22. Los seis
- A las cuatro de la tarde en punto, en cuanto termine de entregar la Copa al primer lugar, lo matamos. Están a tiempo de decidir. Si prefieren irse, gracias por venir, disfruten los bocadillos; si permanecen con nosotros, éste es el plan.
Un enorme papel amarillento colgaba del librero de la biblioteca. Manotas, sosteniendo un Frutsi con la derecha, la izquierda en el bolsillo, se disponía a explicar el plan, junto con Patotas y Huevotes, a los otros tres, que, anonadados, seguían sin dar crédito de lo que veían. No se les puede culpar: no a diario se encuentra a cinco almas perdidas con el objetivo común de asesinar a Don Julián Reyes y Reyes.
Lo único que Palito Pérez había notado con temor eran los ojos, que brillaban con un callado fulgor de venganza. Así había encontrado a Manotas la otra tarde, en el cuarto escondido donde el asistente de la Presidencia Municipal enseñaba inglés a los niños fanfurrinos. Ese día, mientras él había salido al baño, Manotas se las había arreglado para tomar por asalto el lugar del maestro. – Biguasgüer –, decía Manotas, - tu nombre en inglés es Biguasgüer, chaparro -. Los niños miraban a Manotas con gestos que combinaban sin mucha habilidad el desconcierto con el asco y la admiración, mientras el recién llegado del exilio soltaba a cuentagotas carcajadas completamente impropias para alguien de su edad. Su rostro se había desfigurado de un modo imperceptible, como si estuviera en una constante cámara lenta, y hablaba consigo utilizando distintas voces. Manotas ya no era el mismo; en vez del niño genio, dulce, divertido y un poco lascivo que Palito había llamado para ayudar en el Torneo, ahora daba la impresión que da una turba desconcertada en medio de la plaza. Manotas se había convertido en un calmo abucheo.
- Usted sabe que quiere matarlo.
- ¿Por qué?
- Piénselo: dar clases a los niños de la primaria, servir de manera ejemplar en la Presidencia, pasar una vida de oculto rencor. Eso le significará a lo mucho una mención en las monografías de la vida de Don Julián Reyes. No, mi amigo, usted, estoy seguro, quiere hacerlo. Quiere hacerlo porque el H. Presidente siempre gana. Porque el municipio nunca rinde los honores debidos. Porque usted no es un himno, don Palito.
- … ¿Cuánto tiempo llevas ensayando ese discurso?
- Unos dos días. ¿Por qué? ¿Fue muy forzado?
- Dejémoslo en que funcionó.
- Necesitamos, ¿cuántos? ¿tres?
- Seis, mire.
Santillán. Usted no ha escuchado hablar de él sencillamente porque nadie sabe quién es Santillán. La única vez que alguien lo notó, fue porque pasó dos semanas parado sin sombra en la esquina de la cancha de Altaviva, como esperando, tan inmóvil que se hubiera requerido tomarle el pulso para saber con certeza que no estaba muerto. La realidad es que sí lo está: no tiene historia, ni nombre, su familia se esconde tras la sombra que no logra. Santillán es cualquiera. Santillán no hace nada. Es uno de esos personajes cuya gracia consiste en no estar; es un anti personaje, tan poco importante, que nadie se sorprenderá de que él sea el asesino, y eso nos permitirá hacer los ajustes necesarios para lograr la venia del pueblo. Tendremos un mártir. Convencerlo no será ningún problema. De hecho, no tendremos más que dejarle el paso libre para que haga lo suyo.
Patotas. Mi mejor amigo de la infancia. Es un hábil estratega capaz de manejar tanta gente como le sea posible, mientras más mejor. Explosivo: mientras yo me preocupaba por obtener una barra de chocolate, él había conseguido estafar a mi madre sin problemas, con la ventaja, además, de que no le castigaban a él. Su secreto es que es invisible para todos menos para mí, de tal suerte que es imposible descubrirlo.
Huevotes. Nadie sabe de dónde viene, y su voz es idéntica a la de mucha gente. Tiene la habilidad de saber de inmediato qué pasa a su alrededor, para darle a Patotas la clave del escándalo preciso. No es invisible, pero todos lo olvidan fácilmente.
- Está bien. Pero así sólo sumamos cinco. ¿Quién es la sexta persona?
- Ustedes deben estar bien pendejos.
Ataviada con su delantal rosa de florecitas de colores, justo después de colar el caldo de gallina para su marido, Doña Porfiria no pudo evitar proferir la primera palabra altisonante de su vida. El hombre más leal que había conocido confabulaba con la lacra más joven de la historia y sus dos amiguitos imaginarios para matar a su marido, y, encima, la invitaban a participar en lo que podría ser el primer magnicidio jamás visto en Fanfurrias.
- Una pendejada; una pendejada tamaño caguama, eso es lo que sugieren. Es mi marido, por dios, mi ma-ri-do. Además ese hombre es inmortal, le viene de estirpe. ¿Ustedes saben cuántas veces han intentado asesinar a un Reyes en esta comarca?
La primera fue al bisabuelo de Juli, Don Juan Bautista Reyes, hace como tres siglos. El señor había organizado la primera y única carrera de parcelas de la historia; como aquí no había caballos y la gente no tenía para comer, el don asumió que sólo podían competir con pedazos de tierra. Ante la tremenda estupidez, un hombre borracho aventó un puño de tierra desde una distancia de veinte pasos del Presidente, quien sólo vio mancharse su camisa, recién almidonada. Al agresor lo arrestaron de inmediato, aunque fue liberado a la media hora por falta de evidencia. Terminaron embotando al dueño de la parcela de donde había sacado ese puño asesino.
La segunda fue al abuelo de Juli, Don Daniel Reyes. Organizó el primer y único torneo de rayuela sobre la parcela de un pariente mío, Don Andrés Terrones. Para ello, exigió que todas las monedas del pueblo, que eran pocas, se utilizaran en la competencia. La gente, enojada por la afrenta, decidió aventar todas las monedas a Don Daniel, con la intención de darle en la cabeza, desde una distancia de quince pasos. Lejos de matarlo, contribuyeron a hacer más grande su notable fortuna. Embotaron a Don Andrés Terrones.
La última fue a mi suegro, Don Rosendo Reyes, después del primer torneo de hormigas rojas. Más de doscientos hombres habían participado en aquel torneo: hombres grandes, de estirpe y manos campesinas. Sorpresivamente el torneo fue ganado por Julián, el hijo del Presidente Municipal, un chamaco que apenas podía distinguir entre las hormigas rojas y el choconoztle. Las sospechas se hicieron grandes, y la turba fue a buscar a Don Rosendo para finiquitarlo a palos. Pero esa tarde, cuando la turba se encontraba a menos de diez pasos de la Presidencia, cayó de sopetón la lluvia más grande jamás recordada en este desierto que llamamos comarca. La emoción de todo Fanfurrias fue tan grande, que de inmediato se olvidó el asunto, y la jornada terminó en una fiesta en la cual se celebró la victoria de Julián. Eso es lo más cerca que cualquiera ha estado de matar a un Reyes en esta región.
- Si así lo quiere, Doña Porfiria, no se diga más del asunto. Lo dejamos por la paz, pues.
- Nomás por no dejar: si se muere Juli, ¿quién se queda con su fortuna?
Doña Porfiria cayó convencida en el acto: no era nada despreciable una herencia de diez terrenos, una casa de piso y medio, y casi treinta cabezas de ganado.
- Éste es el plan.
Manotas explicó a detalle lo que cada uno de ellos haría. Para lograr su cometido, tendrían que ubicarse en posiciones precisas: uno en el equipo ganador, otro en el segundo lugar, otro en el perdedor, uno más en las gradas, el quinto junto a Don Julián, y el último detrás del revólver. Mientras uno fingiría un desmayo, otro agrediría al ganador, el cuarto empujaría a Don Julián a la gresca, el quinto lo llamaría para socorrer al desvalido, y el sexto, ya se sabe, conseguiría la puntería necesaria para dispararle en el camino.
El plan era sencillamente perfecto y nada podría salir mal. Don Julián estaba muerto.
(ocean’s eleven)
Un enorme papel amarillento colgaba del librero de la biblioteca. Manotas, sosteniendo un Frutsi con la derecha, la izquierda en el bolsillo, se disponía a explicar el plan, junto con Patotas y Huevotes, a los otros tres, que, anonadados, seguían sin dar crédito de lo que veían. No se les puede culpar: no a diario se encuentra a cinco almas perdidas con el objetivo común de asesinar a Don Julián Reyes y Reyes.
Lo único que Palito Pérez había notado con temor eran los ojos, que brillaban con un callado fulgor de venganza. Así había encontrado a Manotas la otra tarde, en el cuarto escondido donde el asistente de la Presidencia Municipal enseñaba inglés a los niños fanfurrinos. Ese día, mientras él había salido al baño, Manotas se las había arreglado para tomar por asalto el lugar del maestro. – Biguasgüer –, decía Manotas, - tu nombre en inglés es Biguasgüer, chaparro -. Los niños miraban a Manotas con gestos que combinaban sin mucha habilidad el desconcierto con el asco y la admiración, mientras el recién llegado del exilio soltaba a cuentagotas carcajadas completamente impropias para alguien de su edad. Su rostro se había desfigurado de un modo imperceptible, como si estuviera en una constante cámara lenta, y hablaba consigo utilizando distintas voces. Manotas ya no era el mismo; en vez del niño genio, dulce, divertido y un poco lascivo que Palito había llamado para ayudar en el Torneo, ahora daba la impresión que da una turba desconcertada en medio de la plaza. Manotas se había convertido en un calmo abucheo.
- Usted sabe que quiere matarlo.
- ¿Por qué?
- Piénselo: dar clases a los niños de la primaria, servir de manera ejemplar en la Presidencia, pasar una vida de oculto rencor. Eso le significará a lo mucho una mención en las monografías de la vida de Don Julián Reyes. No, mi amigo, usted, estoy seguro, quiere hacerlo. Quiere hacerlo porque el H. Presidente siempre gana. Porque el municipio nunca rinde los honores debidos. Porque usted no es un himno, don Palito.
- … ¿Cuánto tiempo llevas ensayando ese discurso?
- Unos dos días. ¿Por qué? ¿Fue muy forzado?
- Dejémoslo en que funcionó.
- Necesitamos, ¿cuántos? ¿tres?
- Seis, mire.
Santillán. Usted no ha escuchado hablar de él sencillamente porque nadie sabe quién es Santillán. La única vez que alguien lo notó, fue porque pasó dos semanas parado sin sombra en la esquina de la cancha de Altaviva, como esperando, tan inmóvil que se hubiera requerido tomarle el pulso para saber con certeza que no estaba muerto. La realidad es que sí lo está: no tiene historia, ni nombre, su familia se esconde tras la sombra que no logra. Santillán es cualquiera. Santillán no hace nada. Es uno de esos personajes cuya gracia consiste en no estar; es un anti personaje, tan poco importante, que nadie se sorprenderá de que él sea el asesino, y eso nos permitirá hacer los ajustes necesarios para lograr la venia del pueblo. Tendremos un mártir. Convencerlo no será ningún problema. De hecho, no tendremos más que dejarle el paso libre para que haga lo suyo.
Patotas. Mi mejor amigo de la infancia. Es un hábil estratega capaz de manejar tanta gente como le sea posible, mientras más mejor. Explosivo: mientras yo me preocupaba por obtener una barra de chocolate, él había conseguido estafar a mi madre sin problemas, con la ventaja, además, de que no le castigaban a él. Su secreto es que es invisible para todos menos para mí, de tal suerte que es imposible descubrirlo.
Huevotes. Nadie sabe de dónde viene, y su voz es idéntica a la de mucha gente. Tiene la habilidad de saber de inmediato qué pasa a su alrededor, para darle a Patotas la clave del escándalo preciso. No es invisible, pero todos lo olvidan fácilmente.
- Está bien. Pero así sólo sumamos cinco. ¿Quién es la sexta persona?
- Ustedes deben estar bien pendejos.
Ataviada con su delantal rosa de florecitas de colores, justo después de colar el caldo de gallina para su marido, Doña Porfiria no pudo evitar proferir la primera palabra altisonante de su vida. El hombre más leal que había conocido confabulaba con la lacra más joven de la historia y sus dos amiguitos imaginarios para matar a su marido, y, encima, la invitaban a participar en lo que podría ser el primer magnicidio jamás visto en Fanfurrias.
- Una pendejada; una pendejada tamaño caguama, eso es lo que sugieren. Es mi marido, por dios, mi ma-ri-do. Además ese hombre es inmortal, le viene de estirpe. ¿Ustedes saben cuántas veces han intentado asesinar a un Reyes en esta comarca?
La primera fue al bisabuelo de Juli, Don Juan Bautista Reyes, hace como tres siglos. El señor había organizado la primera y única carrera de parcelas de la historia; como aquí no había caballos y la gente no tenía para comer, el don asumió que sólo podían competir con pedazos de tierra. Ante la tremenda estupidez, un hombre borracho aventó un puño de tierra desde una distancia de veinte pasos del Presidente, quien sólo vio mancharse su camisa, recién almidonada. Al agresor lo arrestaron de inmediato, aunque fue liberado a la media hora por falta de evidencia. Terminaron embotando al dueño de la parcela de donde había sacado ese puño asesino.
La segunda fue al abuelo de Juli, Don Daniel Reyes. Organizó el primer y único torneo de rayuela sobre la parcela de un pariente mío, Don Andrés Terrones. Para ello, exigió que todas las monedas del pueblo, que eran pocas, se utilizaran en la competencia. La gente, enojada por la afrenta, decidió aventar todas las monedas a Don Daniel, con la intención de darle en la cabeza, desde una distancia de quince pasos. Lejos de matarlo, contribuyeron a hacer más grande su notable fortuna. Embotaron a Don Andrés Terrones.
La última fue a mi suegro, Don Rosendo Reyes, después del primer torneo de hormigas rojas. Más de doscientos hombres habían participado en aquel torneo: hombres grandes, de estirpe y manos campesinas. Sorpresivamente el torneo fue ganado por Julián, el hijo del Presidente Municipal, un chamaco que apenas podía distinguir entre las hormigas rojas y el choconoztle. Las sospechas se hicieron grandes, y la turba fue a buscar a Don Rosendo para finiquitarlo a palos. Pero esa tarde, cuando la turba se encontraba a menos de diez pasos de la Presidencia, cayó de sopetón la lluvia más grande jamás recordada en este desierto que llamamos comarca. La emoción de todo Fanfurrias fue tan grande, que de inmediato se olvidó el asunto, y la jornada terminó en una fiesta en la cual se celebró la victoria de Julián. Eso es lo más cerca que cualquiera ha estado de matar a un Reyes en esta región.
- Si así lo quiere, Doña Porfiria, no se diga más del asunto. Lo dejamos por la paz, pues.
- Nomás por no dejar: si se muere Juli, ¿quién se queda con su fortuna?
Doña Porfiria cayó convencida en el acto: no era nada despreciable una herencia de diez terrenos, una casa de piso y medio, y casi treinta cabezas de ganado.
- Éste es el plan.
Manotas explicó a detalle lo que cada uno de ellos haría. Para lograr su cometido, tendrían que ubicarse en posiciones precisas: uno en el equipo ganador, otro en el segundo lugar, otro en el perdedor, uno más en las gradas, el quinto junto a Don Julián, y el último detrás del revólver. Mientras uno fingiría un desmayo, otro agrediría al ganador, el cuarto empujaría a Don Julián a la gresca, el quinto lo llamaría para socorrer al desvalido, y el sexto, ya se sabe, conseguiría la puntería necesaria para dispararle en el camino.
El plan era sencillamente perfecto y nada podría salir mal. Don Julián estaba muerto.
(ocean’s eleven)

