20.9.06

25. Balas en la pistola

No disparó a tiempo porque olvidó ponerle balas a la pistola. La mera verdad es que se nos olvidó a todos: a unos por amor propio, a otros por la duda, a la otra por la displicencia de los papeles, al último por el fuego de los ojos, que le impidió mirar con detalle el tubo del revólver y el carrousel giratorio. Así nos dimos cuenta cuando la gente se arremolinaba frente al podio, escondidos en el corral de los guajolotes que graznaban como queriendo escondernos adrede.

- ¿Qué haces, Santillán?
- Este no hace nada. Con tanto practicar la puntería contra los árboles, con tanto ponerle cara de Julián a todo, se le va a olvidar cómo es su rostro y le va a disparar a un cochino.
- Que no sería tan distinto.

A lo lejos, enmarcando el horizonte desmembrado, una parvada de zopilotes emprendió el vuelo, llenando el cielo de puntos negros. Mis ojos habían hecho agua, hundidos en los pensamientos. Manotas estiraba los ojos hasta el mar de gente que despuntaba a Don Julián a flote. El otro se iba convirtiendo poco a poco en sal.

- ¿Nunca te dije cómo fue que yo estuve a punto de meter un gol?



“Yo podía ver la parte de la espinas que nadie notaba. Eran hilos chiquitos, con los que los matorrales se colgaban del cielo y atrapaban la poca luz que les daba verde. Podía ver esas hojas invisibles que se estiraban entre los garambullos y los mezquites, que detenían el viento y lo manoseaban hasta convertirlo en un suave susurro color atardecer. En eso pensaba todo el tiempo, en cómo las manitas de las matitas se estrechaban en cordial saludo, como preparados para una gran fiesta en mi honor…”

- ¿Qué andas haciendo, muchacho?
- Nada, aquí nomás.
- Si te sigues tanto tiempo en la loma te va a morder una araña. Mejor vente para la casa o ayuda a tu padre que ya se metió en líos por lo de la cacería.
- Sí, ya voy, mamá.

“Y cuando pensaba en esto pensaba en mi estatua, cubierta por completo de manitas de espina, rodeada de hilachos amadejados colgados de un atardecer lejano, con mi nombre puesto sobre la tierra roja del desierto de Fanfurrias…”

- ¡Ándale, chamaco! Te digo que vayas a cuidar a tu padre, que ya se le treparon como cien hormigas y como treinta concursantes molestos que segurito le rompieron la pierna.

Bajó lentamente de la loma, rodando a veces junto con los guijarros que escapaban del monte, cubriendo la tierra que anhelaba a su nombre. En la puerta encontró a su padre sentado al sol, bebiendo limonada.

“Yo coleccionaba guijarros de colores. Tenía suficientes para construir un país de ciegos, una tierra de maravillas, y colores imposibles, y guijarros explosivos como la imaginación. Yo tenía un país de riesgos felices.”

- Ándale, muchacho. Vete a ver si ya puso la marrana. Y si encuentras que ya puso, córrele a buscar a Don Fermín, que andaba haciendo una quiniela con eso. Si todo sale bien, les ganamos a los otros infelices.
- Lo que usted diga, papá.

“Me gustaba colgar cada guijarro de un hilo de espina. Me imaginaba que así mi país estaría en el cielo, donde nadie pudiera tocarlo y donde fuera de todos y para todos, eterno. Un país en el que caminar significara lo mismo que volar cogido de las manos de los cactus, de los cabellos del huizache.”

- ¡Julián! ¡Julián, ven para acá!
Pero él no oyó. Ya iba muy lejos.


Sobre la cancha de Altaviva bullía el lento escozor del silencio, que dejaba el aire limpio, dispuesto para el discurso final. Sobre un tablón descuartizado, caprichosamente dispuesto como escalones que asemejaban la puerta trunca del infierno, se disponían los tres primeros lugares del torneo, a la espera de la premiación. La tierra dejó de moverse.

- No.
- Fue con una hormiga. Le tiré el balón para aplastarla, y casi lo pierdo en este mismo corral. Yo pude haber estado allá arriba.
- Tú deberías estar arriba.
- No. La tierra que nos pertenece está arriba.

La sombra de Don Julián Reyes y Reyes se desplomó sobre el campo, haciendo retumbar el vaho de las plantas, que se escondieron en la penumbra de la figura del Presidente. El viento, en la huida, removió los granos de arena, que se llevaron con ellos la sombra, deshilachándola.

“Me siento auténticamente honrado de coronar en esta hermosa tarde el coraje de los jugadores de este municipio”

- ¿Nunca te conté cómo le gané a Patotas en la carrera del mezquite feliz al mezquite sobado?

La gente aplaude. Manotas extiende una historia en un susurro que se aleja cada vez más del corral, internándose en la arena, como si hablara desde su tumba. Intento agotar la gotera de mis ojos con el aire desteñido, que se escapa.

“Los tres primeros lugares han demostrado su superioridad a lo largo de un campeonato ejemplar que ha transcurrido sin mayores contratiempos, en un tiempo récord de apenas dos semanas.”

- Y entonces Huevotes nos dijo que el mezquite se lo había sobado. Pero también era mi padre, ¿entiendes? Era mi padre el del mezquite.

Doña Porfiria se ve pequeña, se va convirtiendo imperceptiblemente en un árbol caduco, en una tabla más del ataúd de Julián. El sol se vuelve a asomar por el oeste, como si hubiese olvidado su valija en el umbral de la desgracia. El otro, convertido en arena, fluye por los mocos de los cóconos, se convierte en un graznido infernal.

“Es por ello que nada puede llenarlos más de orgullo que saberse los primeros héroes de la historia deportiva de Fanfurrias. Porque recordemos que lo importante no es ganar, sino dejar el alma en los pies; que lo relevante no es el número de goles, sino la gloria de cada uno de ellos; que el tesón es lo que se eleva al cielo; que es con estos vítores y este esfuerzo que se construye el país de los sueños.”

- Pero no podía quedarse callado, ¿verdá? El maldito lagarto no podía quedarse así clavado al sol y tenía que llamar a su pandilla de buitres.

Mi mano se confunde con un matorral de magueyes secos. Tengo la impresión de que esto ya ha pasado en un sueño que tuve de niño, en el cual todos se afincaban en un rincón al alarido de un perro rabioso. Tengo la impresión de saber dónde va a terminar esto, pero sé que los recuerdos de ese sueño están enterrados en el promontorio que voló primero con el viento. Manotas se alza incontenible y se vuelve gigante, se desnuca y avienta su cabeza rabiosa hacia el corazón del silencio que se oculta tras el sonido de los altavoces.

“Es por eso que no me queda más que premiar a los homenajeados, a nombre del municipio de Fanfurrias, al cual, desde hoy, le han dado la gloria”

Las palmadas incontenidas se escapan de la jaula de las emociones y terminan por vapulear a los guajolotes, que huyen despavoridos hacia las cancha. Manotas va dos pasos delante de ellos.

- Este cabrón se muere hoy, aunque vaya yo de por medio.

Malea. Sus brazos se acurrucan en el cuadro de la imagen de la premiación. Se confunde con los movimientos torpes de una turba acomedida. Y sus jadeos penetran como espinas colgadas del cielo mis pulmones.

“Recordemos que las victorias son finitas, pero siempre cobran factura. Como el maíz que muere cuando nadie lo ve”

Saco de mi morral la única cosa que debía haber llevado siempre en la mano. Manotas explota e implota para quedarse impávido a dos pies de la puerta del corral. Su sombra, fustigada por el sol que venía de vuelta, me cubre. De pronto lo entiendo todo, todo es claro. La turba se vuelve un solo hombre, y el hombre se vuelve un montón de insectos lentos, de caracoles sin concha. Lo veo de niño, parado sobre la loma, buscando los hilos que desde hace tiempo se removieron. Lo escucho rememorando esos tiempos, ajustando la única palabra que no cabía en este momento.

Me levanto, decidido, como nunca. Sobre la carretera pasa un auto que arroja notas evolutivas. Mis ojos, clavados en el destino, me guían.


(rulfo)

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