultó en un modesto y desafortunado cargamento de pipas rotas, relojes cuidadosamente sincronizados con la hora actual del Japón, gafas sin estuche, y toda clase de cachivaches inservibles que los niños fueron robando de casa en casa. Al ver la cantidad de objetos sin valor real que los habitantes de la región guardaban, nuestros paladines comprendieron sin mayor remedo que la única forma de explicar a los fanfurrinos de qué se trataba el fútbol era acudiendo a paso silencioso a las todavía más difusas reglas del deporte regional, que por aquel tiempo era la cacería de hormigas.
Así que realizaron una gira por el municipio, dejando en claro entendido que ni candidato a la presidencia ni religión fanática ni banda de cumbias cualquiera secundaba su marcha, fuera a ser que los confundieran con propaganderos de derecha o con arbitrios locuaces de un presidente municipal externo que quisiera robarle – a punta de fusil, oh, a punta de fusil y machete – el puesto al ahora tan amado y tan gloriado Presidente Municipal.
¡Crueles propaganderos cruentos, crueles!, hubieran dicho por toda la comarca.
Aclarado ello con banderolas que danzaban felizmente en el aire al ritmo de la música imaginaria de las emociones desbordadas que entonan las causas perdidas, se dieron pues a la tarea los paladines. El narrador se ve obligado a estas alturas del relato a aclarar sin mayores diatribas que los paladines llevaban bajo el brazo – brazo a veces de uno y luego de otro, a veces sendos izquierdos o derechos – el Manual de Fútbol milnueveceronueve del tal Humphrey, escritor que, como el narrador ya ha contado en otro capítulo más accidentado (hasta el momento), ya contaba con cierta fama de locuaz entre los habitantes del Municipio de San Tavo de Reyes y Fanfurrias por aquello del machismo y las patadas.
Así que, al tiempo que llegaban a tal o cual pueblo, los mismos niños entrometidos que habían desprovisto a los hogares de calcetines decimonónicos y estatuillas desgajadas y un montón de gritos y sustos que bien pudieron haberse ahorrado los habitantes para gritarle a un perro atorado en ladridos o a una frustración del tipo pérdida de movilidad del ojo derecho, alistaban a los mismos habitantes que, celados por el miedo a que ahora fueran a esconderles además el tiempo o las ganas, no accedían fácilmente, sino hasta que veían a Palito o al Manotas parados sobre una troca a punto de comenzar un discurso, uno con manual y balón en las manos, el otro con dos frascos de hormigas. La gente escuchaba entonces un poco más calmada, y los paladines comenzaban a hablar.
Humphreyiana:
El fútbol debe ser por todos los términos un juego que todos se tomen en serio al punto de tomarlo un poco a broma y, sin pretextos, como pretexto para beber hasta el desquicio o para omitir del calendario cualquier otra actividad.
Toda vez entendido ello, había que sacar un schedule trazado con todo cuidado, y cuidadosamente cubierto con toda la tierra que pudiera recogerse en el aire al tiempo que los paladines viajaban por el camino de terracería. Hasta que el rotafolio enorme se viera viejo y solemne, como para que los habitantes, al verlo, comprendieran pues que se trataba de un mandato divino o de de una orden de baile – no catala-y-tregua, no, sino más bien un fox trot del tipo cumbianchero-cha-cha-cha, que incluyera un goooooya-chiquiti-bum – ante la cual todos se movieran en círculos. Y entonces, sin aviso ni escapatoria, comenzarían las
INSTRUCCIONES PARA JUGAR AL FÚTBOL
(for dummies o en el lenguaje de un cazador de hormigas)
Ningún respetable fanfurrino habrá dejado de notar que la cacería de hormigas representa no sólo la mera adquisición de una paz completamente injustificada en medio de un valle espinado, sino un auténtico modo de vida que se construye en cada cacería como si la vida fuera una cacería a la inversa donde la caza juega a cazar a su cazador para atraparlo en una vida llena de sentido y las hormigas corren en desbandada únicamente para hacer comprender al cazador de hormigas que su vida está atrapada en esa corrida insaciable. Este principio simplísimo es el que hace que el fútbol funcione en dimensiones que pocas cabezas humanas han logrado comprender, debido quizá a que normalmente entre las cabezas y los pies existe una distancia media de más de metro-y-medio a lo largo de la cual pueden suceder toda clase de distorsiones lingüísticas y semánticas que sólo quienes piensan-con-las-patas logran del todo comprender.
Habrá que aclarar de principio en qué consiste la cacería de hormigas. Se sabe que las hormigas sienten una fascinación inexpugnable por los objetos sólidos comestibles, lo cual no implica ningún problema cuando hablamos de trabajadoras hormiguitas negras que inspiran a chicos y grandes con su adicción por el trabajo en equipo y con lo graciosas que se ven cuando invaden un picnic. Pero hablar de hormigas rojas es otra cosa, porque normalmente se aburren con mayor frecuencia y casi siempre terminan haciendo su camino de tal suerte que cruce con las células epidérmicas de algún desafortunado primate que no se haya dado cuenta de que ha metido la pata en un hoyo de hormigas rojas. Vemos pues que el principio de la cacería de hormigas, que supone usar los pies como carnada, es exactamente el mismo que el del fútbol, que supone usar los pies como carnada.
La cacería de hormigas obedece a una premisa sumamente comprensible que consiste en hacer creer a las hormigas que son más listas que uno, aunque sí lo sean y no necesiten saberlo. Lo que el habilidoso cazador sabe que debe hacer, es llevar a la hormiga desde su agujero hasta una red, ubicada categóricamente del otro lado de un gran rectángulo. Ello debe hacerse con el pie porque el pie es la parte más rápida del ser humano, y porque, además, las hormigas rojas, carnívoras y diabólicas, sienten cierta afección por esta parte de los seres humanos, por aquello de que hay que tener los pies sobre la tierra, frase que, por otra parte, inventó una hormiga roja para poder morder a placer tantos pies como le viniera en gana. El cazador tentará a las hormigas hasta llevarlas a la red morbosamente ubicada del otro lado, y tratará de juntar en la red tantas hormigas como le sea posible, intentando superar la dificultad que supone que las hormigas no escapen de la red para tratar de regresar a su hoyo o que decidan, pavorosamente, perseguir hasta el otro lado al cazador, con lo cual dicho jugador tendrá el problema de las hormigas que vienen y de las que van, cosa que no es graciosa a pesar de que comúnmente termina con un hombre haciendo graciosos movimientos tumbado en el suelo, al tiempo que más hormigas salen del hoyo para declarar su victoria en esa lid. El juego termina cuando las hormigas deciden no salir más del hoyo, cuando las hormigas deciden regresar todas al hoyo, o cuando el cazador declara que tiene mucha comezón.
El fútbol, asombrosamente, es completamente distinto pero idéntico. El balón es como las hormigas rojas. Pero hay diferencias sustanciales: primero, el cazador debe tener el balón frente a sus pies, y no detrás, a menos que su intención sea dejar ganar al contendiente. Segundo, el gran rectángulo es doble, procurando que existan dos redes y dos hoyos, que son el mismo y que se llaman Media Cancha. Habrá que procurar que las redes queden en los lados opuestos del rectángulo, porque de lo contrario determinar al ganador será sumamente complicado y pueden ocasionarse disturbios parecidos a la invasión de las hormiguitas a un picnic, pero con botellas rotas y manteles más bien espantosos. Y, muy importante, este juego no termina si un jugador declara tener comezón, aunque ello sí puede ocasionar la marca de un penalti, lo cual es tema mucho más complicado y será ocasión de otras explicaciones y también puede detonar un picnic. El objetivo es llevar pues el balón (que es mucho más grande que una hormiga, normalmente) a la red donde no está cuidando nadie del propio equipo ya que de lo contrario volvemos al picnic. Esto se hace con los pies, o picnic. Los vivales que argumenten que puede hacerse con la ayuda de otros miembros tienen razón si se refieren a otros miembros del equipo, pero no la tienen si se refieren a otros miembros del cuerpo, ya que eso significa picnic. No es necesario pensar con las patas, y se sugiere mantener al menos uno de los dos pies en el suelo. El uso reglamentario de los pies no se debe a alguna manía desarrollada por el balón, sino a un simple principio de diversión que se llama deporte. No es válido tampoco caminar de manos todo el juego para tocar el balón con ellas. O picnic.
La única complicación que implica el fútbol a diferencia de la cacería de hormigas es que el deporte no importa nada si no hay una cosa a su alrededor que se llama afición, que en este caso cumple el papel de las hormigas que persiguen al jugador. Acá se hace con la mirada, y con un fervor reconocible sólo en las propias hormigas rojas que histéricas van en busca del infame patas grandes que ha pisado sin piedad su agujero tan reconfortante. La afición es la jauría de hormigas que hay que cazar y que suele perseguir al cazador cazado si existe alguna falla. Es fácil saber si se ha cometido algún error, ya que las hormigas de la afición suelen avisarlo más o menos con frecuencia, a través de cánticos y bailes y rostros pintaos y manos agitadas y cervezas bebidas o arrojadas al campo de juego. Cantan goooooya-chiquiti-bum cuando están contentos, o bailan el baile de la chifladera cuando no. Es un arte complicado el descifrarlo, pero el golpe de un proyectil enojado suele ser el síntoma más común y también el más claro para el jugador que se desploma inconsciente.
La gente pareció entender de inmediato y plop comenzaron a cruzar apuestas, a suscitarse las primeras discusiones, a jugarse las primeras cáscaras y a realizarse entrenamientos y a escogerse nombres y unirse las porras y ensayarse los cantos y bailes. Los hinchas tomaron su posición de hormiga roja, y fue en más de un pueblo donde se vio jugando partidos en los que ambos equipos tiraban hacia la misma red (que normalmente era donde guardaban los guajolotes). Picnic.
(cortázar)
Así que realizaron una gira por el municipio, dejando en claro entendido que ni candidato a la presidencia ni religión fanática ni banda de cumbias cualquiera secundaba su marcha, fuera a ser que los confundieran con propaganderos de derecha o con arbitrios locuaces de un presidente municipal externo que quisiera robarle – a punta de fusil, oh, a punta de fusil y machete – el puesto al ahora tan amado y tan gloriado Presidente Municipal.
¡Crueles propaganderos cruentos, crueles!, hubieran dicho por toda la comarca.
Aclarado ello con banderolas que danzaban felizmente en el aire al ritmo de la música imaginaria de las emociones desbordadas que entonan las causas perdidas, se dieron pues a la tarea los paladines. El narrador se ve obligado a estas alturas del relato a aclarar sin mayores diatribas que los paladines llevaban bajo el brazo – brazo a veces de uno y luego de otro, a veces sendos izquierdos o derechos – el Manual de Fútbol milnueveceronueve del tal Humphrey, escritor que, como el narrador ya ha contado en otro capítulo más accidentado (hasta el momento), ya contaba con cierta fama de locuaz entre los habitantes del Municipio de San Tavo de Reyes y Fanfurrias por aquello del machismo y las patadas.
Así que, al tiempo que llegaban a tal o cual pueblo, los mismos niños entrometidos que habían desprovisto a los hogares de calcetines decimonónicos y estatuillas desgajadas y un montón de gritos y sustos que bien pudieron haberse ahorrado los habitantes para gritarle a un perro atorado en ladridos o a una frustración del tipo pérdida de movilidad del ojo derecho, alistaban a los mismos habitantes que, celados por el miedo a que ahora fueran a esconderles además el tiempo o las ganas, no accedían fácilmente, sino hasta que veían a Palito o al Manotas parados sobre una troca a punto de comenzar un discurso, uno con manual y balón en las manos, el otro con dos frascos de hormigas. La gente escuchaba entonces un poco más calmada, y los paladines comenzaban a hablar.
Humphreyiana:
El fútbol debe ser por todos los términos un juego que todos se tomen en serio al punto de tomarlo un poco a broma y, sin pretextos, como pretexto para beber hasta el desquicio o para omitir del calendario cualquier otra actividad.
Toda vez entendido ello, había que sacar un schedule trazado con todo cuidado, y cuidadosamente cubierto con toda la tierra que pudiera recogerse en el aire al tiempo que los paladines viajaban por el camino de terracería. Hasta que el rotafolio enorme se viera viejo y solemne, como para que los habitantes, al verlo, comprendieran pues que se trataba de un mandato divino o de de una orden de baile – no catala-y-tregua, no, sino más bien un fox trot del tipo cumbianchero-cha-cha-cha, que incluyera un goooooya-chiquiti-bum – ante la cual todos se movieran en círculos. Y entonces, sin aviso ni escapatoria, comenzarían las
INSTRUCCIONES PARA JUGAR AL FÚTBOL
(for dummies o en el lenguaje de un cazador de hormigas)
Ningún respetable fanfurrino habrá dejado de notar que la cacería de hormigas representa no sólo la mera adquisición de una paz completamente injustificada en medio de un valle espinado, sino un auténtico modo de vida que se construye en cada cacería como si la vida fuera una cacería a la inversa donde la caza juega a cazar a su cazador para atraparlo en una vida llena de sentido y las hormigas corren en desbandada únicamente para hacer comprender al cazador de hormigas que su vida está atrapada en esa corrida insaciable. Este principio simplísimo es el que hace que el fútbol funcione en dimensiones que pocas cabezas humanas han logrado comprender, debido quizá a que normalmente entre las cabezas y los pies existe una distancia media de más de metro-y-medio a lo largo de la cual pueden suceder toda clase de distorsiones lingüísticas y semánticas que sólo quienes piensan-con-las-patas logran del todo comprender.
Habrá que aclarar de principio en qué consiste la cacería de hormigas. Se sabe que las hormigas sienten una fascinación inexpugnable por los objetos sólidos comestibles, lo cual no implica ningún problema cuando hablamos de trabajadoras hormiguitas negras que inspiran a chicos y grandes con su adicción por el trabajo en equipo y con lo graciosas que se ven cuando invaden un picnic. Pero hablar de hormigas rojas es otra cosa, porque normalmente se aburren con mayor frecuencia y casi siempre terminan haciendo su camino de tal suerte que cruce con las células epidérmicas de algún desafortunado primate que no se haya dado cuenta de que ha metido la pata en un hoyo de hormigas rojas. Vemos pues que el principio de la cacería de hormigas, que supone usar los pies como carnada, es exactamente el mismo que el del fútbol, que supone usar los pies como carnada.
La cacería de hormigas obedece a una premisa sumamente comprensible que consiste en hacer creer a las hormigas que son más listas que uno, aunque sí lo sean y no necesiten saberlo. Lo que el habilidoso cazador sabe que debe hacer, es llevar a la hormiga desde su agujero hasta una red, ubicada categóricamente del otro lado de un gran rectángulo. Ello debe hacerse con el pie porque el pie es la parte más rápida del ser humano, y porque, además, las hormigas rojas, carnívoras y diabólicas, sienten cierta afección por esta parte de los seres humanos, por aquello de que hay que tener los pies sobre la tierra, frase que, por otra parte, inventó una hormiga roja para poder morder a placer tantos pies como le viniera en gana. El cazador tentará a las hormigas hasta llevarlas a la red morbosamente ubicada del otro lado, y tratará de juntar en la red tantas hormigas como le sea posible, intentando superar la dificultad que supone que las hormigas no escapen de la red para tratar de regresar a su hoyo o que decidan, pavorosamente, perseguir hasta el otro lado al cazador, con lo cual dicho jugador tendrá el problema de las hormigas que vienen y de las que van, cosa que no es graciosa a pesar de que comúnmente termina con un hombre haciendo graciosos movimientos tumbado en el suelo, al tiempo que más hormigas salen del hoyo para declarar su victoria en esa lid. El juego termina cuando las hormigas deciden no salir más del hoyo, cuando las hormigas deciden regresar todas al hoyo, o cuando el cazador declara que tiene mucha comezón.
El fútbol, asombrosamente, es completamente distinto pero idéntico. El balón es como las hormigas rojas. Pero hay diferencias sustanciales: primero, el cazador debe tener el balón frente a sus pies, y no detrás, a menos que su intención sea dejar ganar al contendiente. Segundo, el gran rectángulo es doble, procurando que existan dos redes y dos hoyos, que son el mismo y que se llaman Media Cancha. Habrá que procurar que las redes queden en los lados opuestos del rectángulo, porque de lo contrario determinar al ganador será sumamente complicado y pueden ocasionarse disturbios parecidos a la invasión de las hormiguitas a un picnic, pero con botellas rotas y manteles más bien espantosos. Y, muy importante, este juego no termina si un jugador declara tener comezón, aunque ello sí puede ocasionar la marca de un penalti, lo cual es tema mucho más complicado y será ocasión de otras explicaciones y también puede detonar un picnic. El objetivo es llevar pues el balón (que es mucho más grande que una hormiga, normalmente) a la red donde no está cuidando nadie del propio equipo ya que de lo contrario volvemos al picnic. Esto se hace con los pies, o picnic. Los vivales que argumenten que puede hacerse con la ayuda de otros miembros tienen razón si se refieren a otros miembros del equipo, pero no la tienen si se refieren a otros miembros del cuerpo, ya que eso significa picnic. No es necesario pensar con las patas, y se sugiere mantener al menos uno de los dos pies en el suelo. El uso reglamentario de los pies no se debe a alguna manía desarrollada por el balón, sino a un simple principio de diversión que se llama deporte. No es válido tampoco caminar de manos todo el juego para tocar el balón con ellas. O picnic.
La única complicación que implica el fútbol a diferencia de la cacería de hormigas es que el deporte no importa nada si no hay una cosa a su alrededor que se llama afición, que en este caso cumple el papel de las hormigas que persiguen al jugador. Acá se hace con la mirada, y con un fervor reconocible sólo en las propias hormigas rojas que histéricas van en busca del infame patas grandes que ha pisado sin piedad su agujero tan reconfortante. La afición es la jauría de hormigas que hay que cazar y que suele perseguir al cazador cazado si existe alguna falla. Es fácil saber si se ha cometido algún error, ya que las hormigas de la afición suelen avisarlo más o menos con frecuencia, a través de cánticos y bailes y rostros pintaos y manos agitadas y cervezas bebidas o arrojadas al campo de juego. Cantan goooooya-chiquiti-bum cuando están contentos, o bailan el baile de la chifladera cuando no. Es un arte complicado el descifrarlo, pero el golpe de un proyectil enojado suele ser el síntoma más común y también el más claro para el jugador que se desploma inconsciente.
La gente pareció entender de inmediato y plop comenzaron a cruzar apuestas, a suscitarse las primeras discusiones, a jugarse las primeras cáscaras y a realizarse entrenamientos y a escogerse nombres y unirse las porras y ensayarse los cantos y bailes. Los hinchas tomaron su posición de hormiga roja, y fue en más de un pueblo donde se vio jugando partidos en los que ambos equipos tiraban hacia la misma red (que normalmente era donde guardaban los guajolotes). Picnic.
(cortázar)


4 Comments:
Maestro:
Muy bueno, se aventó y le salió… y ahora puede publicar sus “instrucciones para escribir como Cortázar. Yo, por lo menos, estaría bastante interesado. Los cronopios van a estar felices, las famas le tendrán bastante envidia y las esperanzas correrán escandalizadas.
Si ve.....uno si ve al cortazar de las instrucciones, y de los comentarios acertadisimos acá....luego si se puede. Va bien colega.
Baile tregua y catala, siga la línea que sale de su mano, cuando la encuentre prendida de las páginas centrales del diario a diario, verá que la Maga fue encontrada en una fosa común de Ciudad Juárez.
Me gustó más que el de Borges. Va por la autopista del Sur tirando graffiti a madres, mi buen Feben.
jejeje sip bin explicado muy cortàzar jajajajajajaja
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