27.9.06

30. Episodio 2: la caída de los Reyes

(El siguiente es un escrito sobre el Torneo de Fútbol Copa Fanfurrias 2006 propuesto para el libro de texto gratuito de la escuela primaria de Fanfurrias, tomo de “Historia Regional”, edición 2010)

Episodio 2: la caída de los Reyes.

La familia Reyes había durado más de cuatro generaciones en el poder gracias a la organización de un deporte pueril llamado Cacería de Hormigas. Al final de su periodo de gobierno, el último de los Reyes, Julián Reyes y Reyes, optó por organizar un torneo de otro deporte para obtener fama. Gracias a un televisor traído de manera inocente por el entonces ayudante de la presidencia, Palito Pérez, Reyes descubrió el fútbol, deporte capaz de ocasionar toda clase de emociones. Decidió organizar un torneo de ese deporte con la intención de pasar a la historia y de perpetuar el gobierno de su familia.

En la organización del torneo implicó a un chico llamado Patricio Guerrero, que conocía del deporte y podía enseñarlo a todos los fanfurrinos. El chico, más que ser un valiente jugador, resultó ser una lacra que envició a todo el municipio. Julián Reyes, convencido por el joven impostor, decidió utilizar este deporte para humillar y controlar al pueblo. Nadie se dio cuenta de ello, así que se organizó el torneo y se construyeron varias obras para soportarlo. De esta época datan ruinas como la cancha de Altaviva de los Molcajetes (ver imagen 32).

A pesar de la resistencia del pueblo, se comenzó el torneo. Aunque al principio éste no fue exitoso para los malévolos planes de Reyes y Guerrero, lograron someter a todo el municipio. Palito Pérez, en un intento por sabotearlo, organizó el Primer Mundial de Hormigas Rojas. Casi logra derrocar al dictador, que, de cualquier forma, no se dio por vencido. Mandó a Guerrero a un viaje en busca de refuerzos que resultó exitoso. A su regreso, logró que todo el pueblo participara con resignación en el torneo.

Casi se consuman los malvados planes de Reyes y Guerrero, de no ser porque, el último día, el entonces presidente municipal confesó que Guerrero era su hijo. Eso terminó por hartar a la población, que al mando de Palito Pérez se alzó contra los tiranos. Finalmente, éstos fueron fusilados en la plaza mayor de Fanfurrias, donde sus restos estuvieron colgados por seis meses. Así terminó la dictadura de los Reyes y comenzó el gobierno liberal de Don Palito Pérez, héroe de Fanfurrias.

Episodio 3: la Era del Progreso.



(star wars)

26.9.06

29. El heroísmo en tiempos de hormigas.

Hay dos clases de héroes: los que pasan a la historia y los que no. Los primeros se distinguen por tener el tino necesario a la hora de morir; son capaces de meterse una bala en la sien, así sin ver, en el momento en el que se encuentran justo en la cima. Tienen la capacidad de cálculo, la estima baja y normalmente alguna deficiencia física que les impide correr más rápido. Eso es tanto como decir que tienen la estupidez necesaria para gritar frente a la familia de Fulano que Fulano es un malparido. Son más cortos de visión; por eso mueren. Los otros, normalmente, y aunque sean más capaces, inteligentes o hijos de puta, se vuelven héroes en vida que se extinguen como un gol hecho en offside.

Yo debo estar en el grupo de los segundos. Sí: soy un héroe, pero uno que no se las gasta en trajes de gala y figuras ecuestres. Me he contentado con saber que, en el momento preciso, cuando sólo observaban los dioses, que son los que importan, he hecho lo debido. Eso me basta.

Los sucesos de la tarde de la final del Torneo han sido ultrajados varias veces ya, a sólo dos días de haber ocurrido. La Historia Oficial dirá que yo fui el traidor de todos los frentes, y quizá lo dirá con la boca llena de razón. No lo sé, pero creo que tampoco es importante. La Historia Oficial dirá, sencillamente, que, luego de haber fraguado una conspiración contra el Presidente Municipal Julián Reyes, ésta falló en el momento decisivo. Dirá que en el partido fallé goles como si fueran gratis; dirá que metí uno de pura suerte, y dirá que, a pesar de ello, provoqué la rauda caída de la economía familiar de Fanfurrias, al ocasionar con mis errores o mi desidia que todos perdieran la apuesta. Más abajo, dirá que, frustrado por haber visto disparar en vano a Santillán, y luego de saber que Palito nos había traicionado, intentaría una nueva forma de asesinato. Finalmente dirá que, a sabiendas de que Palito desenmasacararía a Julián con su carta de suicidio, decidí pasarme de lado de los ganadores o de los perdedores honrosos, delatando al ayudante de la Presidencia. En suma, la Historia Oficial dirá puras sandeces.

Lo del partido no tiene otra explicación que la estrategia. Yo me había percatado de que mi regreso significaba en el Torneo un brutal cambio de posibilidades. El pueblo me adoraba, y lo más probable era que todos cambiaran las apuestas a favor del advenedizo Manotas. Eso era una clara herramienta a nuestro favor: la turba, enojada, ya tendría el brío necesario para odiar a Julián. Que no se diga que mis continuos fallos se debieron a mi falta de habilidad deportiva. Porque eso será cierto, pero también será perder la perspectiva de las cosas.

Es cierto que ver a Santillán estático frente al Presidente que no había asesinado me llevó de pronto a pensar en nuevas formas de asesinato, sobre todo luego de hallarme abandonado por el verdadero traidor, Palito. Sin embargo, no fue por ello que decidí defender a Julián, como todos han decidido pensarlo. La realidad es que yo sólo quería distraer la atención. Pensé que, en el bendito momento en el que todos voltearan a ver a Palito, tendría la oportunidad de machacar con mis propias manos al ahora difunto Presidente. Falso. Jamás pensé que ahí, frente a todo el municipio, Julián anunciara su abrupta muerte. El resto es fácil de trazar: la gresca quería para sí a Reyes, y yo estaba en medio. Debía correr.
Una vez aclarado esto, es preciso contar lo que pasó en la huída. Es falso que la gente me agarró en el camino. La verdad es que yo me entregué.

Nadie que se entregue a una turba iracunda puede ni debe estar en su sano juicio. Yo no soy la excepción. Ahora que me encuentro colgado, hambriento, mientras decenas de niños chocarreros tragan chocolate ante mis ojos como sanguijuelas que se encuentran una buena mañana en medio de un banco de sangre, sé que mi decisión fue, cuando menos, errada. En realidad yo pude haber huido hasta el refugio de Bárbara, el cocodrilo, sin problemas. Estuve escondido un par de horas bajo un maguey. Y todo iba bien, hasta que tuve un encuentro inesperado.

- Verás: en el cielo de las hormigas tenemos buenos planes de financiamiento. Sin duda podrás encontrar un terrenito alejado del ruido de los túneles.

La hormiga roja reina, que nunca salía a la superficie, se me apareció ahí, con todo y su vestido de noche (y un par de fotografías de la ceremonia en la que la premiaron, gracias a su excepcional desempeño en el desfile en traje de baño, y gracias a que cuando le preguntaron por su mayor deseo, respondió “la paz de la colonia) para invitarme atentamente a volver a Fanfurrias.

- La realidad es que las cosas nunca han estado tan calmadas en la colonia como ahora durante el Torneo. La gente pisa tranquilamente nuestro hoyo, y nosotros los picamos sin el temor de que a los dos minutos tengamos una turba sobre nosotras intentando cazarnos. Supongo que si Julián muere, no habrá quien perpetue esta tradición. Tú debes ser el más indicado.

- ¿Y lo que ofreces es un lugar en el cielo de las hormigas?...

- Claro. Serás considerado un santo. Piénsalo: en realidad, nuestro cielo tiene muchas ventajas sobre el de los humanos. Nada de celibato ni de angelitos insoportables rascando su puta arpa todo el día. Acá sólo comer y morder piernas, nomás.

- ¿Y qué pasa con los fanfurrinos? Acuérdate que no tenemos medicinas contra la picadura de hormigas rojas.

- No te preocupes. Si todo sale bien en la conquista de la colonia del municipio de al lado, nada le faltará a nadie.

- ¿Y si por algo fallo? Quiero decir, sabes que Fanfurrias es un municipio inestable, y quién sabe si la NBA genere otras cosas. Eso tendría inconvenientes para tu colonia, los saltos y esas cosas.

- Si fallas, es sencillo: te comemos en cuanto te encontremos.

- Oh, eso sería terrible…

- No tanto. Pregúntale a Herman Tripié, ese alemancito que se comieron las primeras madres tan sólo pisar las costas de Yucatán. Hoy el rubio ése tiene un penthouse en una colonia elegantísima, entre la Gran Reina Madre y Michael Hutchence.

- No me digas que…

- Sí; lo de las drogas, pura pavada: nos lo comimos nosotras.

Así que con la promesa de una villa en la Toscana homiguil, decidí entregarme. El resto no es mucho: yo, colgado de la plaza principal, Palito organizando el segundo Mundial de Cacería de Hormigas, las hormigas rojas, entre moribundas y temerosas, buscando a marchas forzadas el asta de donde me tienen colgado mientras juntan filas para sobrepasar el Mundial.

Ya se ve: como decía, hay dos clases de héroes. Los de los hombres y los de las hormigas. Yo, sin más remedio, sigo siendo de los primeros, entre los cuales sólo se llaman así los que mueren a tiempo. Y yo, claramente, igual que Julián, igual que Palito, igual que todo Fanfurrias entregado a su gula, no entro en el rango. En todo caso, seré un héroe caído entre las hormigas, entre quienes sólo la traición es un heroísmo verdadero. Vaya a saber.



(orsai)

25.9.06

28. Siete locos

Mi abuelo fue el primer fanfurrino que aprendió a leer. Eso ocurrió cuando tenía casi cuarenta años. En cuanto tuvo la habilidad de empalmar los dibujitos con significados concretos, insistentes, no paró de hacerlo. Pronunciaba en voz muy alta toda letra que se le paraba en frente, y cuando un libro llegaba hasta la presidencia municipal, era el primero en devorarlo con pasión. Solía contarme con holgura que el primer libro que había leído era uno del gobierno, donde les enseñaban a los niños la Historia de México. El segundo era una obra que a él le parecía inexorable y vital: “La náusea” de Sartre. Por alguna razón que ni el más sagaz entendería, aquello de que la existencia precede a la esencia le parecía una máxima de vida que, estoy seguro, tenía para él tal importancia debido a que sólo así podía entender lo que significaba Fanfurrias. Años después, revisando el viejo cargamento de libros entre los cuales estaba el Reglamento de Humphrey, encontró un altero recién llegado que incluía títulos prácticamente nuevos. Entre ellos encontró el texto de un argentino llamado Roberto Arlt. De ahí extrajo por lo menos dos cosas que, al día de hoy, rebotan con terquedad en mi cabeza. La primera es que el libro de llamaba “Los siete locos”; la segunda es un fragmento que a mí siempre me pareció escrito a propósito de esta comarca:

“Luego le volvió la espalda, y antes de que ella atinara a volverse hacia él, a rápido paso se perdió entre la neblina. Comprendía que gratuitamente había ultrajado a la muchacha, y esta convicción le proporcionó una alegría tan cruel, que murmuró entre dientes:
- Ojalá revienten todos y me dejen tranquilo”

Así siempre me pareció Fanfurrias: una repetición incesante de siete locos (de apellido Reyes), un juego entre muchacha, alegre cruel y neblina; una juego de escondidas. Luego de recordar algún pasaje de un libro, mi abuelo se detenía para decir que Fanfurrias es una comarca itinerante. En las mañanas de verano, parece una tortilla recién salida del comal; en las noches de otoño asemeja una decisión mal tomada por un dios beodo. Es como un montón de tierra a la merced del viento de abril: a pesar de que uno puede suponer el rumbo de cada minúsculo grano, lo cierto es que jamás se podrá seguir con la vista cada vestigio del montoncito; lo cierto es que es altamente probable que un niño sople con fuerza y matice el viento con las jugarretas de la primavera. Es un invierno pluvial sin lluvia. No me sorprendería que una buena mañana de agosto, amaneciera cubierta por completo de olvido; no me extrañaría despertar any given Monday en una metrópoli de primer mundo. Fanfurrias escapa; y hay gente que ha pasado la vida persiguiendo su sombra. Así mi abuelo, así yo mismo, así Julián Reyes.

Leo de nuevo el corrido que narra la historia de cómo mi anterior jefe cayó del gobierno y no puedo evitar remitirme a todas las veces que la comarca se ha enfrentado a situaciones ficticias que terminan convirtiéndose en ficción, o viceversa. Como siempre, la Historia se vuelve difusa a través de las voces, como si cada tanto las letras que dejan sentado lo que fue, decidieran hacerse un cambio de look a quemarropa para desdecirse de lo dicho con anterioridad. Estoy plenamente consciente de que la historia me juzgará de la misma manera, y me asumo cierto de que eso, como siempre, es completamente irremediable. Por ello no pretendo justificarme ni sacar partido de una situación meramente arbitraria que me ha puesto, al final del camino, en una posición aventajada. Sí considero necesario, sin embargo, dejar aquí mi punto de vista sin tapujos. Sirva en un futuro para posibles investigadores (¿académicos? ¿novelistas tratando de ilustrar mejor mi estampa? ¿Dios?), a modo de pruebas ante el juzgado de la Historia.

Yo nunca tuve por intención de “salvar la tarde” y asesinar a Julián a falta de tino por parte de Santillán. Es cierto: sus métodos nunca me parecieron del todo acertados. Como dije, siempre creí que tenía más de loco que de gobernante. Sin embargo, sus juegos, en realidad, jamás afectaron a nadie. Es más: hasta donde puedo recordar, sus torneos de cacería de hormigas, sus repentinos impulsos dionisiacos, sus zarandeos de ánimo, sirvieron casi siempre para hacer de Fanfurrias un lugar preciso, que, si bien escapaba constantemente de la neblina, entraba en el juego persecutorio de buena gana, a la espera de que nosotros, sus tumultuosos perseguidores, le encontráramos para hacerle cosquillas. Julián era el heredero de la estirpe que sabía dónde encontrar el tablero de juego, de la familia que siempre terminaba poniendo de buena gana los refrescos para la fiesta. Y eso, hasta ahí, iba bien.

El Torneo de Fútbol, sin embargo, fue otra cosa. Una cosa que, sobre todo, se salió de sus manos. Nunca supo medir hasta qué punto la gente lo tomaría en serio. Supongo que pensó que ello terminaría en gente comprando teles, en una comarca moderna. Los hechos demuestran que no fue así, y que, en muchos casos, un niño medio zafado siempre pudo más que él. Y al salirse de sus manos, el Torneo estaba desmembrando lo último que quedaba de Fanfurrias. Desde mi punto de vista, era la estocada final a un pueblo muerto; aquello era una novela sin desenlace, o con un final muy aburrido o triste. La culpa, claro está, era completamente de Julián. Y por eso acepté en un primer momento, movido por la ira del momento, por sus requerimientos tercos, por no haber visto por última vez a mi padre, entrar al juego de la conspiración. Pese a ello, jamás pensé en ser yo quien le diera la estocada traidora. Es más: en algún momento me arrepentí, y hasta estuve dispuesto a cruzarme en el camino de la bala que llevaba su nombre. Por fortuna (o por una desgracia que puede salirnos cara), Santillán olvidó poner las balas. Y ahora soy yo el nuevo presidente municipal, medio distraído y sin mucha idea de lo que debo hacer.

Lo que llevaba en la mano no era la nota suicida de Julián. Es cierto: sabía de su enfermedad mortal y de sus intenciones de suicidio, pero eso era problema de él y nadie más. Es más: yo sabía que su enfermedad no era otra cosa que un pretexto para convertirse en mártir de propia mano. Lo que yo llevaba eran las páginas faltantes del Reglamento. Las encontré en la Presidencia, momentos antes de que terminara el partido. En ellas, Humphrey no hacía más que una severa advertencia que todos pasamos por alto. Cito textual:

“El fútbol es una pequeña guerra que puede cobrar víctimas de las filas de los aficionados. Equiparar el juego con la vida o la vida con el juego es irremediable; pero jamás se debe caer en la tentación de cambiar la una por la otra. Y, de caerse en ello, debe entenderse que el juego es para jugarse y la vida para vivirse, que es lo mismo; ni la una para morirse ni el otro para perderse”.

Con esta cita pretendía no sólo calmar los ánimos de una turba a punto de turrón, sino prevenir a Julián del peligro de su decisión fatal. Por desgracia, no lo logré, y Manotas, anticipándose a mi anuncio, supuso muchas cosas. El resto es historia.

Ahora: mi orden no fue matar a Julián, sino encontrarlo. Luego de que huyó a esconderse, mi principal preocupación era que fuera a suicidarse. La euforia del momento generó que dicha orden fuera mal interpretada. Sobra decir que me fue imposible apagar el fuego que terminó por consumirlo. En adelante, lo que me quedó fue darle sepultura, darle al municipio su nombre, aceptar el puesto (que por ley me correspondía) y darle la despedida a Doña Porfiria, que se fue con todos los bienes de Julián a Estados Unidos, según ella a poner un negocio.

Y sobre Manotas no diré más. La verdad es que se me olvidó que estaba ahí colgado del poste. Cuando me di cuenta, decidí dejarlo colgado por consejo del nuevo asistente de la presidencia, que sugirió conservarlo como muestra de lo que en este municipio se hace con los traidores. Yo no puedo evitar estremecerme ante la idea de un niño colgado para siempre en medio de una plaza pública; pero los problemas de la presidencia son bastantes como para darme el lujo de ir a bajarlo yo mismo, a sabiendas de que nadie más lo haría.

Ahora nos queda este municipio nuevo de San Julián de Pérez y Fanfurrias; quién sabe qué dioses, quién sabe qué impulsos, nos harán estremecer de nuevo sus cimientos, mientras vamos persiguiendo su nombre por la neblina. Sólo Dios.



(woms)

22.9.06

27. Neo-corrido de la muerte de Julián Reyes

(rata-tatá-tatá-tata)

So you thought he would escape from the ira general as he was-about-to-commit-suicide. Pero nonono, qué pachó, la cosa no es that easy para el preciso bigotón. La multitud estaba armada y la mesa preparada pa’ la muerte del último Reyes que hubiera de gobernar.

Le escribieron un corrido según la usanza general, para que no quedara huella de lo mal que se puede llegar a gobernar. Fanfurrias inspiration, Fanfurrias starvation, Fanfurrias que recuerda en un corrido los hechos de la final en una ultimate ranchera version. Luego de que se le alzara toditita la banda por haber mal anunciado un ganador de conveniencia, Manotas Guerrero se pasó del lado de los traitors de los traidores, que es peor que ser un Judas picarón. Palito recapacitó, por el bien de los fanfurrinos all, y se abalanzó sobre Julián, apunto de meterse bang-bang en la cabeza antes de que lo matara la gresca. Pero le faltó time, time is money, y la gresca le hizo correr y esconderse un par de horas. Lo bueno es que la tradición era la cacería de red ants, y todos estaban hechos a la idea de meterse entre los matorrales. Lo agarraron con las redes como si fuera una bola de red-es ants y luego le escribieron su corrido mientras ardía en la plaza central, colgado del cuello como Judas de Navidad.

Soy el ritmo,
Soy el boom, soy el sonido de la bala,
Con el que bailas derechito hasta el infierno de los lacras.
Pinche culero malnacido mujeriego (parrandero y vividor)
A ver si le haces tal mamada a tu grandma
En el infierno de los lacras

El Palito completito autorizó la letra buena del corrido que se hizo en la parranda subsecuente. A él le habían pedido que prendiera la fogata (FIRE! FIRE! FIRE! FIRE!) donde iba a arder el compa. Mientras tanto ya tenían al Manotas amarrado de cabeza cual vampiro chupasangre de los peores. Pero Palito, diligente, decidió salvar la vida del ojete. La turba empecinada (quiere sangre, quiere bala) pedía a gritos la condena de la familia de los malnacidos.

Palito el great capone
Refirió las glorias de los dones
Y dijo “que mejor se largue lejos donde no lo vide
Así todos nos quitamos de complejos”

Y lo dejaron correr como mariquita sin calzones lejos de Fanfurrias City. Pero Palito, dándose cuenta de la gravedad, le encargó a dos batos que fueran a alcanzarlo y le prendieran fuego justo donde fuera lloriqueando. Pero la gente, que quería verlo arder, se fue toda a cortarle el paso y lo trajo de regreso hasta su rancho, para verlo como cabrito de barbacoa ardiendo sobre un palo pero bien metido en lo más profundo del infierno chocarrero, debajo de la tierra nefasta.

Y así murió el ultimate son-of-a-bitch de la comarca de Fanfurrias.
(rata-tatá-tatá-tata)

Quedaba un problemita que tenía encañonados a los demás en Fanfurrias. Manotas seguía colgado del asta bandera, con los calzones meados y los sesos rastafarios.

El chamaco cachirul
Se quedó colgado para siempre del gran puirul
Dando pataleta de newly born
Siendo que en su vida nunca había nacido para nada.


Y Manotas se quedó colgado para siempre. Tiempo después, sólo serví como juego ara los niños, que lo usaban de espiro para divertirse por las tardes. A veces alguien se comía un chocolate y dejaba la envoltura a su lado. Manotas, tieso, ya no podía hacer nada.

No quedó más remedio que nombrar a Palito Pérez como nuevo preciso de la zona. Y a él no le quedó más remedio que aceptar el puesto. Por divertirse le cambió el nombre a la comarca, en honor a un pasado asqueroso que nadie quería de vuelta for good: San Julián de Pérez y Fanfurrias.



(plastilina mosh)

21.9.06

26. Terrorismo

18: 15: 23

- ¡Palito! ¡Palito! ¿Pos qué hace? ¡Ya véngase, antes de que lo agarren a usté!

(En el podio, el equipo de San Tavo de Reyes y Fanfurrias toma sorpresivamente el puesto del primer lugar del torneo. Manotas queda estático en medio de la cancha, incapaz de creer lo que acaba de escuchar y lo que ahora se le mete por los ojos: una turba confusa, de la cual comienzan a salir brotes de inconformidad con playera de San Pedrito Infante Tezozómoc, y un Palito Pérez que se acerca temerario al palco, con una carta en la mano, dispuesto a lo que sea).

(Pelito se detiene de espaldas a Manotas, y apenas voltea para darle un apretado perfil a Manotas).

- No. Estás muy chamaco para entenderlo. Espero que cuando seas grande recuerdes esto como lo mejor que nadie ha hecho por Fanfurrias.

(Manotas, en un ataque de pánico, corre hacia el podio. Pelito apenas alcanza a verlo subir al lado de Don Julián, quien es incapaz de ocultar el desconcierto al ver a su enemigo de pie a su lado).

- ¡Detengan a Palito! ¡Quiere matar a Don Julián a papelazos!

(Las miradas se abalanzan sobre Palito y el tiempo se detiene. El cielo es anaranjado).

- ¡No! Dejen en paz a ese hombre.

(Don Julián irrumpe en el juego de miradas y emociones).

- Ese hombre no me va a hacer otra cosa que un favor. Les va a mostrar mi carta de suicidio. Fanfurrinos: hoy voy a morir, y ustedes tendrán el privilegio de verlo.

(Don Julián saca la pistola y la recuesta sobre su sien. Abraza el gatillo. Doña Porfiria, helada, se hace a un lado para que no le salpique la sangre).

(Una mano sobresale de la turba. Las miradas están clavadas todas en la cabeza de Don Julián, envueltas de ira).

(Palito arruga el papel).

- No va a ser tan fácil, Julián Reyes. Ni cerca de lo fácil.


18: 15: 35


(24)

20.9.06

25. Balas en la pistola

No disparó a tiempo porque olvidó ponerle balas a la pistola. La mera verdad es que se nos olvidó a todos: a unos por amor propio, a otros por la duda, a la otra por la displicencia de los papeles, al último por el fuego de los ojos, que le impidió mirar con detalle el tubo del revólver y el carrousel giratorio. Así nos dimos cuenta cuando la gente se arremolinaba frente al podio, escondidos en el corral de los guajolotes que graznaban como queriendo escondernos adrede.

- ¿Qué haces, Santillán?
- Este no hace nada. Con tanto practicar la puntería contra los árboles, con tanto ponerle cara de Julián a todo, se le va a olvidar cómo es su rostro y le va a disparar a un cochino.
- Que no sería tan distinto.

A lo lejos, enmarcando el horizonte desmembrado, una parvada de zopilotes emprendió el vuelo, llenando el cielo de puntos negros. Mis ojos habían hecho agua, hundidos en los pensamientos. Manotas estiraba los ojos hasta el mar de gente que despuntaba a Don Julián a flote. El otro se iba convirtiendo poco a poco en sal.

- ¿Nunca te dije cómo fue que yo estuve a punto de meter un gol?



“Yo podía ver la parte de la espinas que nadie notaba. Eran hilos chiquitos, con los que los matorrales se colgaban del cielo y atrapaban la poca luz que les daba verde. Podía ver esas hojas invisibles que se estiraban entre los garambullos y los mezquites, que detenían el viento y lo manoseaban hasta convertirlo en un suave susurro color atardecer. En eso pensaba todo el tiempo, en cómo las manitas de las matitas se estrechaban en cordial saludo, como preparados para una gran fiesta en mi honor…”

- ¿Qué andas haciendo, muchacho?
- Nada, aquí nomás.
- Si te sigues tanto tiempo en la loma te va a morder una araña. Mejor vente para la casa o ayuda a tu padre que ya se metió en líos por lo de la cacería.
- Sí, ya voy, mamá.

“Y cuando pensaba en esto pensaba en mi estatua, cubierta por completo de manitas de espina, rodeada de hilachos amadejados colgados de un atardecer lejano, con mi nombre puesto sobre la tierra roja del desierto de Fanfurrias…”

- ¡Ándale, chamaco! Te digo que vayas a cuidar a tu padre, que ya se le treparon como cien hormigas y como treinta concursantes molestos que segurito le rompieron la pierna.

Bajó lentamente de la loma, rodando a veces junto con los guijarros que escapaban del monte, cubriendo la tierra que anhelaba a su nombre. En la puerta encontró a su padre sentado al sol, bebiendo limonada.

“Yo coleccionaba guijarros de colores. Tenía suficientes para construir un país de ciegos, una tierra de maravillas, y colores imposibles, y guijarros explosivos como la imaginación. Yo tenía un país de riesgos felices.”

- Ándale, muchacho. Vete a ver si ya puso la marrana. Y si encuentras que ya puso, córrele a buscar a Don Fermín, que andaba haciendo una quiniela con eso. Si todo sale bien, les ganamos a los otros infelices.
- Lo que usted diga, papá.

“Me gustaba colgar cada guijarro de un hilo de espina. Me imaginaba que así mi país estaría en el cielo, donde nadie pudiera tocarlo y donde fuera de todos y para todos, eterno. Un país en el que caminar significara lo mismo que volar cogido de las manos de los cactus, de los cabellos del huizache.”

- ¡Julián! ¡Julián, ven para acá!
Pero él no oyó. Ya iba muy lejos.


Sobre la cancha de Altaviva bullía el lento escozor del silencio, que dejaba el aire limpio, dispuesto para el discurso final. Sobre un tablón descuartizado, caprichosamente dispuesto como escalones que asemejaban la puerta trunca del infierno, se disponían los tres primeros lugares del torneo, a la espera de la premiación. La tierra dejó de moverse.

- No.
- Fue con una hormiga. Le tiré el balón para aplastarla, y casi lo pierdo en este mismo corral. Yo pude haber estado allá arriba.
- Tú deberías estar arriba.
- No. La tierra que nos pertenece está arriba.

La sombra de Don Julián Reyes y Reyes se desplomó sobre el campo, haciendo retumbar el vaho de las plantas, que se escondieron en la penumbra de la figura del Presidente. El viento, en la huida, removió los granos de arena, que se llevaron con ellos la sombra, deshilachándola.

“Me siento auténticamente honrado de coronar en esta hermosa tarde el coraje de los jugadores de este municipio”

- ¿Nunca te conté cómo le gané a Patotas en la carrera del mezquite feliz al mezquite sobado?

La gente aplaude. Manotas extiende una historia en un susurro que se aleja cada vez más del corral, internándose en la arena, como si hablara desde su tumba. Intento agotar la gotera de mis ojos con el aire desteñido, que se escapa.

“Los tres primeros lugares han demostrado su superioridad a lo largo de un campeonato ejemplar que ha transcurrido sin mayores contratiempos, en un tiempo récord de apenas dos semanas.”

- Y entonces Huevotes nos dijo que el mezquite se lo había sobado. Pero también era mi padre, ¿entiendes? Era mi padre el del mezquite.

Doña Porfiria se ve pequeña, se va convirtiendo imperceptiblemente en un árbol caduco, en una tabla más del ataúd de Julián. El sol se vuelve a asomar por el oeste, como si hubiese olvidado su valija en el umbral de la desgracia. El otro, convertido en arena, fluye por los mocos de los cóconos, se convierte en un graznido infernal.

“Es por ello que nada puede llenarlos más de orgullo que saberse los primeros héroes de la historia deportiva de Fanfurrias. Porque recordemos que lo importante no es ganar, sino dejar el alma en los pies; que lo relevante no es el número de goles, sino la gloria de cada uno de ellos; que el tesón es lo que se eleva al cielo; que es con estos vítores y este esfuerzo que se construye el país de los sueños.”

- Pero no podía quedarse callado, ¿verdá? El maldito lagarto no podía quedarse así clavado al sol y tenía que llamar a su pandilla de buitres.

Mi mano se confunde con un matorral de magueyes secos. Tengo la impresión de que esto ya ha pasado en un sueño que tuve de niño, en el cual todos se afincaban en un rincón al alarido de un perro rabioso. Tengo la impresión de saber dónde va a terminar esto, pero sé que los recuerdos de ese sueño están enterrados en el promontorio que voló primero con el viento. Manotas se alza incontenible y se vuelve gigante, se desnuca y avienta su cabeza rabiosa hacia el corazón del silencio que se oculta tras el sonido de los altavoces.

“Es por eso que no me queda más que premiar a los homenajeados, a nombre del municipio de Fanfurrias, al cual, desde hoy, le han dado la gloria”

Las palmadas incontenidas se escapan de la jaula de las emociones y terminan por vapulear a los guajolotes, que huyen despavoridos hacia las cancha. Manotas va dos pasos delante de ellos.

- Este cabrón se muere hoy, aunque vaya yo de por medio.

Malea. Sus brazos se acurrucan en el cuadro de la imagen de la premiación. Se confunde con los movimientos torpes de una turba acomedida. Y sus jadeos penetran como espinas colgadas del cielo mis pulmones.

“Recordemos que las victorias son finitas, pero siempre cobran factura. Como el maíz que muere cuando nadie lo ve”

Saco de mi morral la única cosa que debía haber llevado siempre en la mano. Manotas explota e implota para quedarse impávido a dos pies de la puerta del corral. Su sombra, fustigada por el sol que venía de vuelta, me cubre. De pronto lo entiendo todo, todo es claro. La turba se vuelve un solo hombre, y el hombre se vuelve un montón de insectos lentos, de caracoles sin concha. Lo veo de niño, parado sobre la loma, buscando los hilos que desde hace tiempo se removieron. Lo escucho rememorando esos tiempos, ajustando la única palabra que no cabía en este momento.

Me levanto, decidido, como nunca. Sobre la carretera pasa un auto que arroja notas evolutivas. Mis ojos, clavados en el destino, me guían.


(rulfo)

18.9.06

24. De cómo transcurre el asesinato, junto con otras cosas que tampoco transcurren.

Salimos por debajo de las gradas. No salimos por debajo de las gradas. Patotas y Huevotes se arrastran con el lomo al aire por debajo de las gradas. Lo hacemos de noche, y el sol inclemente nos fustiga. Lo hacemos a oscuras, entre la vacilante luz de las cabriolas caprichosas de las gradas. Salimos desde las gradas. No salimos desde las gradas. Santillán sale de las gradas. Las gradas nos agujeran el pecho debajo de las camisas. Las gradas salen por debajo de nosotros.

Voy a cortarle el pescuezo, sin mediar plan alguno. Se lo voy a cortar como el polvo corta la luz, para que vuele en miles de pedacitos olvidados entre el fulgor de la cortina. No lo voy a cortar. Le voy a estirar el pescuezo hasta que le sea imposible ver qué pasa con el resto de su cuerpo, hasta que tenga que correr horas arrastrado por su lengua (a-ver-si-tan-grandota) para ver su cuerpo descuartizado, los pedazos perdidos en la magueyera, Lo veo ahí, con su pescuezo tan rechoncho y olvidado, tan tímido, pidiéndome a gritos que le de aire, todo el aire del mundo. Ahora lo veo sacándose los ojos de las cuencas, latigueando con los ojos, combatiendo los centenares de manos que se alzan en su nombre con el fuste que salen de los pómulos, ondenado al aire el orgullo de sus ojos maleables, atándome con los ojos, sin aire, como yegua enferma hostigada por el muladar de sus ojos, por la conjuntivitis artificial de sus ojos, con sus iris difamados y sus pupilas dilatadas hasta mi cuello. Ahora lo veo sacándose del sombrero grande la pancarta con mi nombre, con mi nombre tatuado de golem, con mi nombre ultrajado, que implota en los aires, que muta y se mete por los poros con el mote de “culpable”. Lo veo pensando “Manotas culpable”, sacándose de la panza voluptuosa el vómito con mi nombre, con mi nombre revuelto con sus pedazos que vuelan por los aires, las letras de mi nombre coronando cada víscera infalible, cada tejido estirado, lo veo sacándose la red de la vida a través de mi nombre. No lo veo.

Salió por debajo de las gradas, sosteniendo la cacha, con el revólver atorado entre las ganas y el rencor. Salió sin arrastrarse, porque podía llenarse del polvo sonoro de la multitud, podía esconderse detrás de los vítores, podía meterse sin problema en los gestos desteñidos de la euforia. Caminó con pasos de tres metros hacia el palco, caminó sin mediar terreno con el suelo. Y sus pasos se estiraron sin remedio hasta sus manos, y sus manos hicieron tierra en el gatillo, y el gatillo se detuvo, y Santillán se quedó quieto entre la multitud agigantada, ante el desconcierto de la masa que jugaba a la clepsidra y al caleidoscopio: todos con cara de Julián Reyes y Reyes, Julián debajo de la grada, Julián a través del campo con bandera, Julián saludando a la gente de partida doble, Julián es él y su mujer y su ausencia. Julián no es Julián y todos son Julián. Santillán es Julián; piensa en estirar la mano hasta su propia sien, y se lo impide sólo el chico que ha pasado corriendo, estirando su brazo hasta latitudes donde no puede manejarlo con certeza. Santillán paralizado, sin poder dar con Julián por dar con él en todos lados. Santillán no se encuentra, está enjaulado, su rostro cumple la sentencia de la vergüenza y parece estar encerrado tras las rejas de la incertidumbre. Santillán no es Santillán, y si no es tal no tiene por qué matar a nadie. Santillán y su gatillo, juntitos, desesperados, buscando un espejo que compruebe quién es quién y a quién debe dispararle.

Tú, por el contrario, ves a Santillán en todos lados. Saliste detrás de las gradas, y sin un solo movimiento llegaste a lado de Julián. Lo viste como una foto vieja que se te perdió en el baúl inocuo de la soledad, una soledad que cae de un tercer piso sobre tu cabeza. Lo que has encontrado es el sobre donde guardas la delación. Pero esto de los trámites es algo que va despacio. El tiempo de dios es eterno, te dices, el tiempo de dios es eterno, y los relojes se estiran, y esperas que así sea con el de Santillán o con el de Manotas, y miras a Porfiria hacer lo propio, abrazar a su marido, hacerlo dar la espalda al público, y las voces se te convierten en gatillos, las voces se te convierten en balas que amedrentan tu paso, y quieres gritar pero la distancia es aún grande y tus gritos perderían el rumbo, y las palabras llegarían dislocadas, inválidas. Tu papel no es otro que el de tenerlo ahí, de pie, impedirle el paso. Pero tú has optado por la delación, la traición a los traidores, que es la peor de todas. Tu mano se estira hasta lo más hondo de tu pecho y, con el esfuerzo, hace una gotera en tus ojos. El tiempo de dios es eterno, el tiempo de dios es eterno. El tuyo, no.

He visto a Don Julián morir cien veces. No he visto morir a Don Julián. Santillán aletea como ego volador en una jaula, Palito sigue acorde al plan, la doña ya hasta saluda a la multitud en son de apuro. La gente revolotea como si supiera que son ellos los personajes principales de una obra a la que no fueron invitados. “Don Julián” es un nombre muy sencillo de pronunciar. Sólo gritarlo, dándole el espacio que he obtenido a fuerza de odiarlo. “Don Julián”, fuerte, tronador, que salga del fondo de la tierra y lo amarre por la quijada hacia mí, que le acomode la sien hacia Santillán. Gritar fuerte, descargar la ira, decir el nombre prohibido, el nombre imposible, el nombre que no sabe que en segundos pasará a la trágica posteridad del magnicidio. Sólo debo gritar lo que no sé pronunciar. Huevotes me ha dado el visto bueno desde el palco; Patotas agita las manos incontenidas, parado sobre dos cabezas que lo llevan como héroe hacia la Historia.

Él sólo debe jalar el gatillo a la señal. Él no debe jalar el gatillo. Él debe estar seguro de tener a Don Julián en la mira. Él no debe nada. Él debe sacar esa bala del revólver, a una velocidad considerable, para que la combinación de aceleración con área del impacto resulte en un hoyo tremendamente rojizo que atraviese por lo menos unos diez centímetros de tejido blando. Él debe sacar una bala.

Tú te acercas jadeando al último escalón del podio, que te traiciona y te ata el pie al suelo, seguido del pecho y el rostro, que se estrella con enjundia contra la rígida superficie de la ignominia. Tú dejas de escuchar. Tú pretendes apenas el grito inicial de Manotas. Tú te hablas, Palito, como si así fueras a acallar las voces del destino.

Por fin abro la boca y logro poner de acuerdo el aire, las cuerdas, el diafragma, la intención. “d-o-n-j-u-l-i-a-n”. Fuerte, tan fuerte que retumba en la tierra, tan grave que despide a la gente por los aires, quedando vacía la cancha, que tarda apenas segundos en llenarse de nuevo por completo. Se escucha un disparo. Tú, tendido en el escalón del palco, cierras los ojos. Él sigue inmóvil. Don Julián, con los ojos bien abiertos, mirando el cielo, voltea repentinamente al público recién regresado del grito. Una sonrisa camina por el cuello rechoncho, todavía escondido; sigue por el brazo tendido hacia el cielo; se detiene en el índice de la derecha, que sostiene un gatillo con el cual el Presidente Municipal ha lanzado una bala al cielo, en señal de congraciamiento con los dioses o de festejo. Don Julián vuelve a disparar, una segunda, una tercera vez. A cada explosión la gente es más eufórica. Ni siquiera ha notado mi grito en medio de la multitud que lo vitorea, y agradece con las manos dando el lomo. Don Julián es un dios encarnado, con todos sus miembros y la cabeza tan bien puesta que le alcanza para llevar sombrero.

Él, inmóvil en medio del campo, lo observa. Jala del gatillo otra vez, y otra. Nada pasa. La única pistola que ha disparado es la de Don Julián. Santillán, mientras tanto, se ha perdido. No pudo hacerlo y dejó de ser Santillán. Desde ese momento, ha perdido el nombre: no será nunca un magnicida, no será nunca el perpetrador de nuevas glorias, no será el detonante. Santillán ha perdido el rostro para siempre. Santillán, desde ahora es cualquiera.

Tú respiras largamente en el escalón. Y ella, desconcertada, sigue con la charada.

Veo a Don Julián luminoso, a punto de elevarse por un aire turbio capaz de sostenerlo. Vivo. Sigue vivo. Vivo. Viva. La gente grita viva. Y yo, sin remedio, vuelvo a sacar un “Don Julián” de mis entrañas. Un “Don Julián” enjaulado, que se desperdiga por los aires junto con los restos de luz que desprende, junto con el polvo de Fanfurrias que se mezcla con el aire. No se mezcla con el aire.


(arenas)

4.9.06

23. Caballo Negro

Como si fuera una estatua que llevara allí muchos años, el Presidente Municipal observaba el atardecer desde los escalones de su oficina. Las calles polvorientas de Fanfurrias levantaban un aliento sepia que iluminaba el horizonte, enmarcando en millones de puntos cobrizos a Don Palito Pérez, quien se recortaba de la imagen en una sombra inmóvil, negra, de espaldas. Por momentos parecía que su figura emitiera el viento que levantaba la tapa del suelo para desperdigar a Fanfurrias en trazos inconstantes, enmarañados como la pintura de un niño que apenas comienza a pensar la forma de un caballo que escapa para convertirse en humo pesado. Don Palito observaba, trémulo, la caída del sol, y conforme sus ojos bajaban, caía tras de sí la pesada oscuridad de la noche, vacía como un cuadro frustrado. Desde la fatídica tarde de la final de fútbol, Palito no podía evitar sentir que todos los días, a la misma hora, su corazón también se ocultaba tras el horizonte de sus recuerdos.

Cuando llegó el gran día, Fanfurrias había logrado reunir todos los ímpetus atesorados durante meses de torneo inconstante en una marea de euforias, favoritismos y apuestas. Las calles eran pesadas emisiones constantes de buhoneros que arrojaban sus pregones hacia toda dirección, y resultaba imposible atrapar un trozo de viento que no estuviese inundado del nombre de alguno de los dos contendientes de la final: San Tavo de Reyes y Fanfurrias contra San Pedrito Infante Tezozómoc. El preámbulo había funcionado bien para comprimir las emociones, sobre todo luego de que la escuadra infantina hiciera chillar sorpresivamente al equipo de Altaviva de los Molcajetes, claro favorito de la semifinal, al anotar un magnífico gol de último segundo. El equipo anfitrión, sin embargo, había logrado el tercer lugar al derrotar a San Andrés Totopo, el caballo negro del torneo, que por poco logra vencer en la semifinal al equipo de la capital. La repentina excitación liberada por las fases eliminatorias había construido con esfuerzos titánicos una hinchada fanfurrina digna de cualquier estadio inglés: los fanáticos, de caras azules o blancas, torsos desnudos y armas sonoras al aire, se habían convertido en expertos para el arte de los destrozos. Las apuestas ya eran un motor de la economía familiar, y había cada vez más costureras y expendedores de souvenirs. Fanfurrias, la comarca de las locuras, había alcanzado su obra maestra con la final del Torneo de Fútbol, en una tarde iluminada tanto por el inclemente sol del desierto, amarillo como la soberbia, como por los movimientos mal trazados de los habitantes, que desde horas antes habían comenzado a prepararlo todo para el encuentro.

Desde la loma oeste de Fanfurrias, Don Julián Reyes observaba la escena como quien se deja hipnotizar por las brasas de una fogata. Su boca se había deformado en una sonrisa peluda, sincera pero frágil, capaz de caerse con el simple roce del primer pensamiento fugaz. Podía escuchar desde lejos cientos de pies alarmados dando tumbos arrítmicos sobre la tierra sorda, haciendo música con las telas y plásticos que, al sonar juntos, emitían el sonido de la victoria. “La gente está contenta. Y si ellos están contentos, yo he ganado, y puedo morir tranquilo: pasaré a la historia como el mejor de mi estirpe”. Don Julián sobaba su prominente panza con nerviosismo. Porque si bien sabía que se aproximaba la gloria, estaba consciente de que podría degustarla apenas unos días. Después moriría sin remedio, a causa de su Coronita Macha, infectada. La estirpe que mantendría viva, reluciente de colores chillantes y festivos, lo llevaría a la tumba. No pudo negarse una carcajada que retumbó en las espinas rígidas de los cactus secos. La ironía del asunto, pensaba, no sólo lo convertiría en un héroe, sino en un auténtico mártir.

En el valle, las cuerdas blancas abrían paso a una cancha renovada, limpia, dispuesta: un lienzo virgen, listo para recibir los trazos de las piernas fanfurrinas. La gente se apilaba con desorden en la tribuna, haciendo el ruido de la pintura que se deja caer desde una escalera. Plop-plop-tip, cada vez más sonoro, cada vez más llenando el cielo azul de tonos magenta invisibles, tirado a rojo. En medio del barullo general, sonó la prueba del altavoz. Una voz inteligible balbuceó un ruido oscuro, y de inmediato salieron los equipos al campo. Había una novedad: en el equipo de San Tavo de Reyes y Fanfurrias, el jugador más pequeño generaba un desconcierto mayúsculo. De inmediato las gradas agitaron sus movimientos inconstantes. La gente corría a buscar el cambio de apuesta. El Manotas, el exiliado, el que estaba de regreso con palabras inasibles y actitudes deslavadas, estaba en el campo, lleno de nuevas proezas. Los gestos de los infantinos los delataban: había sudor y sonrisas forzadas. En medio de tal euforia se dio el pitazo inicial.

Presa de una sombra dividida en fases, recibiendo arena en la cabeza a causa del alboroto, Santillán esperaba debajo de las gradas. Fue el único que vio a cabalidad la primera patada, a cargo del Manotas, mientras el resto del pueblo daba tumbos por las casas de apuestas. Sus ojos, iluminados caprichosamente por una de las entradas de luz, no permitían descubrir sus intenciones. Cuando el plan se había trazado, no se había negado, pero tampoco había asentido de manera definitiva. Bastó con verlo tomar el arma y caminar hacia debajo de la grada para saber que lo haría. Su mano derecha sostenía con fuerza pétrea la cacha; la izquierda sobaba el revólver una y otra vez, como lustrándolo para el momento de gala. Sus ojos, clavados en el palco, le invitaban a adelantarse al plan y terminarlo todo de una vez. Bastaba con apuntar, ahora que nadie podía siquiera suponerlo ahí, al sombrero de Don Juli, dispuesto en el palco presidencial (sobre el techo de una casa), tentándolo a hacerlo rápido. Un último apostador salió de otro rincón de la grada, corriendo sobre Santillán, arrojando arena que cayó caprichosamente en sus ojos. Cuando recuperó la visión por completo, Don Julián había desaparecido del cuadro. Santillán, en silencio, con un rostro inmóvil, siguió esperando.

Pasados dos minutos del mejor partido del torneo, el marcador iba sorpresivamente dos por uno, a favor de San Pedrito Infante Tezozómoc. Sin embargo, y para el desconcierto de los jugadores, nadie había aplaudido un solo gol. Los espectadores estaban reordenando sus apuestas, siempre a favor de San Tavo. La vista desde la casa de Palito era desértica: un cuadro verde desolado, a pocos metros de una jauría de escarabajos comiendo una pierna de pollo. El asistente de la presidencia, recién convertido en conspirador, se dio cuenta de algo: lo que ese torneo había hecho con Fanfurrias había sido darle una estocada final. Sería cuestión de tiempo para encontrar chicos queriendo jugar de manera profesional, padres huyendo para conseguir el dinero necesario para comprar playeras oficiales, madres aburridas aguantando tardes de amigotes y cerveza. El fútbol había abierto de par en par las últimas pasiones ocultas de Fanfurrias, condenándolo al trajín del abandono. Palito se percató de ello con tristeza, al tiempo que el resto del pueblo se perdía de jugadas memorables y goles soberbios. “El horror, el horror”, pensó. Y luego, callado, se dedicó a pescar el rumor de la desgracia.

En el campo de juego se decretaba el medio tiempo. Apenas los primeros apostadores, satisfechos con su cambio, volvían a las gradas para percatarse de una horrible realidad: San Pedrito Infante Tezozómoc iba derrotando a San Tavo de Reyes y Fanfurrias por tres goles. En buena medida, el resultado parcial tan sorpresivo se debía a un sencillo factor: Manotas no había relucido su colorido talento en todo el partido. Desde media cancha, había clavado los ojos en el balón, sin apenas rozarlo. En el palco presidencial, Doña Porfiria se mofaba de la situación en silencio. Sólo la sesuda estupidez de su marido podía dar pie a tales situaciones. Después de todo, sí merecía morir: de no haber hecho de Manotas el héroe fatuo que hoy era, la gente no estaría armando otra trifulca, presa del pánico de perderlo todo.

El segundo tiempo fue un menjurje disparejo de emociones encontradas. Al principio, Manotas sorprendió con un pase de derecha que tomó desprevenidos hasta a sus seguidores. A partir de ese momento, el partido se convirtió en un juego de líneas astutas y giros en el aire. Los jugadores fanfurrinos habían adquirido en poco tiempo una habilidad digna del arte, que detonaba en los espectadores un conjunto de emociones nunca antes vistas en Fanfurrias. Los gritos de porra contrastaban con las peleas repentinas que terminaban siempre en un abrazo ebrio; los gestos pasmosos, con los bailes efusivos y exagerados; las banderolas al viento, con los saltos en tierra. El único rostro que no cambiaba nunca era el de Don Julián. Dispuesto en el palco como un Buda hechizo, se sentía reluciente, luminoso, eterno. Por cuarenta y cinco minutos, lo fue. En algún momento del segundo tiempo, los gritos corearon su nombre en señal de reconocimiento. Oculto por el halo de su ego, encumbro sus sospechas. “don-ju-lián-don-ju-lián”. El rumor insistente lo tomaba por los oídos, colgándolo se la cumbre de la soberbia. El presidente municipal, rodeado de trabajadores e hinchas alzados, era un auténtico dios caído.

Manotas notaba esto desde la cancha. Para él, Don Julián no brillaba en un halo incandescente: más bien parecía la mueca malhecha de un vacuno, fustigado por el pastizal inmenso. Buscaba la mirada de Santillán, quien también observaba detenidamente al presidente, devorándolo, sacándole a fuerza los colores, desarmándolo para después volarlo en pedazos distintos. “Así que eso es la gloria”, pensó Manotas: “estar tan abrumado por el paisaje, que resulta imposible medir la altura de la caída”. En ese momento, el balón rebotó sonoramente en su cabeza. Así, anotó su único gol del partido, de manera completamente casual.

El partido terminó con una victoria apretada de San Pedrito Infante Tezozómoc, ocho goles por seis. La gente, apesadumbrada por sus apuestas precoces, huyó de la cancha tan pronto como se dio el silbatazo final.

Manotas sonrió: sería más fácil de lo esperado.

Palito, dispuesto al lado de su jefe, le miro la sien como quien mira una fotografía de un muerto. De pronto, estaría dispuesto a salvarlo.

Doña Porfiria fue a hacer tamales.

Santillán, todavía a la sombra de la grada, cortó cartucho.



(conrad y meyrink)

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.