18.7.06

15. Exilio

Y sí: luego de que la sorpresiva reacción de Don Javier Barrios, arquero del equipo de Rintintiapan el Mediano, resultó desfavorable para el Manotas, quien vio perdidas sus esperanzas de ser el primero en la Historia de San Tavo de Reyes y Fanfurrias en anotar un penal con tal intrépida hazaña, nuestro prepúber jugador se vio envuelto en una oleada de miradas incriminadoras: la pequeñuela que estaba a punto de lanzar un brasier se detuvo, la señora que estaba a punto de gritar se contuvo, y Don Juli, quien estaba a punto de ver nuevamente en conflicto sus emociones, no pudo detener el clamor de sus impulsos, gritando de felicidad al ver el fallo del chamaco, quien, por otra parte, hizo nueva gala de su poca elegancia al caer de bruces tan sólo patear el balón. Las reacciones encontradas fueron tales, que el Manotas, soslayado por el peso de la incertidumbre y la burla callada, optó por ir al exilio.

La huida inadvertida del chamaco fue inmediata y febril: en cuanto sintió que el balón regresaba hasta donde él se encontraba doliéndose el pie, el Manotas se incorporó, para comenzar tremenda corrida con rumbo desconocido. Ello dejó a todos los espectadores, incluido el narrador, en una total incertidumbre. A pesar de que los primeros cálculos de un servidor es que Manotas huyó al norte con rumbo a casa de su mami, las conversaciones (en las cuales, por otra parte, me fue imposible participar) versaron sobre distintas hipótesis que no vale la pena agotar.

De tal suerte que mientras los pobladores del Municipio de Fanfurrias se preocupaban por decidir el futuro de la Copa y por elegir entre los jugadores un nuevo goleador, el narrador tuvo que darse a la tarea de exiliarse a su vez de estas negociaciones, con la finalidad única de dar con el paradero del Manotas. No es que me preocupara mucho la edad del personaje: afortunadamente, el trazo que hasta ahora ha seguido por sí mismo lo ha convertido en poco menos que un niño prodigio. En el fondo, lo que más me preocupa como narrador de esta historia es que la ausencia del Manotas me dejaría prácticamente sin trabajo.

Así que, luego de mediar con Don Juli un par de resoluciones, que a la postre me obligaban a presentar mis actas cada tanto, me concentré tremendamente frente a la hoja en blanco para dar con el Manotas. En teoría, y sólo en teoría, nadie podría conocer a nuestro héroe tan bien como yo. Pero no debe escapar de esta hipótesis otro factor: el chico está en el exilio, y ya se sabe que cuando uno va tan lejos no lo hace con la intención de volver pronto, ni de seguir el rumbo que cualquiera, incluso uno mismo, hubiera supuesto. Pero decía que me di a la tarea de dibujar un futuro para el Manotas en su recién adquirida condición.

Luego de excusarme con el resto de los pobladores (y a pesar de que nadie pareció ofendido por quedarse sin narrador), decía, me dispuse ante la hoja en blanco. El problema era mayúsculo: la salida del Manotas había sido tan abrupta, que ni siquiera yo en mi calidad de narrador omnisciente podía calcular el rumbo probable del personaje perdido. Pero además era mi tarea escoger una voz para su historia. Lo cierto es que ver al Manotas escondido en la cabaña de algún ermitaño en una imagen rulfiana sería tremendamente distinto que verlo recorriendo varias comunidades en algo más parecido a un sueño de Burton. También podríamos recurrir a una burla perfectamente olvidable o a los lugares comunes de la época: verlo reclamando que él sí había metido el penal aunque el árbitro quisiera darle la victoria al otro equipo, o verlo de vuelta, iracundo, propinando un tremendo cabezazo a Don Javier en el pecho. Pero eso sería una salida fácil, acudir a chistes del momento que sólo lectores de este siglo podrían comprender, con tal de hacer de la historia del exilio del Manotas algo digno de contarse.

O quizá podría ser aún más fácil: dejar de lado todo el entorno futbolero y hacer de esto una historia en la que el Manotas descubriera de pronto su sentido en el mundo. “No soy un jugador de fútbol”, diría, “soy Manotas, EL Manotas”. Esto podría convertirse en una quijotesca muy particular. Por ejemplo: tras haber fallado el penal, Manotas huye hacia el norte (o hacia el sur), refugiándose en una casa de paso en Cuesta Colorada, disfrazado de monje, para encontrar en ese lugar a un estereotipo de guía espiritual que lo llevara a conocer nuevas historias, como una de éxito en el mundo del narco o una de terror en el mundo de la pornografía infantil, o, mejor, y para hacer las cosas fáciles, un guía bastante anciano y bastante sencillo que le contara sus historias de vida para demostrarle, en un arranque del siglo de oro que ni yo podría permitirme, que la vida, la Vida, pues, vale más que el fútbol y el éxito de primera mano, propinándole tremendas descargas de moral que ni el más paciente de los lectores aguantaría por más de diez de las mil y una noches; mejor aún, el Manotas podría encontrar en esa posada a Sarita, ¿te acuerdas?, la niña que le prendía las ideas por allá en el capítulo diez, para desencadenar una historia de amor rosa que de seguro implicaría muchos lectores más a esta novela pero también un desfallecimiento de la historia futbolera, a pesar de que sepamos que las mujeres también ven fútbol y en buena medida lo hacen porque alguno tiene piernotas o está más o menos rostro; o, ya entrados en gastos, el Manotas podría aprender el lenguaje de los animales desérticos, o convertirse en un paladín de las causas perdidas y comenzar una franca revolución contra Don Juli, lo cual le significaría una alianza nada deleznable con el Don Juli del capítulo cuatro, cosa que, además, reavivaría uno de los mejores chistes de esta novela y pondría a su autor, o sea a mí, en un lugar mucho más interesante que ahora.

Pero no.

Porque la historia del Manotas debe ser digna de contarse, debe tener alguna tensión entre él y el resto de los fanfurrinos (en especial con Don Juli, quien ya está exigiendo una reorganización del espacio en blanco) y debe versar sobre el regreso de un héroe futbolero. Es decir, todo lo anterior podría pasar (o podría haber pasado), siempre que el gurú ladino sea Maradona, el guía espiritual sea Hugo Sánchez, la mujer en cuestión lo obligue a volver con gloria, los animales le enseñen las oscuras vicisitudes del offside, o la revolución contra Don Juli y al lado de Don Juli se trace en el terreno de juego. O todo esto junto.

De tal suerte que para finalizar este capítulo baladí, tendríamos que decir que el Manotas se fue al exilio a vivir historias que este narrador no debe contar así de primera intención, mientras que el Municipio de San Tavo de Reyes y Fanfurrias organizaba la solución de algunos problemas dejados atrás por el Manotas, y mientras Don Juli iba tramando algo para terminar de una buena vez con el torneo y llenarse de gloria antes de morir. Porque ya dije que Don Juli padece estafilococo postlingual, ¿no?, y que esta enfermedad lo llevará a la muerte (presuntamente), y que lo descubrió el mismo día que decidió organizar el torneo, pero que yo no había querido decir nada para guardar las apariencias y pretender que su ambición se debía sólo al inocuo dinero y no a elevadas aspiraciones por pasar a la historia. Y también dije que el Manotas no regresará hasta que sea capaz de relatar su historia, ¿cierto?, y que en realidad no tendrá mucho que contar pero inventará muchas cosas y otras no. Y queda claro que los fanfurrinos están cansados de juegos inútiles, ¿verdad?, y que ya hay alguien que todavía no aparece pero que pretende realizar un boicot.

En fin. Menuda tarea que me ha quedado para el capítulo central (que podría no serlo) de esta novela. Por el momento digamos que sigo enfrentado a la hoja en blanco, igual que el Manotas, quien en estos momentos seguramente apenas está decidiendo su destino, asustado tras un maguey. Para dejar satisfecho al lector exigente, dejemos pues un primer boceto de capítulo quince, como sigue:

“Luego de fallar el penal que seguramente le daría la gloria, el Manotas se dio al exilio, viviendo un montón de historias que de otra forma, seguramente, no podría haber contado. Tales vivencias (y esto no lo sabía nadie todavía) cambiarían drásticamente el curso del Torneo de Fútbol Copa Fanfurrias 2006.

“Sin embargo, a su regreso el chico tenía un semblante nuevo. ‘Cuádrense, fanfurrinos, que esta vez no hay tregua; esta vez van a saber lo que significa decir que el fútbol es como la vida’.

“La tarde estaba quieta, y, de algún modo, Manotas era la fiel imagen de la quietud que precede a la calma”.

Porque sí sabemos que el Manotas regresa, y sabemos que algo tendrá que contar y que algo pasará. Por el momento, no desesperen: algo se me ocurrirá para esta parte. Después de todo, yo sólo soy el narrador, y sé mucho menos de lo que ustedes piensan. Es más: al comenzar este capítulo, yo pensé que la voz que utilizaría sería otra. Pero, una vez más, el texto y el Manotas me ganaron, y yo no tuve más remedio, igual que el resto de los fanfurrinos, que verlos perderse en la delicia del exilio.

(árbol tsef)

3 Comments:

At 2:32 PM, Blogger arboltsef said...

Estoy francamente: Anodadado.

 
At 4:43 PM, Blogger MaJaDeRiA said...

Mmmmmmmmm....creo que esta novelablog nos sobrepaso, a todos, por que yo ya no entendi....

Ademas son mas faciles los blogs.

 
At 6:00 PM, Blogger regina said...

ya empece a leer tu novela, luego te digo que onda!!! un beso... regina

 

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