18.9.06

24. De cómo transcurre el asesinato, junto con otras cosas que tampoco transcurren.

Salimos por debajo de las gradas. No salimos por debajo de las gradas. Patotas y Huevotes se arrastran con el lomo al aire por debajo de las gradas. Lo hacemos de noche, y el sol inclemente nos fustiga. Lo hacemos a oscuras, entre la vacilante luz de las cabriolas caprichosas de las gradas. Salimos desde las gradas. No salimos desde las gradas. Santillán sale de las gradas. Las gradas nos agujeran el pecho debajo de las camisas. Las gradas salen por debajo de nosotros.

Voy a cortarle el pescuezo, sin mediar plan alguno. Se lo voy a cortar como el polvo corta la luz, para que vuele en miles de pedacitos olvidados entre el fulgor de la cortina. No lo voy a cortar. Le voy a estirar el pescuezo hasta que le sea imposible ver qué pasa con el resto de su cuerpo, hasta que tenga que correr horas arrastrado por su lengua (a-ver-si-tan-grandota) para ver su cuerpo descuartizado, los pedazos perdidos en la magueyera, Lo veo ahí, con su pescuezo tan rechoncho y olvidado, tan tímido, pidiéndome a gritos que le de aire, todo el aire del mundo. Ahora lo veo sacándose los ojos de las cuencas, latigueando con los ojos, combatiendo los centenares de manos que se alzan en su nombre con el fuste que salen de los pómulos, ondenado al aire el orgullo de sus ojos maleables, atándome con los ojos, sin aire, como yegua enferma hostigada por el muladar de sus ojos, por la conjuntivitis artificial de sus ojos, con sus iris difamados y sus pupilas dilatadas hasta mi cuello. Ahora lo veo sacándose del sombrero grande la pancarta con mi nombre, con mi nombre tatuado de golem, con mi nombre ultrajado, que implota en los aires, que muta y se mete por los poros con el mote de “culpable”. Lo veo pensando “Manotas culpable”, sacándose de la panza voluptuosa el vómito con mi nombre, con mi nombre revuelto con sus pedazos que vuelan por los aires, las letras de mi nombre coronando cada víscera infalible, cada tejido estirado, lo veo sacándose la red de la vida a través de mi nombre. No lo veo.

Salió por debajo de las gradas, sosteniendo la cacha, con el revólver atorado entre las ganas y el rencor. Salió sin arrastrarse, porque podía llenarse del polvo sonoro de la multitud, podía esconderse detrás de los vítores, podía meterse sin problema en los gestos desteñidos de la euforia. Caminó con pasos de tres metros hacia el palco, caminó sin mediar terreno con el suelo. Y sus pasos se estiraron sin remedio hasta sus manos, y sus manos hicieron tierra en el gatillo, y el gatillo se detuvo, y Santillán se quedó quieto entre la multitud agigantada, ante el desconcierto de la masa que jugaba a la clepsidra y al caleidoscopio: todos con cara de Julián Reyes y Reyes, Julián debajo de la grada, Julián a través del campo con bandera, Julián saludando a la gente de partida doble, Julián es él y su mujer y su ausencia. Julián no es Julián y todos son Julián. Santillán es Julián; piensa en estirar la mano hasta su propia sien, y se lo impide sólo el chico que ha pasado corriendo, estirando su brazo hasta latitudes donde no puede manejarlo con certeza. Santillán paralizado, sin poder dar con Julián por dar con él en todos lados. Santillán no se encuentra, está enjaulado, su rostro cumple la sentencia de la vergüenza y parece estar encerrado tras las rejas de la incertidumbre. Santillán no es Santillán, y si no es tal no tiene por qué matar a nadie. Santillán y su gatillo, juntitos, desesperados, buscando un espejo que compruebe quién es quién y a quién debe dispararle.

Tú, por el contrario, ves a Santillán en todos lados. Saliste detrás de las gradas, y sin un solo movimiento llegaste a lado de Julián. Lo viste como una foto vieja que se te perdió en el baúl inocuo de la soledad, una soledad que cae de un tercer piso sobre tu cabeza. Lo que has encontrado es el sobre donde guardas la delación. Pero esto de los trámites es algo que va despacio. El tiempo de dios es eterno, te dices, el tiempo de dios es eterno, y los relojes se estiran, y esperas que así sea con el de Santillán o con el de Manotas, y miras a Porfiria hacer lo propio, abrazar a su marido, hacerlo dar la espalda al público, y las voces se te convierten en gatillos, las voces se te convierten en balas que amedrentan tu paso, y quieres gritar pero la distancia es aún grande y tus gritos perderían el rumbo, y las palabras llegarían dislocadas, inválidas. Tu papel no es otro que el de tenerlo ahí, de pie, impedirle el paso. Pero tú has optado por la delación, la traición a los traidores, que es la peor de todas. Tu mano se estira hasta lo más hondo de tu pecho y, con el esfuerzo, hace una gotera en tus ojos. El tiempo de dios es eterno, el tiempo de dios es eterno. El tuyo, no.

He visto a Don Julián morir cien veces. No he visto morir a Don Julián. Santillán aletea como ego volador en una jaula, Palito sigue acorde al plan, la doña ya hasta saluda a la multitud en son de apuro. La gente revolotea como si supiera que son ellos los personajes principales de una obra a la que no fueron invitados. “Don Julián” es un nombre muy sencillo de pronunciar. Sólo gritarlo, dándole el espacio que he obtenido a fuerza de odiarlo. “Don Julián”, fuerte, tronador, que salga del fondo de la tierra y lo amarre por la quijada hacia mí, que le acomode la sien hacia Santillán. Gritar fuerte, descargar la ira, decir el nombre prohibido, el nombre imposible, el nombre que no sabe que en segundos pasará a la trágica posteridad del magnicidio. Sólo debo gritar lo que no sé pronunciar. Huevotes me ha dado el visto bueno desde el palco; Patotas agita las manos incontenidas, parado sobre dos cabezas que lo llevan como héroe hacia la Historia.

Él sólo debe jalar el gatillo a la señal. Él no debe jalar el gatillo. Él debe estar seguro de tener a Don Julián en la mira. Él no debe nada. Él debe sacar esa bala del revólver, a una velocidad considerable, para que la combinación de aceleración con área del impacto resulte en un hoyo tremendamente rojizo que atraviese por lo menos unos diez centímetros de tejido blando. Él debe sacar una bala.

Tú te acercas jadeando al último escalón del podio, que te traiciona y te ata el pie al suelo, seguido del pecho y el rostro, que se estrella con enjundia contra la rígida superficie de la ignominia. Tú dejas de escuchar. Tú pretendes apenas el grito inicial de Manotas. Tú te hablas, Palito, como si así fueras a acallar las voces del destino.

Por fin abro la boca y logro poner de acuerdo el aire, las cuerdas, el diafragma, la intención. “d-o-n-j-u-l-i-a-n”. Fuerte, tan fuerte que retumba en la tierra, tan grave que despide a la gente por los aires, quedando vacía la cancha, que tarda apenas segundos en llenarse de nuevo por completo. Se escucha un disparo. Tú, tendido en el escalón del palco, cierras los ojos. Él sigue inmóvil. Don Julián, con los ojos bien abiertos, mirando el cielo, voltea repentinamente al público recién regresado del grito. Una sonrisa camina por el cuello rechoncho, todavía escondido; sigue por el brazo tendido hacia el cielo; se detiene en el índice de la derecha, que sostiene un gatillo con el cual el Presidente Municipal ha lanzado una bala al cielo, en señal de congraciamiento con los dioses o de festejo. Don Julián vuelve a disparar, una segunda, una tercera vez. A cada explosión la gente es más eufórica. Ni siquiera ha notado mi grito en medio de la multitud que lo vitorea, y agradece con las manos dando el lomo. Don Julián es un dios encarnado, con todos sus miembros y la cabeza tan bien puesta que le alcanza para llevar sombrero.

Él, inmóvil en medio del campo, lo observa. Jala del gatillo otra vez, y otra. Nada pasa. La única pistola que ha disparado es la de Don Julián. Santillán, mientras tanto, se ha perdido. No pudo hacerlo y dejó de ser Santillán. Desde ese momento, ha perdido el nombre: no será nunca un magnicida, no será nunca el perpetrador de nuevas glorias, no será el detonante. Santillán ha perdido el rostro para siempre. Santillán, desde ahora es cualquiera.

Tú respiras largamente en el escalón. Y ella, desconcertada, sigue con la charada.

Veo a Don Julián luminoso, a punto de elevarse por un aire turbio capaz de sostenerlo. Vivo. Sigue vivo. Vivo. Viva. La gente grita viva. Y yo, sin remedio, vuelvo a sacar un “Don Julián” de mis entrañas. Un “Don Julián” enjaulado, que se desperdiga por los aires junto con los restos de luz que desprende, junto con el polvo de Fanfurrias que se mezcla con el aire. No se mezcla con el aire.


(arenas)

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