Como si fuera una estatua que llevara allí muchos años, el Presidente Municipal observaba el atardecer desde los escalones de su oficina. Las calles polvorientas de Fanfurrias levantaban un aliento sepia que iluminaba el horizonte, enmarcando en millones de puntos cobrizos a Don Palito Pérez, quien se recortaba de la imagen en una sombra inmóvil, negra, de espaldas. Por momentos parecía que su figura emitiera el viento que levantaba la tapa del suelo para desperdigar a Fanfurrias en trazos inconstantes, enmarañados como la pintura de un niño que apenas comienza a pensar la forma de un caballo que escapa para convertirse en humo pesado. Don Palito observaba, trémulo, la caída del sol, y conforme sus ojos bajaban, caía tras de sí la pesada oscuridad de la noche, vacía como un cuadro frustrado. Desde la fatídica tarde de la final de fútbol, Palito no podía evitar sentir que todos los días, a la misma hora, su corazón también se ocultaba tras el horizonte de sus recuerdos.
Cuando llegó el gran día, Fanfurrias había logrado reunir todos los ímpetus atesorados durante meses de torneo inconstante en una marea de euforias, favoritismos y apuestas. Las calles eran pesadas emisiones constantes de buhoneros que arrojaban sus pregones hacia toda dirección, y resultaba imposible atrapar un trozo de viento que no estuviese inundado del nombre de alguno de los dos contendientes de la final: San Tavo de Reyes y Fanfurrias contra San Pedrito Infante Tezozómoc. El preámbulo había funcionado bien para comprimir las emociones, sobre todo luego de que la escuadra infantina hiciera chillar sorpresivamente al equipo de Altaviva de los Molcajetes, claro favorito de la semifinal, al anotar un magnífico gol de último segundo. El equipo anfitrión, sin embargo, había logrado el tercer lugar al derrotar a San Andrés Totopo, el caballo negro del torneo, que por poco logra vencer en la semifinal al equipo de la capital. La repentina excitación liberada por las fases eliminatorias había construido con esfuerzos titánicos una hinchada fanfurrina digna de cualquier estadio inglés: los fanáticos, de caras azules o blancas, torsos desnudos y armas sonoras al aire, se habían convertido en expertos para el arte de los destrozos. Las apuestas ya eran un motor de la economía familiar, y había cada vez más costureras y expendedores de souvenirs. Fanfurrias, la comarca de las locuras, había alcanzado su obra maestra con la final del Torneo de Fútbol, en una tarde iluminada tanto por el inclemente sol del desierto, amarillo como la soberbia, como por los movimientos mal trazados de los habitantes, que desde horas antes habían comenzado a prepararlo todo para el encuentro.
Desde la loma oeste de Fanfurrias, Don Julián Reyes observaba la escena como quien se deja hipnotizar por las brasas de una fogata. Su boca se había deformado en una sonrisa peluda, sincera pero frágil, capaz de caerse con el simple roce del primer pensamiento fugaz. Podía escuchar desde lejos cientos de pies alarmados dando tumbos arrítmicos sobre la tierra sorda, haciendo música con las telas y plásticos que, al sonar juntos, emitían el sonido de la victoria. “La gente está contenta. Y si ellos están contentos, yo he ganado, y puedo morir tranquilo: pasaré a la historia como el mejor de mi estirpe”. Don Julián sobaba su prominente panza con nerviosismo. Porque si bien sabía que se aproximaba la gloria, estaba consciente de que podría degustarla apenas unos días. Después moriría sin remedio, a causa de su Coronita Macha, infectada. La estirpe que mantendría viva, reluciente de colores chillantes y festivos, lo llevaría a la tumba. No pudo negarse una carcajada que retumbó en las espinas rígidas de los cactus secos. La ironía del asunto, pensaba, no sólo lo convertiría en un héroe, sino en un auténtico mártir.
En el valle, las cuerdas blancas abrían paso a una cancha renovada, limpia, dispuesta: un lienzo virgen, listo para recibir los trazos de las piernas fanfurrinas. La gente se apilaba con desorden en la tribuna, haciendo el ruido de la pintura que se deja caer desde una escalera. Plop-plop-tip, cada vez más sonoro, cada vez más llenando el cielo azul de tonos magenta invisibles, tirado a rojo. En medio del barullo general, sonó la prueba del altavoz. Una voz inteligible balbuceó un ruido oscuro, y de inmediato salieron los equipos al campo. Había una novedad: en el equipo de San Tavo de Reyes y Fanfurrias, el jugador más pequeño generaba un desconcierto mayúsculo. De inmediato las gradas agitaron sus movimientos inconstantes. La gente corría a buscar el cambio de apuesta. El Manotas, el exiliado, el que estaba de regreso con palabras inasibles y actitudes deslavadas, estaba en el campo, lleno de nuevas proezas. Los gestos de los infantinos los delataban: había sudor y sonrisas forzadas. En medio de tal euforia se dio el pitazo inicial.
Presa de una sombra dividida en fases, recibiendo arena en la cabeza a causa del alboroto, Santillán esperaba debajo de las gradas. Fue el único que vio a cabalidad la primera patada, a cargo del Manotas, mientras el resto del pueblo daba tumbos por las casas de apuestas. Sus ojos, iluminados caprichosamente por una de las entradas de luz, no permitían descubrir sus intenciones. Cuando el plan se había trazado, no se había negado, pero tampoco había asentido de manera definitiva. Bastó con verlo tomar el arma y caminar hacia debajo de la grada para saber que lo haría. Su mano derecha sostenía con fuerza pétrea la cacha; la izquierda sobaba el revólver una y otra vez, como lustrándolo para el momento de gala. Sus ojos, clavados en el palco, le invitaban a adelantarse al plan y terminarlo todo de una vez. Bastaba con apuntar, ahora que nadie podía siquiera suponerlo ahí, al sombrero de Don Juli, dispuesto en el palco presidencial (sobre el techo de una casa), tentándolo a hacerlo rápido. Un último apostador salió de otro rincón de la grada, corriendo sobre Santillán, arrojando arena que cayó caprichosamente en sus ojos. Cuando recuperó la visión por completo, Don Julián había desaparecido del cuadro. Santillán, en silencio, con un rostro inmóvil, siguió esperando.
Pasados dos minutos del mejor partido del torneo, el marcador iba sorpresivamente dos por uno, a favor de San Pedrito Infante Tezozómoc. Sin embargo, y para el desconcierto de los jugadores, nadie había aplaudido un solo gol. Los espectadores estaban reordenando sus apuestas, siempre a favor de San Tavo. La vista desde la casa de Palito era desértica: un cuadro verde desolado, a pocos metros de una jauría de escarabajos comiendo una pierna de pollo. El asistente de la presidencia, recién convertido en conspirador, se dio cuenta de algo: lo que ese torneo había hecho con Fanfurrias había sido darle una estocada final. Sería cuestión de tiempo para encontrar chicos queriendo jugar de manera profesional, padres huyendo para conseguir el dinero necesario para comprar playeras oficiales, madres aburridas aguantando tardes de amigotes y cerveza. El fútbol había abierto de par en par las últimas pasiones ocultas de Fanfurrias, condenándolo al trajín del abandono. Palito se percató de ello con tristeza, al tiempo que el resto del pueblo se perdía de jugadas memorables y goles soberbios. “El horror, el horror”, pensó. Y luego, callado, se dedicó a pescar el rumor de la desgracia.
En el campo de juego se decretaba el medio tiempo. Apenas los primeros apostadores, satisfechos con su cambio, volvían a las gradas para percatarse de una horrible realidad: San Pedrito Infante Tezozómoc iba derrotando a San Tavo de Reyes y Fanfurrias por tres goles. En buena medida, el resultado parcial tan sorpresivo se debía a un sencillo factor: Manotas no había relucido su colorido talento en todo el partido. Desde media cancha, había clavado los ojos en el balón, sin apenas rozarlo. En el palco presidencial, Doña Porfiria se mofaba de la situación en silencio. Sólo la sesuda estupidez de su marido podía dar pie a tales situaciones. Después de todo, sí merecía morir: de no haber hecho de Manotas el héroe fatuo que hoy era, la gente no estaría armando otra trifulca, presa del pánico de perderlo todo.
El segundo tiempo fue un menjurje disparejo de emociones encontradas. Al principio, Manotas sorprendió con un pase de derecha que tomó desprevenidos hasta a sus seguidores. A partir de ese momento, el partido se convirtió en un juego de líneas astutas y giros en el aire. Los jugadores fanfurrinos habían adquirido en poco tiempo una habilidad digna del arte, que detonaba en los espectadores un conjunto de emociones nunca antes vistas en Fanfurrias. Los gritos de porra contrastaban con las peleas repentinas que terminaban siempre en un abrazo ebrio; los gestos pasmosos, con los bailes efusivos y exagerados; las banderolas al viento, con los saltos en tierra. El único rostro que no cambiaba nunca era el de Don Julián. Dispuesto en el palco como un Buda hechizo, se sentía reluciente, luminoso, eterno. Por cuarenta y cinco minutos, lo fue. En algún momento del segundo tiempo, los gritos corearon su nombre en señal de reconocimiento. Oculto por el halo de su ego, encumbro sus sospechas. “don-ju-lián-don-ju-lián”. El rumor insistente lo tomaba por los oídos, colgándolo se la cumbre de la soberbia. El presidente municipal, rodeado de trabajadores e hinchas alzados, era un auténtico dios caído.
Manotas notaba esto desde la cancha. Para él, Don Julián no brillaba en un halo incandescente: más bien parecía la mueca malhecha de un vacuno, fustigado por el pastizal inmenso. Buscaba la mirada de Santillán, quien también observaba detenidamente al presidente, devorándolo, sacándole a fuerza los colores, desarmándolo para después volarlo en pedazos distintos. “Así que eso es la gloria”, pensó Manotas: “estar tan abrumado por el paisaje, que resulta imposible medir la altura de la caída”. En ese momento, el balón rebotó sonoramente en su cabeza. Así, anotó su único gol del partido, de manera completamente casual.
El partido terminó con una victoria apretada de San Pedrito Infante Tezozómoc, ocho goles por seis. La gente, apesadumbrada por sus apuestas precoces, huyó de la cancha tan pronto como se dio el silbatazo final.
Manotas sonrió: sería más fácil de lo esperado.
Palito, dispuesto al lado de su jefe, le miro la sien como quien mira una fotografía de un muerto. De pronto, estaría dispuesto a salvarlo.
Doña Porfiria fue a hacer tamales.
Santillán, todavía a la sombra de la grada, cortó cartucho.
(conrad y meyrink)