18. Uno más
A veces me da por decirlo todo al mismo tiempo
Y me quedo callado, triste, mirando…
Arturo Sánchez Meyer
Y me quedo callado, triste, mirando…
Arturo Sánchez Meyer
Con tanta azúcar entre las neuronas y las ideas es imposible que uno no caiga en la insoportable sensación de hablar con uno como si uno fuera uno más y no uno mismo. Si desde allá adentro pudieras ver con qué insistencia se repliega el calor aquí afuera… podrías entender por qué he decidido ponerte un nombre distinto al habitual “Manotas” que nos ha distinguido sin distinciones a ti y a mi a través del tiempo: Patotas. Patotas comenzaste a llamarte sin remedio el día que decidí que yo y yo no éramos la misma persona, el día que decidí que había sido el otro yo, el tú, quien había fallado deliberadamente el penal, el día que decidiste a echar a andar sin rumbo para volverme loco. Te acomodaste sin mucha prisa en el remanso de mi cordura, cubriéndola de insomnio. Pediste café y esperaste cruzado de piernas, echando cada vez más azúcar de las reservas a las arcas del sinsentido.
No puedo decir que yo y tú (en este caso el burro puede ir por delante sin problema) hayamos tenido una buena relación desde el principio. Yo nunca he podido ver el desierto de Fanfurrias como una hoja en blanco lista para ser destazada en pedacitos voladores de fiesta. Tú sueles acomodarte sin demora en mi impaciencia. Tan pronto tocamos suelo conocido en Sombrerete, decidiste sin remedios que un lugar con sobre producción de chocolates era indigno para el campeón caído. No toleras las charlas evasivas ni las estampidas de los pretextos: pareciera como si, echando humo desde el cómodo catre de mis hombros destrozados, Patotas el Magnánimo concediera la tregua al agresor que lo tiene sitiado. ¿Será que estamos con ganas de perder batallas?
Pero Patotas tampoco se detiene. Pronto me exigiste contarte tu historia como si fueras un tercero, como si fuésemos una trinidad olvidada. Patotas se regodea, Huevotes. No fue el sordo acompañante del exilio, ni se bastó con la mayéutica muda de la soledad. Patotas se convirtió en un maestro más bien pedante, más parecido a un entrenador de baloncesto que a un pacífico guía de tendencias zen.
- Un día me vas a sacar de quicio, Manotas, caminando tan tristón en el desierto.
Patotas se olvidaba. Se contradecía, contrahecho. Y tú, escuchabas en silencio sin mediar negociaciones justas, como si esto se tratara de una puta guerra de vida o muerte, ¿entiendes?, como si de tanto caminar a alguien se le fuera a salir el alma por las piernas, como si quisieras ser el primero en escuchar a la cordura escapándose en el último paso. Cuando él no permitió que me refugiara en ninguna comunidad medianamente amiga, tú decidiste que sería divertido ponernos a jugar a la locura. Pinche Huevotes. Como si nos saliera gratis.
- No hay bronca: puedes regresar al Torneo y demostrarles lo contrario, mira: hay volutas de nube en el cielo.
- No seas mamón. El cielo está nublado.
- Mira –terciando–, la cosa es que todavía puedes regresar a Fanfurrias y jugar al héroe exiliado, cosa que no van a entender de todos modos, porque nadie ha escuchado jamás a Joaquín Sabina, y mucho menos han visto películas del oeste. Ya. La cosa es que aprendas a mandarlos a chingar a su madre.
- La tarde está tan fácil… Si vieras con qué soledad llueve allá afuera…
- (Unísono) ¡Déjate de mamadas!
¿Tú crees que la cosa sea HEROÍSMO = CHINGUE-SU-MADRE? Y no me refiero al heroísmo de banqueta, el que se gana a patadas o con corrupción de azúcar. Me refiero al heroísmo de los libros de Historia, al de películas donde no existen los escusados, los mingitorios ni la siesta. En todo caso, tampoco creo que por chingue-su-madre nos estemos refiriendo a la desidia cocinada a fuego lento a través de años y años de raspones emocionales. Lo más sensato sería una cosa literal: mandar a la gente a chingar a su madre a la menor provocación, insertar correctamente las palabras en las conversaciones. Mira:
¿A qué has vuelto a Fanfurrias? - A ver cómo van y chingan a su madre
¿Vas a seguir jugando fútbol? - Voy a seguir mandándote a chingar a tu madre.
¿La pasaste bien en el exilio?- La pasé pensando en cómo mandarte a chingar a tu madre.
¿Es bonito el desierto, Manotas? - Tan bonito como mandarte a chingar a tu madre.
Así debe volverse uno héroe: invadiendo sin tregua los espacios de las palabras, sometiéndolas. Ser un niño que repite sin cansancio las palabras recién aprendidas que los hombres no se atreven a pronunciar sin sonrojarse: eso es agredir correctamente, eso es tomar la calle. Eso es heroísmo, eso es gloria.
¿Pero por qué regresar a Fanfurrias? En el desierto, la sobredosis de azúcar que te han propinado tus reservas se ha convertido en un dulce almíbar que hace verlo todo más tranquilo, no-no, que hace que la locura, inevitable en cualquier caso, se vaya pintando con los colores de la ausencia, suavemente, color pastel – de chocolate.
No deberíamos volver a Fanfurrias. No digas tonterías, Manotas, deberíamos volver y hacer algo añicos: romper las amarras de su torneo, hacer un atentado público, vomitar en media cancha, morir de manera fulminante como los futbolistas profesionales que así le toman ventaja a la ausencia. No, no, flaco, no se trata de volver. Claro que sí. Pónganse de acuerdo, a ver: Patotas, ¿quieres volver? Sí, sí. ¿Tú, Huevotes? También, claro. Bien, si son mayoría, regresamos. Pero falta decidir a qué. Aquí se vive tan bien con los kilos de algodón de azúcar, con las olas de Frutsi… Para ponernos de acuerdo, decidamos a qué volvemos.
PREGUNTA: ¿Por qué queremos volver a Fanfurrias a mandarlos a todos a chingar a su madre?
OPCIONES:
a) Por chocolates.
b) Por la Sarita, tan desarrollada ella.
c) Para sacar a Don Juli de la presidencia.
d) Para destrozar el torneo disfrazado de héroe.
e) Todas las anteriores.
Me declaro entonces partidario de la ausencia en presencia del caos, a favor de las aglomeraciones de monografía, digno representante de la diplomacia del cinismo. Me declaro en pos de tregua con la coherencia, me de pongo del lado de los que pasan de lado tocando fanfarrias con el claxon, de los mirones de accidente. Me declaro un héroe ausente, me declaro heroico por antonomasia y suerte. Me declaro el que gana por no haber perdido.
Y Don Juli va a ir derechito a chingar a su madre, de eso nos encargamos los tres.
“Tómate esta botella conmigo y en el último trago nos vamos”
(arturo sánchez meyer)
No puedo decir que yo y tú (en este caso el burro puede ir por delante sin problema) hayamos tenido una buena relación desde el principio. Yo nunca he podido ver el desierto de Fanfurrias como una hoja en blanco lista para ser destazada en pedacitos voladores de fiesta. Tú sueles acomodarte sin demora en mi impaciencia. Tan pronto tocamos suelo conocido en Sombrerete, decidiste sin remedios que un lugar con sobre producción de chocolates era indigno para el campeón caído. No toleras las charlas evasivas ni las estampidas de los pretextos: pareciera como si, echando humo desde el cómodo catre de mis hombros destrozados, Patotas el Magnánimo concediera la tregua al agresor que lo tiene sitiado. ¿Será que estamos con ganas de perder batallas?
Pero Patotas tampoco se detiene. Pronto me exigiste contarte tu historia como si fueras un tercero, como si fuésemos una trinidad olvidada. Patotas se regodea, Huevotes. No fue el sordo acompañante del exilio, ni se bastó con la mayéutica muda de la soledad. Patotas se convirtió en un maestro más bien pedante, más parecido a un entrenador de baloncesto que a un pacífico guía de tendencias zen.
- Un día me vas a sacar de quicio, Manotas, caminando tan tristón en el desierto.
Patotas se olvidaba. Se contradecía, contrahecho. Y tú, escuchabas en silencio sin mediar negociaciones justas, como si esto se tratara de una puta guerra de vida o muerte, ¿entiendes?, como si de tanto caminar a alguien se le fuera a salir el alma por las piernas, como si quisieras ser el primero en escuchar a la cordura escapándose en el último paso. Cuando él no permitió que me refugiara en ninguna comunidad medianamente amiga, tú decidiste que sería divertido ponernos a jugar a la locura. Pinche Huevotes. Como si nos saliera gratis.
- No hay bronca: puedes regresar al Torneo y demostrarles lo contrario, mira: hay volutas de nube en el cielo.
- No seas mamón. El cielo está nublado.
- Mira –terciando–, la cosa es que todavía puedes regresar a Fanfurrias y jugar al héroe exiliado, cosa que no van a entender de todos modos, porque nadie ha escuchado jamás a Joaquín Sabina, y mucho menos han visto películas del oeste. Ya. La cosa es que aprendas a mandarlos a chingar a su madre.
- La tarde está tan fácil… Si vieras con qué soledad llueve allá afuera…
- (Unísono) ¡Déjate de mamadas!
¿Tú crees que la cosa sea HEROÍSMO = CHINGUE-SU-MADRE? Y no me refiero al heroísmo de banqueta, el que se gana a patadas o con corrupción de azúcar. Me refiero al heroísmo de los libros de Historia, al de películas donde no existen los escusados, los mingitorios ni la siesta. En todo caso, tampoco creo que por chingue-su-madre nos estemos refiriendo a la desidia cocinada a fuego lento a través de años y años de raspones emocionales. Lo más sensato sería una cosa literal: mandar a la gente a chingar a su madre a la menor provocación, insertar correctamente las palabras en las conversaciones. Mira:
¿A qué has vuelto a Fanfurrias? - A ver cómo van y chingan a su madre
¿Vas a seguir jugando fútbol? - Voy a seguir mandándote a chingar a tu madre.
¿La pasaste bien en el exilio?- La pasé pensando en cómo mandarte a chingar a tu madre.
¿Es bonito el desierto, Manotas? - Tan bonito como mandarte a chingar a tu madre.
Así debe volverse uno héroe: invadiendo sin tregua los espacios de las palabras, sometiéndolas. Ser un niño que repite sin cansancio las palabras recién aprendidas que los hombres no se atreven a pronunciar sin sonrojarse: eso es agredir correctamente, eso es tomar la calle. Eso es heroísmo, eso es gloria.
¿Pero por qué regresar a Fanfurrias? En el desierto, la sobredosis de azúcar que te han propinado tus reservas se ha convertido en un dulce almíbar que hace verlo todo más tranquilo, no-no, que hace que la locura, inevitable en cualquier caso, se vaya pintando con los colores de la ausencia, suavemente, color pastel – de chocolate.
No deberíamos volver a Fanfurrias. No digas tonterías, Manotas, deberíamos volver y hacer algo añicos: romper las amarras de su torneo, hacer un atentado público, vomitar en media cancha, morir de manera fulminante como los futbolistas profesionales que así le toman ventaja a la ausencia. No, no, flaco, no se trata de volver. Claro que sí. Pónganse de acuerdo, a ver: Patotas, ¿quieres volver? Sí, sí. ¿Tú, Huevotes? También, claro. Bien, si son mayoría, regresamos. Pero falta decidir a qué. Aquí se vive tan bien con los kilos de algodón de azúcar, con las olas de Frutsi… Para ponernos de acuerdo, decidamos a qué volvemos.
PREGUNTA: ¿Por qué queremos volver a Fanfurrias a mandarlos a todos a chingar a su madre?
OPCIONES:
a) Por chocolates.
b) Por la Sarita, tan desarrollada ella.
c) Para sacar a Don Juli de la presidencia.
d) Para destrozar el torneo disfrazado de héroe.
e) Todas las anteriores.
Me declaro entonces partidario de la ausencia en presencia del caos, a favor de las aglomeraciones de monografía, digno representante de la diplomacia del cinismo. Me declaro en pos de tregua con la coherencia, me de pongo del lado de los que pasan de lado tocando fanfarrias con el claxon, de los mirones de accidente. Me declaro un héroe ausente, me declaro heroico por antonomasia y suerte. Me declaro el que gana por no haber perdido.
Y Don Juli va a ir derechito a chingar a su madre, de eso nos encargamos los tres.
“Tómate esta botella conmigo y en el último trago nos vamos”
(arturo sánchez meyer)


0 Comments:
Publicar un comentario en la entrada
<< Home