16. Candela
Se ha formado la corredera. El aire es húmedo. Como si alguien hubiese prendido la mecha del tiempo, el viento trae desde algún lado el bochorno de otras angustias. La tierra suena con un ritmo que hace mover las piedras y la gente corre sin tregua: baila. Algo pasó. La vieja de la casa de órganos alcanza a ver de lejos con dificultad cómo las personas se arremolinan y rebobina. Piensa que son hormigas y que la temporada ha comenzado de nuevo. Entra a preparar aguas de sabor.
Más abajo la imagen es menos clara pero más honda, como abrir los ojos bajo las aguas saladas del mar desconocido. Apenas una pierna que cruza con prisa disipa las dudas y descubre tras de sí una bacanal silenciosa; una cámara lenta. Un fuego apenas comienza a arder sin que nadie sea capaz de acechar la causa: detrás de un maguey seco arde, primero en son de candela, pronto en el tenor de los ánimos que gozan y dan vueltas. Las personas se arremolinan y rebobina. Si dios fuera poeta, piensa, cada detalle estaría tramando una consonancia perfecta pero frágil; don Juli se encarcela en el ciclo de sus neuronas y, en un silencio propiedad privada, observa: las manos que parecen querer alcanzar unos gritos que aún no llegan a la fiesta; los montes, perdidos en la lejanía, que acaso habían previsto en su juventud una escena terriblemente parecida; una charanga funesta, encendida con descaro, en cínico contraste, enmarañando las bocas con las intenciones, enviando misivas de disculpa con la historia, encarando la resolana que se teje debajo de las tejanas con el abrupto vaho que cae del cielo como licor y azúcar; observa, don Juli observa cada detalle perdido en los anales del espacio: puede ver debajo de los gestos de júbilo el escozor de la muerte – descubre detrás de los halagos la vacuidad de las tumbas – intuye más allá de las palabras y los gritos, los hilos que atan tanta algarabía con la misma mano que ahora controla su angustia. Cámara lenta y tres cosas perdidas: un honor disuelto en la gloria, un entendido perdido en las explicaciones, y un boleto doblado entre los trámites del reglamento.
Él también sonríe. Lo hace porque todavía no existe un macho capaz de ser auténtico. Lo hace porque no es capaz de lidiar consigo mismo: aún no ha encontrado en la penosa fachada de la presidencia municipal la llave para desatorar sus intestinos, ni ha rascado lo suficiente como para saber cuál es el lado débil de sus tripas. Lo hace porque teme que más allá de de su bigote haya un vacío que le permita entrar sin reservas a las filas de la muerte. Lo hace para disimular, aunque no disimule nada: Manotas, después de todo, ha perdido. Los feligreses del fútbol no han podido reparar en las consecuencias de ello; pero Manotas ha fallado, y con ello ha perdido un partido, y don Juli ha dado un sorbo a la meta del torneo, y ha olvidado por un momento que dentro lleva una puerta que no podría abrir ni con todas las llaves incluidas en el paquete del júbilo. Mientras lo toman de las manos, mientras el resto deja de ser resta para sumarse al encanto, Don Juli olvida que su nombre acaba de ir también al exilio. Olvida su enfermedad rastrera, que también baila y va rompiendo. Nadie sabe bailar son ni salsa; nadie sabe, pero todos lo intentan. También don Juli, que intenta desplegar sin elegancia los más pasmosos placebos de la infamia.
Don Juli baila, Manotas huye, don Juli gana, Manotas huye, don Juli olvida, Manotas huye, don Juli gloria, Manotas huye, don Juli muere, Manotas, todavía, huye. Pero vivo.
Esa tarde, con la alegría que sólo puede provocarse por cuenta de la envidia, Fanfurrias baila un son desconocido pero familiar: la rutina desperdigada por la ausencia. Fanfurrias baila porque el destino no ha fallado, porque el destino nunca falla y siempre trae consigo la promesa del desencanto. Fanfurrias baila porque tanto no podía ser verdad: la única verdad es la ausencia, y Manotas huyendo dio la verdad por muerta. Fanfurrias baila porque el torneo se ha terminado. Baila para recordar que hay que olvidar de vez en cuando: olvidar la prueba de que hay días que el viento sopla desde otro lado. Y don Juli baila a la salud del olvido. Baila y olvida que recordar es la vía. Baila y olvida que quería olvidar la muerte y la pena que recuerda por hacer olvidar lo que nadie recuerda pero siempre se recordará si nadie antes se olvida. Baila, y en el baile duerme su agonía.
Pero le cogió candela. Los vientos que cambian de lado prenden mechas: como si alguien hubiese prendido la mecha del tiempo, el viento trae desde algún lado el bochorno de otras angustias. El aire es húmedo. Las personas se arremolinan y rebobina: don Julián baila, agoniza, olvida, recuerda, duerme. Le cogió candela: se quedó dormido y no apagó la vela.
(buenavista social club)
Más abajo la imagen es menos clara pero más honda, como abrir los ojos bajo las aguas saladas del mar desconocido. Apenas una pierna que cruza con prisa disipa las dudas y descubre tras de sí una bacanal silenciosa; una cámara lenta. Un fuego apenas comienza a arder sin que nadie sea capaz de acechar la causa: detrás de un maguey seco arde, primero en son de candela, pronto en el tenor de los ánimos que gozan y dan vueltas. Las personas se arremolinan y rebobina. Si dios fuera poeta, piensa, cada detalle estaría tramando una consonancia perfecta pero frágil; don Juli se encarcela en el ciclo de sus neuronas y, en un silencio propiedad privada, observa: las manos que parecen querer alcanzar unos gritos que aún no llegan a la fiesta; los montes, perdidos en la lejanía, que acaso habían previsto en su juventud una escena terriblemente parecida; una charanga funesta, encendida con descaro, en cínico contraste, enmarañando las bocas con las intenciones, enviando misivas de disculpa con la historia, encarando la resolana que se teje debajo de las tejanas con el abrupto vaho que cae del cielo como licor y azúcar; observa, don Juli observa cada detalle perdido en los anales del espacio: puede ver debajo de los gestos de júbilo el escozor de la muerte – descubre detrás de los halagos la vacuidad de las tumbas – intuye más allá de las palabras y los gritos, los hilos que atan tanta algarabía con la misma mano que ahora controla su angustia. Cámara lenta y tres cosas perdidas: un honor disuelto en la gloria, un entendido perdido en las explicaciones, y un boleto doblado entre los trámites del reglamento.
Él también sonríe. Lo hace porque todavía no existe un macho capaz de ser auténtico. Lo hace porque no es capaz de lidiar consigo mismo: aún no ha encontrado en la penosa fachada de la presidencia municipal la llave para desatorar sus intestinos, ni ha rascado lo suficiente como para saber cuál es el lado débil de sus tripas. Lo hace porque teme que más allá de de su bigote haya un vacío que le permita entrar sin reservas a las filas de la muerte. Lo hace para disimular, aunque no disimule nada: Manotas, después de todo, ha perdido. Los feligreses del fútbol no han podido reparar en las consecuencias de ello; pero Manotas ha fallado, y con ello ha perdido un partido, y don Juli ha dado un sorbo a la meta del torneo, y ha olvidado por un momento que dentro lleva una puerta que no podría abrir ni con todas las llaves incluidas en el paquete del júbilo. Mientras lo toman de las manos, mientras el resto deja de ser resta para sumarse al encanto, Don Juli olvida que su nombre acaba de ir también al exilio. Olvida su enfermedad rastrera, que también baila y va rompiendo. Nadie sabe bailar son ni salsa; nadie sabe, pero todos lo intentan. También don Juli, que intenta desplegar sin elegancia los más pasmosos placebos de la infamia.
Don Juli baila, Manotas huye, don Juli gana, Manotas huye, don Juli olvida, Manotas huye, don Juli gloria, Manotas huye, don Juli muere, Manotas, todavía, huye. Pero vivo.
Esa tarde, con la alegría que sólo puede provocarse por cuenta de la envidia, Fanfurrias baila un son desconocido pero familiar: la rutina desperdigada por la ausencia. Fanfurrias baila porque el destino no ha fallado, porque el destino nunca falla y siempre trae consigo la promesa del desencanto. Fanfurrias baila porque tanto no podía ser verdad: la única verdad es la ausencia, y Manotas huyendo dio la verdad por muerta. Fanfurrias baila porque el torneo se ha terminado. Baila para recordar que hay que olvidar de vez en cuando: olvidar la prueba de que hay días que el viento sopla desde otro lado. Y don Juli baila a la salud del olvido. Baila y olvida que recordar es la vía. Baila y olvida que quería olvidar la muerte y la pena que recuerda por hacer olvidar lo que nadie recuerda pero siempre se recordará si nadie antes se olvida. Baila, y en el baile duerme su agonía.
Pero le cogió candela. Los vientos que cambian de lado prenden mechas: como si alguien hubiese prendido la mecha del tiempo, el viento trae desde algún lado el bochorno de otras angustias. El aire es húmedo. Las personas se arremolinan y rebobina: don Julián baila, agoniza, olvida, recuerda, duerme. Le cogió candela: se quedó dormido y no apagó la vela.
(buenavista social club)


1 Comments:
Me encantó el ritmo!!!
Y me encantó la escatología: "Lo hace porque no es capaz de lidiar consigo mismo: aún no ha encontrado en la penosa fachada de la presidencia municipal la llave para desatorar sus intestinos, ni ha rascado lo suficiente como para saber cuál es el lado débil de sus tripas."
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