16.8.06

20. La ciudad del tiempo invisible

En el baúl de los recuerdos de Palito Pérez hay tres cosas empolvadas de tan bien que fueron olvidadas: la chistera que de joven consiguió en el puesto treinta y tres del mercado de Fanfurrias; los quevedos oxidados de su padre, que heredó junto a la frase “flaco, no te olvides de servir de algo para bien”; los rencores de la bolsa que echó al olvido una bella tarde de abril, cuando por fin consiguió lo que siempre había sido su destino.

A Palito lo distingue la paciencia enarbolada que aprendió jugando a rastras en los callejones más oscuros de su barrio. Siempre se le conoció así: esperando sin mirar el reloj el bus que partía todos los sábados a Ciudad Malatriste, con la mano en el bolsillo y las ideas colgadas de hilos transparentes y desesperaciones color añil. Lo cierto es que cada tarde moría un poquito más a causa de la vejez intrépida que se le había trepado por el puesto: Asistente de la Presidencia Municipal. Vaya título altanero, vaya mueca estilo Churriguera; tanta palabra grande para recordarle que el tiempo para él se mediría no en pasitos del segundero sino en caprichos de Don Juli. ¿Cuánto llevas esperando el tren de la dicha, Palito? “Unos ocho o veintiocho encargos imposibles”, tendría que responder. El estoico Palito esperaba cada sábado por la mañana el bus para Ciudad Malatriste, añorando en silencio que junto con él abordara la canción del infortunio.

Palito cargaba en cada viaje dos cajitas de galletas de doña Porfiria y siempre el mismo libro percudido de Ítalo Calvino. Los llevaba a rastras para animar los fines de semana de su padre, el senil don Fito. Cada madrugada dominical se dejaba acompañar de la vela y el silencio latente de su padre, al que le gustaba escuchar los cuentos de Marco Polo y sus ciudades invisibles. Don Palito se hacía pasar por Marco, y su padre era un Kublai Jan venido a menos. “En el fondo sigo siendo un niño triste que no entiende de dónde viene la lluvia, Palito”; y entonces, en la penumbra de los recuerdos que anidan en los rincones más oscuros de los cuartos nomádicos como las tardes de verano caminando por la calle, Palito se convertía en Zobeida y se sentía la trampa consistente en forzar a la vida para que entrara desconfiada por la ventana; otras veces era Pirra, y sus palabras se desdibujaban en las faldas del volcán de los presagios escurridizos y trémulos como la canción de fiesta que a veces llagaba desde el centro. Todos los sábados comprar un boleto sin regreso a una profundidad distinta del infierno: cada vez más grande el silencio, cada vez mayor el tiempo, cada vez un regreso menos; Palito, en blanco y negro, Palito, fade out y créditos finales, así, cada fin de semana, cada vez con menos ganas de seguir siendo una mala adaptación de Woody Allen y Hitchcock en contubernio.

Don Fito había comenzado a morir desde que Palito recordaba. Una enfermedad letal que se llamaba amor: la madre de Palito nunca se había llamado por su nombre: desde siempre y hasta nunca sería la desposeída, la inconclusa. La que había muerto en un capricho de hormonas que había terminado en una balacera protagonizada por don Fito y una bala sin freno de mano. El perdón es cosa sería que exige la burocracia del tiempo; don Fito había esperado con paciencia el de su esposa, mientras que Palito aprendía con destreza el callado arte de su padre: esperar sin ver las horas. Nada había sido suficiente para don Fito: ni los atardeceres revueltos que se entrelazaban con el monte disperso, ni las estrellas embutidas en la chaqueta de invierno de la eternidad. Palito pudo llevar eso con orgullo, no más: un atardecer en mutis y un montón de estrellas sin envase. Por lo demás, el tiempo: horas abundantes, generosas, infladas; mariposas confundidas con el cielo. En esas horas Palito fue metiendo a su padre como pudo, primero al vacío, luego con aires de infortunio. Desde que se despidió, subido en el bus hacia Fanfurrias, menando la mano de la que colgaba el cargamento de los “nunca más”, Palito visitó cada semana a su padre, sin falta. Siempre sin falta, a excepción de las últimas semanas, en las que su tiempo se había visto ondulado a patadas. “El fútbol no conoce razones”, se consolaba; “el fútbol es una antena sin dirección, que capta sólo lo que quieren oír sus receptores”. El tiempo se le había vuelto un capricho; su padre, otra ciudad invisible. ¿Moriana, Clarisa, Eusapia, Buenos Aires, Madrid o Malatriste? Su padre era un nombre vacío, como el tiempo. Su padre era el lado del camino, el humo despedido desde el que se ignora todo el resto.

Palito lo intentaba: esperaba el bus a Malatriste cada sábado, pero nunca llegaba. Su mano no alcanzaba más el bolsillo: su mano alcanzaba sólo a cubrir su mirada mientras divisaba lejos los camiones de hinchas y pancartas. La ruta se cerró por petición expresa de Don Juli, “es por el bien del Torneo”. No fue sino hasta la huelga por exilio de Manotas que Palito pudo esperar de vuelta.

“Todas las mañanas que leí, todos los cuentos que me conocí, todas las historias tristes de mi padre, todos los personajes con su nombre: Fito Hamlet, Fito Buendía, Fito Jiménez, Fito la fea. Voy a recompensarte el tiempo, viejo: voy a meter dos dosis de minutos cada jeringa y voy a darte boleto para el metro que va de Malatriste a la estación de Eternidad. Voy a regresarte el tiempo, viejo, para que veas lo mucho que ha visto mamá: las muñecas rosas del vendaval de tu recuerdo, la fosa artrítica que has construido en su memoria. Sin olvido no hay tiempo ni distancia, viejo; si tachamos el olvido de la lista, te queda todavía el doble de tiempo”.

Don Fito alcanzó apenas a decirle a Palito una frase que sacó del baúl de sus propios recuerdos: “flaco, no te olvides de servir de algo para bien”. La frase que antes tenía la cara de Don Juli, el poseedor del nombre que garantizaba un puesto, había quedado vacía. Ese nombre había borrado por completo las notas de todas las canciones que Palito antes conocía; ese hombre enmudeció las teclas del piano de su vida, impidiéndole tocar un réquiem a su padre. “De algo para bien”. Por primera vez, Palito tomaría aquello como una sentencia y no como un motivo. Su tiempo se había escapado por la ventana. El de Don Juli tendría que salir por fuerza a buscarlo. Aunque en eso se invirtieran balas.

Hoy se acabaron las concesiones, los tiempos vacíos; hoy regresaron las horas, regresó el tic tac del segundero. “Hoy sólo te vuelvo a ver, Julián Reyes. Sólo eso”.

“Tal vez del mundo haya quedado un terreno baldío cubierto de inmundicias y el jardín colgante del palacio del Gran Jan. Son nuestros párpados los que los separan, pero no se sabe cuál está dentro y cuál fuera”.

(fito páez)

2 Comments:

At 11:27 AM, Blogger Arturo said...

Maestro:

Grande como siempre… Era uno de los más difíciles y te salió naturalito.
Tienes talento; ni hablar.
Un abrazo. (Éntrale a Sabina).

 
At 3:08 PM, Blogger MaJaDeRiA said...

Yo admito que suena mucho a Fito, es decir, podría ser un Fito, hablandonos mientras sentado en el escenario nos cuenta la historia de una canción....

sin embargo, creo que me molesto (perdon) que alguien se atreviera a hablar asi, como si fuera Fito.

 

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