26.9.06

29. El heroísmo en tiempos de hormigas.

Hay dos clases de héroes: los que pasan a la historia y los que no. Los primeros se distinguen por tener el tino necesario a la hora de morir; son capaces de meterse una bala en la sien, así sin ver, en el momento en el que se encuentran justo en la cima. Tienen la capacidad de cálculo, la estima baja y normalmente alguna deficiencia física que les impide correr más rápido. Eso es tanto como decir que tienen la estupidez necesaria para gritar frente a la familia de Fulano que Fulano es un malparido. Son más cortos de visión; por eso mueren. Los otros, normalmente, y aunque sean más capaces, inteligentes o hijos de puta, se vuelven héroes en vida que se extinguen como un gol hecho en offside.

Yo debo estar en el grupo de los segundos. Sí: soy un héroe, pero uno que no se las gasta en trajes de gala y figuras ecuestres. Me he contentado con saber que, en el momento preciso, cuando sólo observaban los dioses, que son los que importan, he hecho lo debido. Eso me basta.

Los sucesos de la tarde de la final del Torneo han sido ultrajados varias veces ya, a sólo dos días de haber ocurrido. La Historia Oficial dirá que yo fui el traidor de todos los frentes, y quizá lo dirá con la boca llena de razón. No lo sé, pero creo que tampoco es importante. La Historia Oficial dirá, sencillamente, que, luego de haber fraguado una conspiración contra el Presidente Municipal Julián Reyes, ésta falló en el momento decisivo. Dirá que en el partido fallé goles como si fueran gratis; dirá que metí uno de pura suerte, y dirá que, a pesar de ello, provoqué la rauda caída de la economía familiar de Fanfurrias, al ocasionar con mis errores o mi desidia que todos perdieran la apuesta. Más abajo, dirá que, frustrado por haber visto disparar en vano a Santillán, y luego de saber que Palito nos había traicionado, intentaría una nueva forma de asesinato. Finalmente dirá que, a sabiendas de que Palito desenmasacararía a Julián con su carta de suicidio, decidí pasarme de lado de los ganadores o de los perdedores honrosos, delatando al ayudante de la Presidencia. En suma, la Historia Oficial dirá puras sandeces.

Lo del partido no tiene otra explicación que la estrategia. Yo me había percatado de que mi regreso significaba en el Torneo un brutal cambio de posibilidades. El pueblo me adoraba, y lo más probable era que todos cambiaran las apuestas a favor del advenedizo Manotas. Eso era una clara herramienta a nuestro favor: la turba, enojada, ya tendría el brío necesario para odiar a Julián. Que no se diga que mis continuos fallos se debieron a mi falta de habilidad deportiva. Porque eso será cierto, pero también será perder la perspectiva de las cosas.

Es cierto que ver a Santillán estático frente al Presidente que no había asesinado me llevó de pronto a pensar en nuevas formas de asesinato, sobre todo luego de hallarme abandonado por el verdadero traidor, Palito. Sin embargo, no fue por ello que decidí defender a Julián, como todos han decidido pensarlo. La realidad es que yo sólo quería distraer la atención. Pensé que, en el bendito momento en el que todos voltearan a ver a Palito, tendría la oportunidad de machacar con mis propias manos al ahora difunto Presidente. Falso. Jamás pensé que ahí, frente a todo el municipio, Julián anunciara su abrupta muerte. El resto es fácil de trazar: la gresca quería para sí a Reyes, y yo estaba en medio. Debía correr.
Una vez aclarado esto, es preciso contar lo que pasó en la huída. Es falso que la gente me agarró en el camino. La verdad es que yo me entregué.

Nadie que se entregue a una turba iracunda puede ni debe estar en su sano juicio. Yo no soy la excepción. Ahora que me encuentro colgado, hambriento, mientras decenas de niños chocarreros tragan chocolate ante mis ojos como sanguijuelas que se encuentran una buena mañana en medio de un banco de sangre, sé que mi decisión fue, cuando menos, errada. En realidad yo pude haber huido hasta el refugio de Bárbara, el cocodrilo, sin problemas. Estuve escondido un par de horas bajo un maguey. Y todo iba bien, hasta que tuve un encuentro inesperado.

- Verás: en el cielo de las hormigas tenemos buenos planes de financiamiento. Sin duda podrás encontrar un terrenito alejado del ruido de los túneles.

La hormiga roja reina, que nunca salía a la superficie, se me apareció ahí, con todo y su vestido de noche (y un par de fotografías de la ceremonia en la que la premiaron, gracias a su excepcional desempeño en el desfile en traje de baño, y gracias a que cuando le preguntaron por su mayor deseo, respondió “la paz de la colonia) para invitarme atentamente a volver a Fanfurrias.

- La realidad es que las cosas nunca han estado tan calmadas en la colonia como ahora durante el Torneo. La gente pisa tranquilamente nuestro hoyo, y nosotros los picamos sin el temor de que a los dos minutos tengamos una turba sobre nosotras intentando cazarnos. Supongo que si Julián muere, no habrá quien perpetue esta tradición. Tú debes ser el más indicado.

- ¿Y lo que ofreces es un lugar en el cielo de las hormigas?...

- Claro. Serás considerado un santo. Piénsalo: en realidad, nuestro cielo tiene muchas ventajas sobre el de los humanos. Nada de celibato ni de angelitos insoportables rascando su puta arpa todo el día. Acá sólo comer y morder piernas, nomás.

- ¿Y qué pasa con los fanfurrinos? Acuérdate que no tenemos medicinas contra la picadura de hormigas rojas.

- No te preocupes. Si todo sale bien en la conquista de la colonia del municipio de al lado, nada le faltará a nadie.

- ¿Y si por algo fallo? Quiero decir, sabes que Fanfurrias es un municipio inestable, y quién sabe si la NBA genere otras cosas. Eso tendría inconvenientes para tu colonia, los saltos y esas cosas.

- Si fallas, es sencillo: te comemos en cuanto te encontremos.

- Oh, eso sería terrible…

- No tanto. Pregúntale a Herman Tripié, ese alemancito que se comieron las primeras madres tan sólo pisar las costas de Yucatán. Hoy el rubio ése tiene un penthouse en una colonia elegantísima, entre la Gran Reina Madre y Michael Hutchence.

- No me digas que…

- Sí; lo de las drogas, pura pavada: nos lo comimos nosotras.

Así que con la promesa de una villa en la Toscana homiguil, decidí entregarme. El resto no es mucho: yo, colgado de la plaza principal, Palito organizando el segundo Mundial de Cacería de Hormigas, las hormigas rojas, entre moribundas y temerosas, buscando a marchas forzadas el asta de donde me tienen colgado mientras juntan filas para sobrepasar el Mundial.

Ya se ve: como decía, hay dos clases de héroes. Los de los hombres y los de las hormigas. Yo, sin más remedio, sigo siendo de los primeros, entre los cuales sólo se llaman así los que mueren a tiempo. Y yo, claramente, igual que Julián, igual que Palito, igual que todo Fanfurrias entregado a su gula, no entro en el rango. En todo caso, seré un héroe caído entre las hormigas, entre quienes sólo la traición es un heroísmo verdadero. Vaya a saber.



(orsai)

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