25.9.06

28. Siete locos

Mi abuelo fue el primer fanfurrino que aprendió a leer. Eso ocurrió cuando tenía casi cuarenta años. En cuanto tuvo la habilidad de empalmar los dibujitos con significados concretos, insistentes, no paró de hacerlo. Pronunciaba en voz muy alta toda letra que se le paraba en frente, y cuando un libro llegaba hasta la presidencia municipal, era el primero en devorarlo con pasión. Solía contarme con holgura que el primer libro que había leído era uno del gobierno, donde les enseñaban a los niños la Historia de México. El segundo era una obra que a él le parecía inexorable y vital: “La náusea” de Sartre. Por alguna razón que ni el más sagaz entendería, aquello de que la existencia precede a la esencia le parecía una máxima de vida que, estoy seguro, tenía para él tal importancia debido a que sólo así podía entender lo que significaba Fanfurrias. Años después, revisando el viejo cargamento de libros entre los cuales estaba el Reglamento de Humphrey, encontró un altero recién llegado que incluía títulos prácticamente nuevos. Entre ellos encontró el texto de un argentino llamado Roberto Arlt. De ahí extrajo por lo menos dos cosas que, al día de hoy, rebotan con terquedad en mi cabeza. La primera es que el libro de llamaba “Los siete locos”; la segunda es un fragmento que a mí siempre me pareció escrito a propósito de esta comarca:

“Luego le volvió la espalda, y antes de que ella atinara a volverse hacia él, a rápido paso se perdió entre la neblina. Comprendía que gratuitamente había ultrajado a la muchacha, y esta convicción le proporcionó una alegría tan cruel, que murmuró entre dientes:
- Ojalá revienten todos y me dejen tranquilo”

Así siempre me pareció Fanfurrias: una repetición incesante de siete locos (de apellido Reyes), un juego entre muchacha, alegre cruel y neblina; una juego de escondidas. Luego de recordar algún pasaje de un libro, mi abuelo se detenía para decir que Fanfurrias es una comarca itinerante. En las mañanas de verano, parece una tortilla recién salida del comal; en las noches de otoño asemeja una decisión mal tomada por un dios beodo. Es como un montón de tierra a la merced del viento de abril: a pesar de que uno puede suponer el rumbo de cada minúsculo grano, lo cierto es que jamás se podrá seguir con la vista cada vestigio del montoncito; lo cierto es que es altamente probable que un niño sople con fuerza y matice el viento con las jugarretas de la primavera. Es un invierno pluvial sin lluvia. No me sorprendería que una buena mañana de agosto, amaneciera cubierta por completo de olvido; no me extrañaría despertar any given Monday en una metrópoli de primer mundo. Fanfurrias escapa; y hay gente que ha pasado la vida persiguiendo su sombra. Así mi abuelo, así yo mismo, así Julián Reyes.

Leo de nuevo el corrido que narra la historia de cómo mi anterior jefe cayó del gobierno y no puedo evitar remitirme a todas las veces que la comarca se ha enfrentado a situaciones ficticias que terminan convirtiéndose en ficción, o viceversa. Como siempre, la Historia se vuelve difusa a través de las voces, como si cada tanto las letras que dejan sentado lo que fue, decidieran hacerse un cambio de look a quemarropa para desdecirse de lo dicho con anterioridad. Estoy plenamente consciente de que la historia me juzgará de la misma manera, y me asumo cierto de que eso, como siempre, es completamente irremediable. Por ello no pretendo justificarme ni sacar partido de una situación meramente arbitraria que me ha puesto, al final del camino, en una posición aventajada. Sí considero necesario, sin embargo, dejar aquí mi punto de vista sin tapujos. Sirva en un futuro para posibles investigadores (¿académicos? ¿novelistas tratando de ilustrar mejor mi estampa? ¿Dios?), a modo de pruebas ante el juzgado de la Historia.

Yo nunca tuve por intención de “salvar la tarde” y asesinar a Julián a falta de tino por parte de Santillán. Es cierto: sus métodos nunca me parecieron del todo acertados. Como dije, siempre creí que tenía más de loco que de gobernante. Sin embargo, sus juegos, en realidad, jamás afectaron a nadie. Es más: hasta donde puedo recordar, sus torneos de cacería de hormigas, sus repentinos impulsos dionisiacos, sus zarandeos de ánimo, sirvieron casi siempre para hacer de Fanfurrias un lugar preciso, que, si bien escapaba constantemente de la neblina, entraba en el juego persecutorio de buena gana, a la espera de que nosotros, sus tumultuosos perseguidores, le encontráramos para hacerle cosquillas. Julián era el heredero de la estirpe que sabía dónde encontrar el tablero de juego, de la familia que siempre terminaba poniendo de buena gana los refrescos para la fiesta. Y eso, hasta ahí, iba bien.

El Torneo de Fútbol, sin embargo, fue otra cosa. Una cosa que, sobre todo, se salió de sus manos. Nunca supo medir hasta qué punto la gente lo tomaría en serio. Supongo que pensó que ello terminaría en gente comprando teles, en una comarca moderna. Los hechos demuestran que no fue así, y que, en muchos casos, un niño medio zafado siempre pudo más que él. Y al salirse de sus manos, el Torneo estaba desmembrando lo último que quedaba de Fanfurrias. Desde mi punto de vista, era la estocada final a un pueblo muerto; aquello era una novela sin desenlace, o con un final muy aburrido o triste. La culpa, claro está, era completamente de Julián. Y por eso acepté en un primer momento, movido por la ira del momento, por sus requerimientos tercos, por no haber visto por última vez a mi padre, entrar al juego de la conspiración. Pese a ello, jamás pensé en ser yo quien le diera la estocada traidora. Es más: en algún momento me arrepentí, y hasta estuve dispuesto a cruzarme en el camino de la bala que llevaba su nombre. Por fortuna (o por una desgracia que puede salirnos cara), Santillán olvidó poner las balas. Y ahora soy yo el nuevo presidente municipal, medio distraído y sin mucha idea de lo que debo hacer.

Lo que llevaba en la mano no era la nota suicida de Julián. Es cierto: sabía de su enfermedad mortal y de sus intenciones de suicidio, pero eso era problema de él y nadie más. Es más: yo sabía que su enfermedad no era otra cosa que un pretexto para convertirse en mártir de propia mano. Lo que yo llevaba eran las páginas faltantes del Reglamento. Las encontré en la Presidencia, momentos antes de que terminara el partido. En ellas, Humphrey no hacía más que una severa advertencia que todos pasamos por alto. Cito textual:

“El fútbol es una pequeña guerra que puede cobrar víctimas de las filas de los aficionados. Equiparar el juego con la vida o la vida con el juego es irremediable; pero jamás se debe caer en la tentación de cambiar la una por la otra. Y, de caerse en ello, debe entenderse que el juego es para jugarse y la vida para vivirse, que es lo mismo; ni la una para morirse ni el otro para perderse”.

Con esta cita pretendía no sólo calmar los ánimos de una turba a punto de turrón, sino prevenir a Julián del peligro de su decisión fatal. Por desgracia, no lo logré, y Manotas, anticipándose a mi anuncio, supuso muchas cosas. El resto es historia.

Ahora: mi orden no fue matar a Julián, sino encontrarlo. Luego de que huyó a esconderse, mi principal preocupación era que fuera a suicidarse. La euforia del momento generó que dicha orden fuera mal interpretada. Sobra decir que me fue imposible apagar el fuego que terminó por consumirlo. En adelante, lo que me quedó fue darle sepultura, darle al municipio su nombre, aceptar el puesto (que por ley me correspondía) y darle la despedida a Doña Porfiria, que se fue con todos los bienes de Julián a Estados Unidos, según ella a poner un negocio.

Y sobre Manotas no diré más. La verdad es que se me olvidó que estaba ahí colgado del poste. Cuando me di cuenta, decidí dejarlo colgado por consejo del nuevo asistente de la presidencia, que sugirió conservarlo como muestra de lo que en este municipio se hace con los traidores. Yo no puedo evitar estremecerme ante la idea de un niño colgado para siempre en medio de una plaza pública; pero los problemas de la presidencia son bastantes como para darme el lujo de ir a bajarlo yo mismo, a sabiendas de que nadie más lo haría.

Ahora nos queda este municipio nuevo de San Julián de Pérez y Fanfurrias; quién sabe qué dioses, quién sabe qué impulsos, nos harán estremecer de nuevo sus cimientos, mientras vamos persiguiendo su nombre por la neblina. Sólo Dios.



(woms)

1 Comments:

At 10:10 AM, Blogger Armando said...

Armando Sámano meets literatura formal. Y sé que si me empeño, en diez o quince años estaré escribiendo así. Me gusta ver ese futuro. Y me gustá como me veo en esos años.

 

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