12. La Pierna de Dios
Muchos años después, sentado entre la copiosa prole de admiradores que logró luego de convertirse en presidente municipal vitalicio del municipio de San Tavo de Reyes y Fanfurrias, para entonces renombrado como San Julián de Pérez y Fanfurrias, Palito, muy anciano pero increíblemente conservado como cuando tenía sesenta, recordaba uno de los mitos más sonados de la historia de Fanfurrias:
El episodio que sigue es tan conocido que no vale la pena contarlo. Voy a referirme a él nomás porque hay ciertos hechos que el clamor de la historia ha desdibujado. Es el que comienza con la abrupta inauguración del Primer Torneo de Fútbol Copa Fanfurrias 2006, a manos de mi predecesor, Don Julián Reyes y Reyes, que dios tenga en su santa gloria, y termina con una de las mayores proezas futbolísticas que se hayan visto en este municipio, ahora tradicionalmente futbolero. Una de nuestras mayores proezas, aún hoy, cuando todo mundo anda buscando proezas hasta por debajo de las piedras para poder jugar en la primera división. Es, pues, el que comienza con mi carrera nocturna hasta Petatiztla y que con los años ha terminado por llamarse “La Pierna de Dios”.
Dicen que una noche Don Julián Reyes y Reyes, luego de decidir que el Torneo iniciaría de inmediato, mandó preparar una cena de barbacoa, en un arranque de inspiración y en vista de que los equipos y sus respectivos números 10 estaban completa y gloriosamente preparados para disputar la Copa. Que de inmediato me mandó a dar aviso a las comunidades, y que, a pesar de mi insuficiencia respiratoria, arranqué con rumbo a Petatiztla, a galope de un corcel blanco propiedad de los Reyes, para avisar que al día siguiente el equipo de esa comunidad se diputaría con el anfitrión, el de Altaviva de los Molcajetes. Que en el camino dejé cuatro caballos para poder llegar más rápidamente, con la intención de comenzar el evento al alba. Que el primer partido del Primer Torneo Copa Fanfurrias 2006 comenzó con el cantar de las aves, para dar paso a una lucha futbolística sin precedentes, donde se enfrentaron dos equipos de gran porte y de juego lujoso. Que después de transcurridos 85 minutos de tiempo corrido, la lucha había sido tan encarnecida, que los dos equipos habían anotado la misma cantidad de maravillosos goles, a pesar de los prodigios que ambas escuadras habían desplegado tanto en la defensa como en el ataque. Que la afición ardía en vítores, bandera y pasión. Que el equipo de Petatiztla había reventado todos sus cambios, y todos los miembros de su banca estaban a punto del infarto. Que en vista de ello, el entrenador de ese equipo contrató de inmediato al Manotas a pesar de su pierna rota. Que el Manotas entró al terreno de juego para anotar un gol de chilena desde media cancha en el último segundo, sobreponiéndose mágicamente de su fractura, para dar la victoria al equipo de Petatiztla y para iniciar así la historia de glorias futboleras de este municipio.
Esta historia tiene inexactitudes. Primero hay que decir que todo se debió a un ataque de superstición que sufrió Don Julián luego de escuchar la fábula de la mosca, que rezaba que un día la mosca indecisa por fin decidió salir a la calle, para darse de bruces inmediatamente con el vidrio. La fábula se refirió a propósito de una discusión que había ocurrido con las mujeres de cierta comunidad, que ya no estaban muy seguras de que el Torneo fuera a ocurrir del todo. La reseña de la discusión se la conté yo al entonces presidente municipal, mientras cenábamos sin muchos bríos la barbacoa que había sobrado de los festejos por el Mundial de Cacería de Hormigas. Fue tal el alboroto que Don Julián debió haber sentido en las tripas, que de inmediato me ordenó:
- Ándese ahorita mismo a Petatiztla, Palito, y avíseles que van a disputar el primer partido en Altaviva. Mientras, el Manotas y yo hacemos el calendario de juegos.
En realidad, el temor de Don Julián se basaba en que muchísimos de los jugadores tentativos habían amenazado con dejar el torneo luego de quedar inconformes por no haber obtenido el número diez. Tanto Manotas como yo estábamos plenamente concientes de que los equipos no estaban preparados. Don Julián, por el contrario, y lejos de preocuparse, se compró la idea de que la premura haría de los equipos auténticas alineaciones de ensueño. Por lo menos así nos lo dijo, luego de dos minutos de severa reflexión mientras mordía un taco mal hecho.
De tal suerte que salí de casa de Don Julián mientras éste daba brincos sobre la mesa del comedor. Él jamás dispuso un corcel blanco para que yo fuera hasta Petatiztla, sencillamente porque Don Julián no tenía un corcel blanco. De hecho, en la casa de los Reyes no había ninguna clase de ganado, salvo por un cerdo raquítico que conservaban por cariño, sin intenciones expresas de comerlo o venderlo jamás. La montura que tomé prestada de casa de uno de los vecinos de Don Julián, y luego de grandes trabajos de convencimiento, fue una bicicleta medio oxidada que me permitiría llegar a Petatiztla poco después de la media noche, con el riesgo de ser atacado por los perros.
Algo cierto es que en el camino tuve que cambiar de vehículo. Ello no se debió a mi emoción ni a la evidente necesidad de que el Torneo comenzara. La barbacoa que habíamos cenado me había caído muy mal, así que mi desesperación se debió más al clamor de mis tripas, que anhelaban un baño justo, que a una emoción futbolera incontenida. Y lo que tomé no fueron cuatro caballos, primero porque en toda la comarca no había un solo caballo, y segundo porque no hubo necesidad: poco después de salir de Metrópolis Fanfurrias crucé en el camino con una troca que se dirigía justamente a Petatiztla.
A pesar de que llegué a la comunidad mucho antes de la media noche, mis entrañas no tuvieron pronto alivio. Petatiztla me recibió con por lo menos diez machetes a manos de los pocos hombres de la comunidad, que estaban hartos de oír hablar de fútbol, sobre todo porque en su equipo había sido una mujer quien había conseguido el anhelado 10. Así que esa noche tuve que hacer tres negociaciones. Primero, con mi panza, para que aguantara cada vez un poco más; segundo, con los machetes, para que me dejaran pasar al baño; tercero, con los hombres de Petatiztla, para que fueran hasta Altaviva de los Molcajetes a celebrar un partido.
Tuve que ofrecerles la exención de tres meses de impuestos para que aceptaran. El camino fue sinuoso y no transcurrió durante la noche. Salimos de Petatiztla pasadas las diez de la mañana, cuando los hombres habían bien despertado y almorzado, sin que nadie me ofreciera siquiera un café. El dirigente del pueblo, Don Matías Corona, no dejó de interrogarme en todo el camino.
- Le juro, Palito, que si nos hace ir hasta Altaviva para perder o empatar, lo mato.
El sol de mediodía ya bien pegaba en el Estadio Olímpico Municipal del Sagrado Corazón de la Tota Carvajal. Por supuesto, no había huestes de afilados jugadores esperando por los de Petatiztla. Las mujeres de Altaviva de los Molcajetes apenas acababan de remendar las últimas playeras de su equipo, que portaba el color rojo como representación de la excelente salsa de chile pasilla que se hacía en aquel lugar. Los de Petatiztla iban vestidos de café. Todavía hubo que limpiar los desmanes que habían quedado de la noche anterior. El partido comenzó a cabalidad hasta las cinco o seis de la tarde.
Don Julián decidió ser él quien arbitrara el partido. Luego de varios minutos que tardamos en disponer correctamente a los equipos, el presidente municipal dio el pitazo inicial. No me sorprendí cuando noté que absolutamente nadie se movía. Tuvieron que pasar varios minutos antes de que un jugador de Altaviva preguntara:
- ¿Tons a quién le toca meter gol primero?
Mientras tanto, el Manotas había logrado acomodar con trabajos su cabina de transmisión. Nadie le había ayudado, así que tuvo que sobrellevar su lesión, el peso del transistor, el de la caja que le servía de cabina, y el de las burlas que le propinaban los niños de su edad al verlo hacer cualquier cantidad de malabares para ubicarse en una buena posición. Las improvisadas gradas de la cancha estaban llenas. Sin embargo, nadie miraba el partido: casi todas las personas dispuestas en la afición, en realidad seguían limpiando los desmanes del día anterior. Sólo algunos niños se reían de los uniformes de los jugadores. A los cinco minutos a alguien se le ocurrió poner música y entonces se perdió también la atención de algunos jugadores, que ya se habían aburrido de no hacer nada más que ver el balón en media cancha. Por fin, Manotas comenzó a narrar:
Aficionados que viven la intensidad del fútbol. Nos encontramos hoy en el primer partido del tan esperado Torneo de Fútbol Copa Fanfurrias 2006, que se disputa entre los equipos de Altaviva de los Molcajetes, vestidos de rojo, y Petatiztla, de café. El marcador hasta ahora, cero por cero, a los diez minutos de tiempo corrido. El balón está en posesión de ninguno de los dos, ya que nadie ha decidido moverse.
Después de eso, el Manotas anduvo callado un buen rato, igual que todos los jugadores, quienes ni siquiera se movían, y los espectadores, que poco a poco, y al tiempo que iban terminando las labores de limpieza, se iban postrando alrededor de la cancha. Llegó un momento en el que la calma era tal, que sólo era perturbada por las miradas que Don Matías Corona me dirigía de tanto en tanto para recordarme su promesa. Lo que sucedió a continuación fue tan rápido que ni siquiera me queda tiempo para explicaciones. Me acerqué a la cabina de transmisiones del Manotas.
Palito (sudando): Manotas, necesito que bajes a la cancha y le des movimiento al balón. Esto está demasiado aburrido.
Manotas (desconcertado): Pero yo tengo una pierna rota, Don Palito. Además, se sabe que soy malísimo.
Palito: No importa, ve a hacer algo. Y de preferencia, que gane Petatiztla.
Manotas, como puede, baja a la cancha. Cojeando llega hasta donde está el balón. Uno de los jugadores que se encuentran cerca del mismo, cae dormido a causa del tedio, justo frente al Manotas, quien se tropieza con el cuerpo inerte del jugador. La caída golpea el balón, haciéndolo volar por los aires, y hace que el chico dé una pirueta en el aire. Por accidente golpea el balón, el cual va a dar hasta el corral de los guajolotes, que era la cancha de Altaviva de los Molcajetes, marcando anotación para los visitantes. Gol de Petatiztla.
(Los espectadores se miran entre sí, desconcertados. Los jugadores de Altaviva de los Molajetes comienzan a desperdigarse por el pueblo. A los veinte minutos de tiempo corrido, el partido se da por terminado, con una victoria de los visitantes. La pierna del Manotas se reacomoda a causa de la caída posterior al gol, quedando en su posición original, permitiéndole jugar o arbitrar nuevamente. La silente calma con la que los espectadores locales se dispersan es leída por el equipo contrario como una frustración, contrastada por la poquísima emoción que ellos sienten. Los visitantes llevan a Manotas en hombros.)
Palito (narrando desde la cabina de transmisión): Con ese gol se da por terminado el primer partido del Torneo de Fútbol Copa Fanfurrias 2006, el cual se define con una sorpresiva victoria por parte del equipo visitante de Petatiztla. Sin duda (mira de reojo a Don Matías, satisfecho), la proeza del Manotas será recordada como un milagro (Palito se seca el sudor mientras ve a Don Matías sonreír ligeramente), y su pierna, curada mágicamente, pasará a la historia como la Pierna de Dios.
Cae lentamente el telón.
(ibargüengoitia)
El episodio que sigue es tan conocido que no vale la pena contarlo. Voy a referirme a él nomás porque hay ciertos hechos que el clamor de la historia ha desdibujado. Es el que comienza con la abrupta inauguración del Primer Torneo de Fútbol Copa Fanfurrias 2006, a manos de mi predecesor, Don Julián Reyes y Reyes, que dios tenga en su santa gloria, y termina con una de las mayores proezas futbolísticas que se hayan visto en este municipio, ahora tradicionalmente futbolero. Una de nuestras mayores proezas, aún hoy, cuando todo mundo anda buscando proezas hasta por debajo de las piedras para poder jugar en la primera división. Es, pues, el que comienza con mi carrera nocturna hasta Petatiztla y que con los años ha terminado por llamarse “La Pierna de Dios”.
Dicen que una noche Don Julián Reyes y Reyes, luego de decidir que el Torneo iniciaría de inmediato, mandó preparar una cena de barbacoa, en un arranque de inspiración y en vista de que los equipos y sus respectivos números 10 estaban completa y gloriosamente preparados para disputar la Copa. Que de inmediato me mandó a dar aviso a las comunidades, y que, a pesar de mi insuficiencia respiratoria, arranqué con rumbo a Petatiztla, a galope de un corcel blanco propiedad de los Reyes, para avisar que al día siguiente el equipo de esa comunidad se diputaría con el anfitrión, el de Altaviva de los Molcajetes. Que en el camino dejé cuatro caballos para poder llegar más rápidamente, con la intención de comenzar el evento al alba. Que el primer partido del Primer Torneo Copa Fanfurrias 2006 comenzó con el cantar de las aves, para dar paso a una lucha futbolística sin precedentes, donde se enfrentaron dos equipos de gran porte y de juego lujoso. Que después de transcurridos 85 minutos de tiempo corrido, la lucha había sido tan encarnecida, que los dos equipos habían anotado la misma cantidad de maravillosos goles, a pesar de los prodigios que ambas escuadras habían desplegado tanto en la defensa como en el ataque. Que la afición ardía en vítores, bandera y pasión. Que el equipo de Petatiztla había reventado todos sus cambios, y todos los miembros de su banca estaban a punto del infarto. Que en vista de ello, el entrenador de ese equipo contrató de inmediato al Manotas a pesar de su pierna rota. Que el Manotas entró al terreno de juego para anotar un gol de chilena desde media cancha en el último segundo, sobreponiéndose mágicamente de su fractura, para dar la victoria al equipo de Petatiztla y para iniciar así la historia de glorias futboleras de este municipio.
Esta historia tiene inexactitudes. Primero hay que decir que todo se debió a un ataque de superstición que sufrió Don Julián luego de escuchar la fábula de la mosca, que rezaba que un día la mosca indecisa por fin decidió salir a la calle, para darse de bruces inmediatamente con el vidrio. La fábula se refirió a propósito de una discusión que había ocurrido con las mujeres de cierta comunidad, que ya no estaban muy seguras de que el Torneo fuera a ocurrir del todo. La reseña de la discusión se la conté yo al entonces presidente municipal, mientras cenábamos sin muchos bríos la barbacoa que había sobrado de los festejos por el Mundial de Cacería de Hormigas. Fue tal el alboroto que Don Julián debió haber sentido en las tripas, que de inmediato me ordenó:
- Ándese ahorita mismo a Petatiztla, Palito, y avíseles que van a disputar el primer partido en Altaviva. Mientras, el Manotas y yo hacemos el calendario de juegos.
En realidad, el temor de Don Julián se basaba en que muchísimos de los jugadores tentativos habían amenazado con dejar el torneo luego de quedar inconformes por no haber obtenido el número diez. Tanto Manotas como yo estábamos plenamente concientes de que los equipos no estaban preparados. Don Julián, por el contrario, y lejos de preocuparse, se compró la idea de que la premura haría de los equipos auténticas alineaciones de ensueño. Por lo menos así nos lo dijo, luego de dos minutos de severa reflexión mientras mordía un taco mal hecho.
De tal suerte que salí de casa de Don Julián mientras éste daba brincos sobre la mesa del comedor. Él jamás dispuso un corcel blanco para que yo fuera hasta Petatiztla, sencillamente porque Don Julián no tenía un corcel blanco. De hecho, en la casa de los Reyes no había ninguna clase de ganado, salvo por un cerdo raquítico que conservaban por cariño, sin intenciones expresas de comerlo o venderlo jamás. La montura que tomé prestada de casa de uno de los vecinos de Don Julián, y luego de grandes trabajos de convencimiento, fue una bicicleta medio oxidada que me permitiría llegar a Petatiztla poco después de la media noche, con el riesgo de ser atacado por los perros.
Algo cierto es que en el camino tuve que cambiar de vehículo. Ello no se debió a mi emoción ni a la evidente necesidad de que el Torneo comenzara. La barbacoa que habíamos cenado me había caído muy mal, así que mi desesperación se debió más al clamor de mis tripas, que anhelaban un baño justo, que a una emoción futbolera incontenida. Y lo que tomé no fueron cuatro caballos, primero porque en toda la comarca no había un solo caballo, y segundo porque no hubo necesidad: poco después de salir de Metrópolis Fanfurrias crucé en el camino con una troca que se dirigía justamente a Petatiztla.
A pesar de que llegué a la comunidad mucho antes de la media noche, mis entrañas no tuvieron pronto alivio. Petatiztla me recibió con por lo menos diez machetes a manos de los pocos hombres de la comunidad, que estaban hartos de oír hablar de fútbol, sobre todo porque en su equipo había sido una mujer quien había conseguido el anhelado 10. Así que esa noche tuve que hacer tres negociaciones. Primero, con mi panza, para que aguantara cada vez un poco más; segundo, con los machetes, para que me dejaran pasar al baño; tercero, con los hombres de Petatiztla, para que fueran hasta Altaviva de los Molcajetes a celebrar un partido.
Tuve que ofrecerles la exención de tres meses de impuestos para que aceptaran. El camino fue sinuoso y no transcurrió durante la noche. Salimos de Petatiztla pasadas las diez de la mañana, cuando los hombres habían bien despertado y almorzado, sin que nadie me ofreciera siquiera un café. El dirigente del pueblo, Don Matías Corona, no dejó de interrogarme en todo el camino.
- Le juro, Palito, que si nos hace ir hasta Altaviva para perder o empatar, lo mato.
El sol de mediodía ya bien pegaba en el Estadio Olímpico Municipal del Sagrado Corazón de la Tota Carvajal. Por supuesto, no había huestes de afilados jugadores esperando por los de Petatiztla. Las mujeres de Altaviva de los Molcajetes apenas acababan de remendar las últimas playeras de su equipo, que portaba el color rojo como representación de la excelente salsa de chile pasilla que se hacía en aquel lugar. Los de Petatiztla iban vestidos de café. Todavía hubo que limpiar los desmanes que habían quedado de la noche anterior. El partido comenzó a cabalidad hasta las cinco o seis de la tarde.
Don Julián decidió ser él quien arbitrara el partido. Luego de varios minutos que tardamos en disponer correctamente a los equipos, el presidente municipal dio el pitazo inicial. No me sorprendí cuando noté que absolutamente nadie se movía. Tuvieron que pasar varios minutos antes de que un jugador de Altaviva preguntara:
- ¿Tons a quién le toca meter gol primero?
Mientras tanto, el Manotas había logrado acomodar con trabajos su cabina de transmisión. Nadie le había ayudado, así que tuvo que sobrellevar su lesión, el peso del transistor, el de la caja que le servía de cabina, y el de las burlas que le propinaban los niños de su edad al verlo hacer cualquier cantidad de malabares para ubicarse en una buena posición. Las improvisadas gradas de la cancha estaban llenas. Sin embargo, nadie miraba el partido: casi todas las personas dispuestas en la afición, en realidad seguían limpiando los desmanes del día anterior. Sólo algunos niños se reían de los uniformes de los jugadores. A los cinco minutos a alguien se le ocurrió poner música y entonces se perdió también la atención de algunos jugadores, que ya se habían aburrido de no hacer nada más que ver el balón en media cancha. Por fin, Manotas comenzó a narrar:
Aficionados que viven la intensidad del fútbol. Nos encontramos hoy en el primer partido del tan esperado Torneo de Fútbol Copa Fanfurrias 2006, que se disputa entre los equipos de Altaviva de los Molcajetes, vestidos de rojo, y Petatiztla, de café. El marcador hasta ahora, cero por cero, a los diez minutos de tiempo corrido. El balón está en posesión de ninguno de los dos, ya que nadie ha decidido moverse.
Después de eso, el Manotas anduvo callado un buen rato, igual que todos los jugadores, quienes ni siquiera se movían, y los espectadores, que poco a poco, y al tiempo que iban terminando las labores de limpieza, se iban postrando alrededor de la cancha. Llegó un momento en el que la calma era tal, que sólo era perturbada por las miradas que Don Matías Corona me dirigía de tanto en tanto para recordarme su promesa. Lo que sucedió a continuación fue tan rápido que ni siquiera me queda tiempo para explicaciones. Me acerqué a la cabina de transmisiones del Manotas.
Palito (sudando): Manotas, necesito que bajes a la cancha y le des movimiento al balón. Esto está demasiado aburrido.
Manotas (desconcertado): Pero yo tengo una pierna rota, Don Palito. Además, se sabe que soy malísimo.
Palito: No importa, ve a hacer algo. Y de preferencia, que gane Petatiztla.
Manotas, como puede, baja a la cancha. Cojeando llega hasta donde está el balón. Uno de los jugadores que se encuentran cerca del mismo, cae dormido a causa del tedio, justo frente al Manotas, quien se tropieza con el cuerpo inerte del jugador. La caída golpea el balón, haciéndolo volar por los aires, y hace que el chico dé una pirueta en el aire. Por accidente golpea el balón, el cual va a dar hasta el corral de los guajolotes, que era la cancha de Altaviva de los Molcajetes, marcando anotación para los visitantes. Gol de Petatiztla.
(Los espectadores se miran entre sí, desconcertados. Los jugadores de Altaviva de los Molajetes comienzan a desperdigarse por el pueblo. A los veinte minutos de tiempo corrido, el partido se da por terminado, con una victoria de los visitantes. La pierna del Manotas se reacomoda a causa de la caída posterior al gol, quedando en su posición original, permitiéndole jugar o arbitrar nuevamente. La silente calma con la que los espectadores locales se dispersan es leída por el equipo contrario como una frustración, contrastada por la poquísima emoción que ellos sienten. Los visitantes llevan a Manotas en hombros.)
Palito (narrando desde la cabina de transmisión): Con ese gol se da por terminado el primer partido del Torneo de Fútbol Copa Fanfurrias 2006, el cual se define con una sorpresiva victoria por parte del equipo visitante de Petatiztla. Sin duda (mira de reojo a Don Matías, satisfecho), la proeza del Manotas será recordada como un milagro (Palito se seca el sudor mientras ve a Don Matías sonreír ligeramente), y su pierna, curada mágicamente, pasará a la historia como la Pierna de Dios.
Cae lentamente el telón.
(ibargüengoitia)


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