28.8.06

22. Los seis

- A las cuatro de la tarde en punto, en cuanto termine de entregar la Copa al primer lugar, lo matamos. Están a tiempo de decidir. Si prefieren irse, gracias por venir, disfruten los bocadillos; si permanecen con nosotros, éste es el plan.

Un enorme papel amarillento colgaba del librero de la biblioteca. Manotas, sosteniendo un Frutsi con la derecha, la izquierda en el bolsillo, se disponía a explicar el plan, junto con Patotas y Huevotes, a los otros tres, que, anonadados, seguían sin dar crédito de lo que veían. No se les puede culpar: no a diario se encuentra a cinco almas perdidas con el objetivo común de asesinar a Don Julián Reyes y Reyes.




Lo único que Palito Pérez había notado con temor eran los ojos, que brillaban con un callado fulgor de venganza. Así había encontrado a Manotas la otra tarde, en el cuarto escondido donde el asistente de la Presidencia Municipal enseñaba inglés a los niños fanfurrinos. Ese día, mientras él había salido al baño, Manotas se las había arreglado para tomar por asalto el lugar del maestro. – Biguasgüer –, decía Manotas, - tu nombre en inglés es Biguasgüer, chaparro -. Los niños miraban a Manotas con gestos que combinaban sin mucha habilidad el desconcierto con el asco y la admiración, mientras el recién llegado del exilio soltaba a cuentagotas carcajadas completamente impropias para alguien de su edad. Su rostro se había desfigurado de un modo imperceptible, como si estuviera en una constante cámara lenta, y hablaba consigo utilizando distintas voces. Manotas ya no era el mismo; en vez del niño genio, dulce, divertido y un poco lascivo que Palito había llamado para ayudar en el Torneo, ahora daba la impresión que da una turba desconcertada en medio de la plaza. Manotas se había convertido en un calmo abucheo.

- Usted sabe que quiere matarlo.
- ¿Por qué?
- Piénselo: dar clases a los niños de la primaria, servir de manera ejemplar en la Presidencia, pasar una vida de oculto rencor. Eso le significará a lo mucho una mención en las monografías de la vida de Don Julián Reyes. No, mi amigo, usted, estoy seguro, quiere hacerlo. Quiere hacerlo porque el H. Presidente siempre gana. Porque el municipio nunca rinde los honores debidos. Porque usted no es un himno, don Palito.
- … ¿Cuánto tiempo llevas ensayando ese discurso?
- Unos dos días. ¿Por qué? ¿Fue muy forzado?
- Dejémoslo en que funcionó.




- Necesitamos, ¿cuántos? ¿tres?
- Seis, mire.

Santillán. Usted no ha escuchado hablar de él sencillamente porque nadie sabe quién es Santillán. La única vez que alguien lo notó, fue porque pasó dos semanas parado sin sombra en la esquina de la cancha de Altaviva, como esperando, tan inmóvil que se hubiera requerido tomarle el pulso para saber con certeza que no estaba muerto. La realidad es que sí lo está: no tiene historia, ni nombre, su familia se esconde tras la sombra que no logra. Santillán es cualquiera. Santillán no hace nada. Es uno de esos personajes cuya gracia consiste en no estar; es un anti personaje, tan poco importante, que nadie se sorprenderá de que él sea el asesino, y eso nos permitirá hacer los ajustes necesarios para lograr la venia del pueblo. Tendremos un mártir. Convencerlo no será ningún problema. De hecho, no tendremos más que dejarle el paso libre para que haga lo suyo.

Patotas. Mi mejor amigo de la infancia. Es un hábil estratega capaz de manejar tanta gente como le sea posible, mientras más mejor. Explosivo: mientras yo me preocupaba por obtener una barra de chocolate, él había conseguido estafar a mi madre sin problemas, con la ventaja, además, de que no le castigaban a él. Su secreto es que es invisible para todos menos para mí, de tal suerte que es imposible descubrirlo.

Huevotes. Nadie sabe de dónde viene, y su voz es idéntica a la de mucha gente. Tiene la habilidad de saber de inmediato qué pasa a su alrededor, para darle a Patotas la clave del escándalo preciso. No es invisible, pero todos lo olvidan fácilmente.

- Está bien. Pero así sólo sumamos cinco. ¿Quién es la sexta persona?




- Ustedes deben estar bien pendejos.

Ataviada con su delantal rosa de florecitas de colores, justo después de colar el caldo de gallina para su marido, Doña Porfiria no pudo evitar proferir la primera palabra altisonante de su vida. El hombre más leal que había conocido confabulaba con la lacra más joven de la historia y sus dos amiguitos imaginarios para matar a su marido, y, encima, la invitaban a participar en lo que podría ser el primer magnicidio jamás visto en Fanfurrias.

- Una pendejada; una pendejada tamaño caguama, eso es lo que sugieren. Es mi marido, por dios, mi ma-ri-do. Además ese hombre es inmortal, le viene de estirpe. ¿Ustedes saben cuántas veces han intentado asesinar a un Reyes en esta comarca?

La primera fue al bisabuelo de Juli, Don Juan Bautista Reyes, hace como tres siglos. El señor había organizado la primera y única carrera de parcelas de la historia; como aquí no había caballos y la gente no tenía para comer, el don asumió que sólo podían competir con pedazos de tierra. Ante la tremenda estupidez, un hombre borracho aventó un puño de tierra desde una distancia de veinte pasos del Presidente, quien sólo vio mancharse su camisa, recién almidonada. Al agresor lo arrestaron de inmediato, aunque fue liberado a la media hora por falta de evidencia. Terminaron embotando al dueño de la parcela de donde había sacado ese puño asesino.

La segunda fue al abuelo de Juli, Don Daniel Reyes. Organizó el primer y único torneo de rayuela sobre la parcela de un pariente mío, Don Andrés Terrones. Para ello, exigió que todas las monedas del pueblo, que eran pocas, se utilizaran en la competencia. La gente, enojada por la afrenta, decidió aventar todas las monedas a Don Daniel, con la intención de darle en la cabeza, desde una distancia de quince pasos. Lejos de matarlo, contribuyeron a hacer más grande su notable fortuna. Embotaron a Don Andrés Terrones.

La última fue a mi suegro, Don Rosendo Reyes, después del primer torneo de hormigas rojas. Más de doscientos hombres habían participado en aquel torneo: hombres grandes, de estirpe y manos campesinas. Sorpresivamente el torneo fue ganado por Julián, el hijo del Presidente Municipal, un chamaco que apenas podía distinguir entre las hormigas rojas y el choconoztle. Las sospechas se hicieron grandes, y la turba fue a buscar a Don Rosendo para finiquitarlo a palos. Pero esa tarde, cuando la turba se encontraba a menos de diez pasos de la Presidencia, cayó de sopetón la lluvia más grande jamás recordada en este desierto que llamamos comarca. La emoción de todo Fanfurrias fue tan grande, que de inmediato se olvidó el asunto, y la jornada terminó en una fiesta en la cual se celebró la victoria de Julián. Eso es lo más cerca que cualquiera ha estado de matar a un Reyes en esta región.

- Si así lo quiere, Doña Porfiria, no se diga más del asunto. Lo dejamos por la paz, pues.
- Nomás por no dejar: si se muere Juli, ¿quién se queda con su fortuna?

Doña Porfiria cayó convencida en el acto: no era nada despreciable una herencia de diez terrenos, una casa de piso y medio, y casi treinta cabezas de ganado.




- Éste es el plan.

Manotas explicó a detalle lo que cada uno de ellos haría. Para lograr su cometido, tendrían que ubicarse en posiciones precisas: uno en el equipo ganador, otro en el segundo lugar, otro en el perdedor, uno más en las gradas, el quinto junto a Don Julián, y el último detrás del revólver. Mientras uno fingiría un desmayo, otro agrediría al ganador, el cuarto empujaría a Don Julián a la gresca, el quinto lo llamaría para socorrer al desvalido, y el sexto, ya se sabe, conseguiría la puntería necesaria para dispararle en el camino.

El plan era sencillamente perfecto y nada podría salir mal. Don Julián estaba muerto.

(ocean’s eleven)

23.8.06

21. complotixtix

Gracias a todos los feligreses por esperar con exacerbada paciencia a la entrada del pueblo por mi llegada. Siento mucho no haber cumplido con las expectativas que la faramalla de la fama exige, pero según mi consejo de guerra, lo más práctico en ese momento era llegar a Altaviva de los Molcajetes sin hacer grandes espectáculos de luces de neón, rayos láser, camellos saltarines y turgentes vedettes dando vueltas por las manecillas de los seguidores machos. Decidimos que lo mejor sería llegar calladitos nos vemos más bonitos, y sin jugar a Jesuschrist, ese gran farsante, hacer gala sólo de nuestra magnanimidad, que de por sí es harto galante. Así que a todos aquéllos que supieron entrarle al juego, disimulando su sobrada emoción con gestos estupefactos, en completo silencio y sin mayor extrañeza que la sorpresa de verme vivo, como si vieran caminando ahí nomás de compadres a un fantasma que se creía perdido en alguna película de Burton, les agradezco y congratulo por entender un plan supremo, trazado por alguien como yo, tan superior a sus humanas capacidades.

Yo sé que dentro de sus macabras cabecillas debe estar dando vueltas la misma pregunta: ¿Quién mató a Roger Rabbit? Les puedo asegurar que eso también lo sé, pero considero que hay otro tema de mayor importancia que valdría la pena tocar antes de que les resuelva yo el mundo. ¿Qué paso con su héroe, con su paladín advenedizo, con el He Man de sus caricaturas mentales? ¿Qué pasó conmigo, el Manotas, pues, durante el exilio?

El desierto de Fanfurrias es un lugar enorme con plantas espinosas de todo tipo: las hay con espinas grandes, espinas chicas, espinas vertebrales y espinitas de las que se le quedan a uno en la conciencia. También tiene mucha arena, pero no tiene gatos; de todos modos a veces huele a pipí concentrada como baño de cantina y como los abuelos que cuentan historias aburridas. En un principio no me fue difícil lidiar con el tamaño del desierto, dado que mi apabullante personalidad lo llenó por completo. Sin embargo, no tardé en acostumbrarme a los modos de los oriundos, animales rastreros ratas de dos patas culebras ponzoñosas desechos de la vida que suelen ir por ahí haciendo ruidejos extraños. Así que yo también empecé a rastrar y a tener dos patas y a echar ponzoña me odio y me desprecio.

Total que andaba por ahí jugando a la víbora víbora de la mar cuando en el lugar más magnánimo de mi ser me encontré con dos buenos compañeros de la infancia que ya casi había olvidado. Patotas y Huevotes. Igualitos a mí los condenados, tan guapos ellos. Desde que salieron de mi inconsciente, y una vez que aclararon que eran completamente imaginarios, pudimos llevar las cosas en paz y ser amigos y cantar canciones de Cri Cri por las noches. Eso hasta que ocurrió la tragedia.

Resulta que en mi inmaculada trinidad, inexplicable como la de la competencia católica, Patotas cumple el papel del árbitro lascivo, Huevotes el del ventajoso chocarrero, y yo el del instrumento de sus fantasías más cochinas. Un día, mientras comía yo unos cactus verdes que a la luz del zorro fosforescente que se había postrado caprichosamente sobre el árbol parlanchín se veían color rosa venus, a Patotas se le ocurrió la barbaridad esa de que el fútbol es el sustituto de la guerra. Entonces yo me acordé del reglamentito ése de Sir Humphrey en el que hablaba de armas y de marchas y de huestes, y Huevotes se rió porque no podría creer que el Bogart anduviera diciendo esas cosas tan marranas después de Casablanca, mientras yo increpaba que sí, que era muy válido decir cualquier cantidad de tonterías después de que uno se caía de la barda para romperse la cabeza de huevo. Después de que los dos se atrevieron a cuestionar mi divinidad argumentando que el de la barda no se llamaba Humphrey sino Humpty, aunque después de todo si debían ser parientes porque sólo entre familiares puede ocurrir eso de pararse en la barda de la granja de la felicidad o de Marruecos, que es lo mismo, el zorro fosforescente empezó risa y risa quesque porque nada más falso que pensar en un deporte como sustituto de nada. Entre peras y manzanas y gritos y sombrerazos, el zorro, que era muy buen tipo aunque no iba por el mundo grabando zetas con su florín, nos invitó a visitar su rancho, que estaba cerca y que tenía gente como uno que no se gasta el tiempo en cosas triviales como morir y caminar.

El zorro se llamaba Bárbara. Yo tampoco entendí nunca por qué tenía un nombre de mujer, siendo el tan siete machos peludo y bigotón. Igual su pueblo estaba bonito. Las casas tenían un montón de colores como el verde que te quiero verde, amarillo azul, spray color frambuesa y esa de rojo con tinte UNAM. La gente era toda una chulada, tenían subibajas enormes y cada quien cantaba una canción diferente, dando vueltas envueltos por alitas sin filtro o dando maromas, seguramente con la esperanza de convertirse también en boxeadores de fashion ochentero. Adentro de todas las casas, que eran cuartitos feng shui con espejitos octagonales y bolsas de agua colgadas para espantar a las moscas, todas las paredes estaban forradas de peluche blanco. Por más que pregunté no me supieron decir si ahí habían inventado el pimp my crib.

Bárbara, que seguía brillando como luz de neón de esas de putero zarrapastroso que invitan a convertirse en insecto corriendo hacia la luz, nos había llevado a su pueblo porque según él ahí enseñaban bien acá qué onda con el fútbol, cosa que no pudo ser más adecuada siendo que yo me disponía a regresar a Fanfurrias, el torneo, con la única intención de llevarme orejas y rabo. Entre otras cosas maravillosas, me enseñaron las siguientes:

- La culpa de todo la tiene la mano; por tanto, Manotas, muchas y grandotas, tiene un culpononón tamaño caguama.
- El fuera de lugar es de jotos.
- A la banda sólo le gusta el fútbol cuando pasa algo inesperado, como que gane el equipo nacional o que pierda por poquitos goles.
- Hay gente que invierte mucha lana e intereses en el espectáculo que implica ver a un montón de hombrecillos perseguir una pelota. Lo peor es que esa gente, siempre, gana.

Bastó el diez por ciento de mi capacidad cerebral, equivalente al raciocinio de un pequeño país, para percatarme del complot. Lo que Sir Humphrey quería decir es que el fútbol se parece a la guerra porque hipnotiza a los hombres, como una droga o como los tix tix que cada vez venden en dosis más pequeñas porque están buscando legalizarlos. Todo era muy claro ahora: la conspiración mayor estaba fraguada por el zorro Bárbara. ¿Por qué? Pues por querer hacernos creer que él no quería quedarse con los sobrecitos de chilim balam que tanto queríamos comernos nosotros tres. De tal suerte que a él también tuvimos que matarlo.

Mientras le cercenábamos el corazón como en sacrificio azteca, no podía evitar recordar todo lo que nos había enseñado: lo veía trepado sobre mis hombros mientras corríamos por el pantano, le escuchaba insistir wax on wax off, emulaba la emoción que había sentido cuando había sacado de su boca un barco de humo. Bárbara había sido en verdad mi guía, pero para seguir con mi destino, tenía que matarlo. Así que entre lágrimas de cocodrilo lo maté y huimos del pueblo. Por supuesto que los guardias de aquél lugar tan pintoresco, vestidos como dulces de chamoy y utilizando espadas de gomita, no nos dejaron escapar tan fácil. Pasamos varios días y varias noches escondidos en las cloacas, que olían a libro recién comprado. Por fin, luego de varias gestas heroicas que no vale la pena referir porque ustedes, pobres mortales, no las entenderían, salimos del pueblo de Bárbara a cumplir nuestro destino: instalar en el podio del Torneo de Fanfurrias una enorme manta que dijera “todo esto es una farsa”, para luego matar a Don Julián.

O no. Según Patotas, el lugar donde estuvimos era un manicomio de niños. Nada más ridículo, nada más ofensivo. Si eso era un manicomio, ¿cómo es que fui yo a enterarme de boca del mismísimo Maculay Culkin quién mató a Roger Rabbit?

Ya les digo: puro complot.



Golem insurrecto

write life on me

(don gonzalo)

16.8.06

20. La ciudad del tiempo invisible

En el baúl de los recuerdos de Palito Pérez hay tres cosas empolvadas de tan bien que fueron olvidadas: la chistera que de joven consiguió en el puesto treinta y tres del mercado de Fanfurrias; los quevedos oxidados de su padre, que heredó junto a la frase “flaco, no te olvides de servir de algo para bien”; los rencores de la bolsa que echó al olvido una bella tarde de abril, cuando por fin consiguió lo que siempre había sido su destino.

A Palito lo distingue la paciencia enarbolada que aprendió jugando a rastras en los callejones más oscuros de su barrio. Siempre se le conoció así: esperando sin mirar el reloj el bus que partía todos los sábados a Ciudad Malatriste, con la mano en el bolsillo y las ideas colgadas de hilos transparentes y desesperaciones color añil. Lo cierto es que cada tarde moría un poquito más a causa de la vejez intrépida que se le había trepado por el puesto: Asistente de la Presidencia Municipal. Vaya título altanero, vaya mueca estilo Churriguera; tanta palabra grande para recordarle que el tiempo para él se mediría no en pasitos del segundero sino en caprichos de Don Juli. ¿Cuánto llevas esperando el tren de la dicha, Palito? “Unos ocho o veintiocho encargos imposibles”, tendría que responder. El estoico Palito esperaba cada sábado por la mañana el bus para Ciudad Malatriste, añorando en silencio que junto con él abordara la canción del infortunio.

Palito cargaba en cada viaje dos cajitas de galletas de doña Porfiria y siempre el mismo libro percudido de Ítalo Calvino. Los llevaba a rastras para animar los fines de semana de su padre, el senil don Fito. Cada madrugada dominical se dejaba acompañar de la vela y el silencio latente de su padre, al que le gustaba escuchar los cuentos de Marco Polo y sus ciudades invisibles. Don Palito se hacía pasar por Marco, y su padre era un Kublai Jan venido a menos. “En el fondo sigo siendo un niño triste que no entiende de dónde viene la lluvia, Palito”; y entonces, en la penumbra de los recuerdos que anidan en los rincones más oscuros de los cuartos nomádicos como las tardes de verano caminando por la calle, Palito se convertía en Zobeida y se sentía la trampa consistente en forzar a la vida para que entrara desconfiada por la ventana; otras veces era Pirra, y sus palabras se desdibujaban en las faldas del volcán de los presagios escurridizos y trémulos como la canción de fiesta que a veces llagaba desde el centro. Todos los sábados comprar un boleto sin regreso a una profundidad distinta del infierno: cada vez más grande el silencio, cada vez mayor el tiempo, cada vez un regreso menos; Palito, en blanco y negro, Palito, fade out y créditos finales, así, cada fin de semana, cada vez con menos ganas de seguir siendo una mala adaptación de Woody Allen y Hitchcock en contubernio.

Don Fito había comenzado a morir desde que Palito recordaba. Una enfermedad letal que se llamaba amor: la madre de Palito nunca se había llamado por su nombre: desde siempre y hasta nunca sería la desposeída, la inconclusa. La que había muerto en un capricho de hormonas que había terminado en una balacera protagonizada por don Fito y una bala sin freno de mano. El perdón es cosa sería que exige la burocracia del tiempo; don Fito había esperado con paciencia el de su esposa, mientras que Palito aprendía con destreza el callado arte de su padre: esperar sin ver las horas. Nada había sido suficiente para don Fito: ni los atardeceres revueltos que se entrelazaban con el monte disperso, ni las estrellas embutidas en la chaqueta de invierno de la eternidad. Palito pudo llevar eso con orgullo, no más: un atardecer en mutis y un montón de estrellas sin envase. Por lo demás, el tiempo: horas abundantes, generosas, infladas; mariposas confundidas con el cielo. En esas horas Palito fue metiendo a su padre como pudo, primero al vacío, luego con aires de infortunio. Desde que se despidió, subido en el bus hacia Fanfurrias, menando la mano de la que colgaba el cargamento de los “nunca más”, Palito visitó cada semana a su padre, sin falta. Siempre sin falta, a excepción de las últimas semanas, en las que su tiempo se había visto ondulado a patadas. “El fútbol no conoce razones”, se consolaba; “el fútbol es una antena sin dirección, que capta sólo lo que quieren oír sus receptores”. El tiempo se le había vuelto un capricho; su padre, otra ciudad invisible. ¿Moriana, Clarisa, Eusapia, Buenos Aires, Madrid o Malatriste? Su padre era un nombre vacío, como el tiempo. Su padre era el lado del camino, el humo despedido desde el que se ignora todo el resto.

Palito lo intentaba: esperaba el bus a Malatriste cada sábado, pero nunca llegaba. Su mano no alcanzaba más el bolsillo: su mano alcanzaba sólo a cubrir su mirada mientras divisaba lejos los camiones de hinchas y pancartas. La ruta se cerró por petición expresa de Don Juli, “es por el bien del Torneo”. No fue sino hasta la huelga por exilio de Manotas que Palito pudo esperar de vuelta.

“Todas las mañanas que leí, todos los cuentos que me conocí, todas las historias tristes de mi padre, todos los personajes con su nombre: Fito Hamlet, Fito Buendía, Fito Jiménez, Fito la fea. Voy a recompensarte el tiempo, viejo: voy a meter dos dosis de minutos cada jeringa y voy a darte boleto para el metro que va de Malatriste a la estación de Eternidad. Voy a regresarte el tiempo, viejo, para que veas lo mucho que ha visto mamá: las muñecas rosas del vendaval de tu recuerdo, la fosa artrítica que has construido en su memoria. Sin olvido no hay tiempo ni distancia, viejo; si tachamos el olvido de la lista, te queda todavía el doble de tiempo”.

Don Fito alcanzó apenas a decirle a Palito una frase que sacó del baúl de sus propios recuerdos: “flaco, no te olvides de servir de algo para bien”. La frase que antes tenía la cara de Don Juli, el poseedor del nombre que garantizaba un puesto, había quedado vacía. Ese nombre había borrado por completo las notas de todas las canciones que Palito antes conocía; ese hombre enmudeció las teclas del piano de su vida, impidiéndole tocar un réquiem a su padre. “De algo para bien”. Por primera vez, Palito tomaría aquello como una sentencia y no como un motivo. Su tiempo se había escapado por la ventana. El de Don Juli tendría que salir por fuerza a buscarlo. Aunque en eso se invirtieran balas.

Hoy se acabaron las concesiones, los tiempos vacíos; hoy regresaron las horas, regresó el tic tac del segundero. “Hoy sólo te vuelvo a ver, Julián Reyes. Sólo eso”.

“Tal vez del mundo haya quedado un terreno baldío cubierto de inmundicias y el jardín colgante del palacio del Gran Jan. Son nuestros párpados los que los separan, pero no se sabe cuál está dentro y cuál fuera”.

(fito páez)

11.8.06

19. Matador

Nadie supo, nadie lo supo, ay; nadie pudo ver de lejos la sombra que se posaba larguirucha, flaco, sobre la cancha municipal. Don Juli organizó las hinchadas renovadas por la huida del Manotas y de muerte le tacharon la espalda. Nadie supo, nadie lo supo, ay, que el larguirucho de sombra disparaba a matar con provocaciones bajas; nadie supo, nadie lo supo, ay, que a Don Juli las balas lo llamaban. Lo alcanzan: se ven salir, se ven rozando el suelo, se ven imaginadas, el larguirucho, el larguirucho las imagina, flaco, las preve, las maquila. Se llama de apellido Santillán; Santillán le dicen de cariño. Nadie supo, nadie lo supo, ay, cuál era su nombre de chiquito; nadie supo, nadie lo supo, ay, que esa tarde no tuvo palabras, que no tuvo palabras la tarde que vio morir en el futuro a Don Julián.

Sus ojos los usó como cartucho, sus manos las hinchó de pólvora y mortaja. Las tumbas son para los muertos, dijo, vayan trayendo flores pa’l muertito. Flaco, no se va a quedar rechoncho el boconcito. Le tumbaron su casa con la cancha, le pusieron fútbol en las ganas, le mandaron cartas pagaderas a distancia, lo dejaron solito, solito, metido en las sábanas de la añoranza. Lo dejaron sin su casa, sin torneo y sin paciencia, le dejaron puesta adrede la mano en la cacha. Don Julián a la distancia es el árbitro de las desgracias; tarjeta roja al pitonero, tarjeta ocre al del sombrero.

Nadie supo, nadie lo supo, ay, que al que le dicen Santillán se le acabó el tiempo. Nadie supo, nadie lo supo, ay, que Santillán vuelto un bufido, acababa de soplar el último partido. Coge un puño de tierra y observa: al fondo vuelve a rodar el balón, torpe. Don Julián se regodea. Don Julián no sabe que su sonrisa conquista la muerte, aunque ésta siempre se sienta atraída por la pena. Nadie supo, nadie lo supo, ay, que Don Julián había soplado la última gota de paciencia de Santillán.

Comienza el partido entre San Andrés Totopo y Santa Guácara de los Lamentos. Nadie supo, nadie lo supo, ay, que comenzó el penúltimo juego de Don Julián: el último tendría balas, el último tendría un muertito.

(los fabulosos cadillacs)

8.8.06

18. Uno más

A veces me da por decirlo todo al mismo tiempo
Y me quedo callado, triste, mirando…

Arturo Sánchez Meyer


Con tanta azúcar entre las neuronas y las ideas es imposible que uno no caiga en la insoportable sensación de hablar con uno como si uno fuera uno más y no uno mismo. Si desde allá adentro pudieras ver con qué insistencia se repliega el calor aquí afuera… podrías entender por qué he decidido ponerte un nombre distinto al habitual “Manotas” que nos ha distinguido sin distinciones a ti y a mi a través del tiempo: Patotas. Patotas comenzaste a llamarte sin remedio el día que decidí que yo y yo no éramos la misma persona, el día que decidí que había sido el otro yo, el tú, quien había fallado deliberadamente el penal, el día que decidiste a echar a andar sin rumbo para volverme loco. Te acomodaste sin mucha prisa en el remanso de mi cordura, cubriéndola de insomnio. Pediste café y esperaste cruzado de piernas, echando cada vez más azúcar de las reservas a las arcas del sinsentido.

No puedo decir que yo y tú (en este caso el burro puede ir por delante sin problema) hayamos tenido una buena relación desde el principio. Yo nunca he podido ver el desierto de Fanfurrias como una hoja en blanco lista para ser destazada en pedacitos voladores de fiesta. Tú sueles acomodarte sin demora en mi impaciencia. Tan pronto tocamos suelo conocido en Sombrerete, decidiste sin remedios que un lugar con sobre producción de chocolates era indigno para el campeón caído. No toleras las charlas evasivas ni las estampidas de los pretextos: pareciera como si, echando humo desde el cómodo catre de mis hombros destrozados, Patotas el Magnánimo concediera la tregua al agresor que lo tiene sitiado. ¿Será que estamos con ganas de perder batallas?

Pero Patotas tampoco se detiene. Pronto me exigiste contarte tu historia como si fueras un tercero, como si fuésemos una trinidad olvidada. Patotas se regodea, Huevotes. No fue el sordo acompañante del exilio, ni se bastó con la mayéutica muda de la soledad. Patotas se convirtió en un maestro más bien pedante, más parecido a un entrenador de baloncesto que a un pacífico guía de tendencias zen.

- Un día me vas a sacar de quicio, Manotas, caminando tan tristón en el desierto.

Patotas se olvidaba. Se contradecía, contrahecho. Y tú, escuchabas en silencio sin mediar negociaciones justas, como si esto se tratara de una puta guerra de vida o muerte, ¿entiendes?, como si de tanto caminar a alguien se le fuera a salir el alma por las piernas, como si quisieras ser el primero en escuchar a la cordura escapándose en el último paso. Cuando él no permitió que me refugiara en ninguna comunidad medianamente amiga, tú decidiste que sería divertido ponernos a jugar a la locura. Pinche Huevotes. Como si nos saliera gratis.

- No hay bronca: puedes regresar al Torneo y demostrarles lo contrario, mira: hay volutas de nube en el cielo.
- No seas mamón. El cielo está nublado.
- Mira –terciando–, la cosa es que todavía puedes regresar a Fanfurrias y jugar al héroe exiliado, cosa que no van a entender de todos modos, porque nadie ha escuchado jamás a Joaquín Sabina, y mucho menos han visto películas del oeste. Ya. La cosa es que aprendas a mandarlos a chingar a su madre.
- La tarde está tan fácil… Si vieras con qué soledad llueve allá afuera…
- (Unísono) ¡Déjate de mamadas!

¿Tú crees que la cosa sea HEROÍSMO = CHINGUE-SU-MADRE? Y no me refiero al heroísmo de banqueta, el que se gana a patadas o con corrupción de azúcar. Me refiero al heroísmo de los libros de Historia, al de películas donde no existen los escusados, los mingitorios ni la siesta. En todo caso, tampoco creo que por chingue-su-madre nos estemos refiriendo a la desidia cocinada a fuego lento a través de años y años de raspones emocionales. Lo más sensato sería una cosa literal: mandar a la gente a chingar a su madre a la menor provocación, insertar correctamente las palabras en las conversaciones. Mira:

¿A qué has vuelto a Fanfurrias? - A ver cómo van y chingan a su madre

¿Vas a seguir jugando fútbol? - Voy a seguir mandándote a chingar a tu madre.

¿La pasaste bien en el exilio?- La pasé pensando en cómo mandarte a chingar a tu madre.

¿Es bonito el desierto, Manotas? - Tan bonito como mandarte a chingar a tu madre.

Así debe volverse uno héroe: invadiendo sin tregua los espacios de las palabras, sometiéndolas. Ser un niño que repite sin cansancio las palabras recién aprendidas que los hombres no se atreven a pronunciar sin sonrojarse: eso es agredir correctamente, eso es tomar la calle. Eso es heroísmo, eso es gloria.

¿Pero por qué regresar a Fanfurrias? En el desierto, la sobredosis de azúcar que te han propinado tus reservas se ha convertido en un dulce almíbar que hace verlo todo más tranquilo, no-no, que hace que la locura, inevitable en cualquier caso, se vaya pintando con los colores de la ausencia, suavemente, color pastel – de chocolate.

No deberíamos volver a Fanfurrias. No digas tonterías, Manotas, deberíamos volver y hacer algo añicos: romper las amarras de su torneo, hacer un atentado público, vomitar en media cancha, morir de manera fulminante como los futbolistas profesionales que así le toman ventaja a la ausencia. No, no, flaco, no se trata de volver. Claro que sí. Pónganse de acuerdo, a ver: Patotas, ¿quieres volver? Sí, sí. ¿Tú, Huevotes? También, claro. Bien, si son mayoría, regresamos. Pero falta decidir a qué. Aquí se vive tan bien con los kilos de algodón de azúcar, con las olas de Frutsi… Para ponernos de acuerdo, decidamos a qué volvemos.

PREGUNTA: ¿Por qué queremos volver a Fanfurrias a mandarlos a todos a chingar a su madre?

OPCIONES:
a) Por chocolates.
b) Por la Sarita, tan desarrollada ella.
c) Para sacar a Don Juli de la presidencia.
d) Para destrozar el torneo disfrazado de héroe.
e) Todas las anteriores.

Me declaro entonces partidario de la ausencia en presencia del caos, a favor de las aglomeraciones de monografía, digno representante de la diplomacia del cinismo. Me declaro en pos de tregua con la coherencia, me de pongo del lado de los que pasan de lado tocando fanfarrias con el claxon, de los mirones de accidente. Me declaro un héroe ausente, me declaro heroico por antonomasia y suerte. Me declaro el que gana por no haber perdido.

Y Don Juli va a ir derechito a chingar a su madre, de eso nos encargamos los tres.

“Tómate esta botella conmigo y en el último trago nos vamos”

(arturo sánchez meyer)

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.